Crítica de «Han cantado bingo»: el debut narrativo de la poeta e ilustradora Lana Corujo

Henar Cordón CLUB DE LECTURA LA FILA

OPINIÓN

La escritora Lana Corujo
La escritora Lana Corujo

21 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En España laten veinte mil volcanes ocultos en estanterías, bolsos y mesitas de noche: son los ejemplares que ya ha vendido Lana Corujo de su primera novela, «Han cantado bingo» (2025), publicada bajo el sello editorial Reservoir Books. Como la lava que se abre paso transformando un territorio, estos libros han recorrido el país conquistando lectores, que encuentran en sus páginas una mezcla de desgarro y belleza y se van sumando a la creciente estela de admiradores que acompaña a la autora.

En menos de doscientas páginas, Lana Corujo reconstruye la infancia de una narradora que crece en una isla volcánica dentro de una familia frágil, muy unida a una hermana pequeña a la que intenta proteger y condicionada por un mundo adulto que constantemente falla en su deber de cuidado. La historia dibuja el mapa emocional de una niña que observa más de lo que puede comprender y que después de una tragedia familiar intenta encontrar su lugar entre la culpa, el deseo de protección y la necesidad de construir un relato propio sobre lo vivido.

«Han cantado bingo» es sobre todo una novela de tensión entre dos fuerzas que entran en contacto, una contradicción constante que atraviesa la forma y el contenido de la historia: la estructura novedosa y el tono lírico encierran un contenido muy violento. En el paisaje canario que nos describe la autora confluyen dos mundos: por un lado el de la ternura de la infancia, la amistad entre las hermanas, la inocencia… y por otro el de la violencia, el abandono, la inseguridad. La autora pretende explorar y empujar los límites entre la realidad y la fantasía, el juego infantil y la tragedia, la vida y la muerte. El lugar que queda entre esos dos espacios es el que habita la protagonista de esta historia: «Pienso en el lugar que existe entre la luz y lo oscuro. Ahí estoy yo». Esa lucha entre dos fuerzas aparece reflejada en la descripción del propio paisaje donde se desarrolla toda la historia, que tiene en el centro un volcán que ofrece protección y aterra al mismo tiempo.

Ese volcán de inquietante nombre, «El Ahorcado», aparece en el libro ilustrado por la mano de la autora de una forma ingenua, imitando un trazo infantil, que esconde bajo esa aparente simplicidad una historia trágica. El volcán, además, está ligado al elemento fantástico que se cuela en el relato, un «don» familiar que permite ver y hablar con quien ya no está, algo que en unas ocasiones se considera privilegio y en otras una pesada carga, en palabras de la abuela: «¡Qué le hicimos esta familia a esta tierra para heredar semejante desgracia!».

En cuanto a la forma de presentar la narración, «El juego» es el título y tema del capítulo que da comienzo a la historia y se convierte en una idea central que atraviesa toda la novela. Las reglas de ese juego infantil entre las hermanas se mezclan con el universo del juego del bingo, un elemento fundamental en la vida de la abuela y que da estructura al propio relato. La autora crea un juego en el que involucra al lector, que necesita de un papel activo para poder seguir la historia. Corujo propone una estructura que rompe con la linealidad del relato tradicional, que avanza de una forma fragmentaria y que recuerda a la forma en la que funciona nuestra memoria. La pista que ofrece la novela para ordenar el recorrido vital de la protagonista son los números que sobrevuelan el título de cada capítulo: cifras que no solo remiten al juego del bingo, sino a la edad que tiene la protagonista en cada uno de ellos. Así, el lector nunca pierde el hilo del crecimiento de la narradora, pero tampoco obtiene un acceso total a su pasado: recibe únicamente escenas significativas, recuerdos aislados y momentos que han sobrevivido al olvido.

Esta fragmentación no genera ruptura o distancia, sino que produce un efecto íntimo: es como si pudiéramos ver los huecos que deja la memoria, sus silencios y sus obsesiones. En un sentido profundo, «Han cantado bingo» es una novela sobre los huecos: los huecos familiares, los huecos afectivos, los huecos del lenguaje, los huecos que deja la muerte.

Otra decisión formal brillante es el cambio en la voz narrativa, que Corujo demuestra de forma magistral. Aunque la historia está narrada siempre en primera persona por la protagonista, la voz se adapta a la madurez o ingenuidad del personaje según su edad y momento vital. Esta fluctuación permite que podamos ver múltiples voces dentro de un mismo personaje y además de aportar profundidad emocional, consigue que el lector sienta el paso del tiempo sin que la novela lo indique explícitamente.

El habla canaria se cuela en toda la narración, estableciendo un vínculo estrecho con el territorio insular. Ese recurso ayuda a localizar la historia sin necesidad de hacer detalladas descripciones, nos recuerda que pertenece a una realidad territorial concreta que es la de la propia autora. Esta tendencia se inserta dentro de una nueva forma de narrar, donde las autoras cada vez más optan por alejarse de un castellano estándar honrando y celebrando la diversidad lingüística dentro de nuestro idioma, lo que consigue fortalecer un sentimiento de identidad propia.

En «Han cantado bingo», la voz narrativa de Lana Corujo dialoga con la cultura canaria desde una intimidad que expone, sin folclorizar, las heridas y ternuras de la periferia insular. Esa pulsión la emparenta con otras autoras canarias como Andrea Abreu (Panza de burro, 2020), cuya escritura también nace del habla y la mirada de lo cotidiano. Saltando de la literatura a la música, Valeria Castro, que ha recomendado el libro en sus redes sociales, invoca también la memoria afectiva del archipiélago con canciones como «La raíz»: un recordatorio de que toda historia personal vibra en relación con un territorio que nos nombra, nos duele y nos sostiene.