Crisis económica, desempleo, fascismo y...

OPINIÓN

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronuncia un discurso en el puerto de Corpus Christi, Texas.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronuncia un discurso en el puerto de Corpus Christi, Texas. Elizabeth Frantz | REUTERS

05 mar 2026 . Actualizado a las 09:25 h.

Las crisis económicas son inevitables en el sistema capitalista. Es algo que nadie discute.

Definiéndolas de forma sencilla, estas crisis se denominan de superproducción, es decir, se produce más de lo que la sociedad tiene capacidad de consumir (es un efecto lógico de la explotación capitalista). Y, si las empresas no venden todo lo que producen y se va acumulando la mercancía, la ganancia tiende a reducirse y, cuando no tienen asegurados los beneficios, también ralentizan sus inversiones, despiden a trabajadores o cierran. Ese es el fondo del problema.

La consecuencia de estas crisis, fueron la Primera y Segunda Guerra Mundial. En los dos casos, después del desastre (asesinato de millones de seres humanos y de granes destrozos materiales), el capitalismo encuentra su salida. Hay que reconstruirlo todo, su economía toma nuevo impulso, los beneficios económicos vuelven a crecer, y su crisis se «soluciona».

Desde el 2008, estamos padeciendo otra crisis económica mundial de esas mismas características y ahí sigue, con sus altos y con sus bajos, pero sin salir del estancamiento. La clase trabajadora es sometida a importantes recortes laborales y sociales, así como a un incremento represivo. (En España congelación de pensiones y la Ley Mordaza, entre otras).

Por ello promueven el fascismo. Necesitan aterrorizar y desorientar a los trabajadores.; crean bandas callejeras para aterrorizar a la ciudadanía; aquellas patrañas del fascismo de antes y durante la segunda guerra mundial, vuelven a ser repetidas hasta la saciedad (los extranjeros nos vienen a quitar el trabajo y nos perturban la vida, el odio hacia ellos, la sublimación de la patria, el racismo y el anticomunismo, entre otras).

Ya lo decía Bertolt Brecht: «Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica». 

Por otro lado, la experiencia histórica nos enseña que, estas crisis económicas generan enfrentamientos entre los distintos grupos de poder económico, visualizados en los países capitalistas que les representan,  llegando a conflagraciones mundiales, como las ya enumeradas, PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL, pues sus apetecidas ganancias no remontan.

El mundo actual se define por un Occidente, que habiendo sido dueño y señor, haciendo y deshaciendo como más le interesaba, se encuentra, ahora, con un competidor serio, tanto en lo económico cómo en las nuevas tecnologías, China. Su avance y crecimiento en el mundo amenaza con comerse una parte importante de la tarta que, EE.UU. cree que le corresponde por derecho propio (también su liderazgo en el mundo) y parece no estar dispuesto a consentirlo. Por ello, China es hoy el enemigo principal del occidente capitalista y de su jefe de filas, los EE.UU.

Pompeo, el segundo de a bordo de EE.UU., dice que la guerra fría contra la URSS era menos complicada, porque ahora («La China comunista ya está aquí, dentro de nuestras fronteras». Se refiere, naturalmente, a sus productos, sus mercancías.

Las primeras batallas son la pelea por conseguir mercados donde poder vender. Primero, el incremento sin freno del armamentismo. EE.UU. no solo incrementa su producción armamentística, además exige a los demás países que compren sus armas. Segundo, la imposición de aranceles. (EE.UU., que era «defensor» de la globalización y el libre mercado, está imponiendo importantes aranceles a productos de otros países, intentando proteger los suyos). Pero tienen particular importancia, las significativas sanciones y aranceles que impone a China. Tercero, las sanciones y bloqueos económicos contra otros países. Quinto, el incremento de guerras contra otros países.

Pero todas esas y otras medidas, no le están dando resultado requerido o necesario para salvar su estancamiento económico. La única arma que parece quedarle es la guerra y en ello está.

Ante esta situación, pienso que sería una insensatez excluir el peligro de una nueva conflagración mundial. Desde hace ya tiempo, EE.UU. está llevando una política agresiva contra China, mucho más evidente en los últimos años. Primero, la está rodeando con la implantación de sus bases militares en los países cercanos; segundo, desgastando a los países que le pueden dar apoyo como son Rusia e Irán; tercero, desestabiliza países que no están en su órbita política y sí próximos, geográficamente, a Irán, Rusia y China, cuarto, presiona a otros países, de su esfera política, para que le den apoyo en esa escalada de agresiones y cinco, rompe los acuerdos nucleares vigentes, antes firmados por EE.UU.).

Puede que mucha gente deseche la posibilidad de una nueva guerra mundial, entre otras cuestiones, porque varios países tienen bombas atómicas. Es verdad que una guerra mundial donde se emplee el armamento nuclear puede tener consecuencias incalculables. Nos parece una irracionalidad porque partimos de que el sistema capitalista es racional y nada más lejos de la realidad. Si fuese racional no hubiera repetido una y otra vez tantas atrocidades, guerras, genocidios y atropellos contra la humanidad. (Las bombas de Hiroshima y Nagasaki, cuando la guerra ya estaba prácticamente ganada). Pero además, preguntémonos, ¿Para que las quieren, entonces?, ¿para que las siguen modernizando?, ¿Por qué oímos a sus dirigentes presumir y amenazar con su potencial fuerza militar? Noam Chomsky recoge la opinión del Secretario de Defensa de EE.UU. William Perry, por ser ilustrativa de ello: «la amenaza nuclear hoy es todavía mayor que durante la Guerra Fría».

De todos modos, nada me alegraría más que equivocarme. Pero creo que sería mejor prevenir que lamentar. En este sentido, la clase trabajadora debiera ponerse en pie y una vez más y levantar la bandera de la paz, para cerrarle el camino. Esto también le podría proporcionar la fuerza suficiente para acabar, por fin, con el sistema capitalista.

Con la muerte del capitalismo, terminaríamos con la explotación del hombre por el hombre, con las guerras, con el hambre y daríamos solución efectiva al cambio clímatico. Muerto el perro se acabó la rabia.