No a la guerra

OPINIÓN

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su declaración institucional en la Moncloa.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su declaración institucional en la Moncloa. BORJA PUIG

06 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Está siendo inevitable echar la vista 23 años atrás por las similitudes existentes entre lo que pasó en aquel entonces con Irak y con lo que está ocurriendo ahora con Irán.

Las semejanzas en las dos guerras son prácticamente idénticas porque, para empezar, violan el derecho internacional. Ninguna de las dos ha contado con respaldo legal y dejan en agua de borrajas la salida diplomática y pacifista con la que, se sobreentiende, deberían apostar todas las democracias. Los argumentos de que hay que acabar con las dictaduras y, concretamente, con esos gobernantes que exterminan a sus pueblos no pueden traducirse en carta blanca a la hora de invadir una zona (obviamente nadie tenía ninguna simpatía con Sadam Hussein [aunque fuera una trola que tuviera armas de destrucción masiva] ni ahora con los ayatolás [y particularmente con Ali Jameneí], pero actuar por la fuerza y como si esto fuera la ley de la selva, sin respetar la soberanía de los estados, establece un precedente muy peligroso).

En antaño es verdad que se vendían falsedades de que se tenía que actuar por razones humanitarias y con el objetivo de democratizar estos lugares (y no solamente no se consiguió, sino que se fomentó un integrismo salvaje de la mano del autodenominado Estado Islámico que aterraba a su población y, en otros casos, atentó en sitios como en Madrid [el miércoles que viene será el vigésimo segundo aniversario del 11M]), pero ahora ya ni tan siquiera se ha buscado una excusa verosímil porque no se oculta que lo de que verdad interesa es dominar la producción y la exportación de petróleo (se encuentra bloqueado el Estrecho de Ormuz con más de tres mil barcos sin posibilidad de moverse. El cruce de hostilidades en toda esa área afecta a once países distintos). 

En este ambiente hostil e imprevisible sobre la duración del conflicto y los efectos económicos que tendrá, lo que creo que ha quedado constatado una vez más es que la comunidad internacional no ha aprendido del pasado y que este siglo XXI no va a ser capaz de poner fin a los conflictos bélicos ni se van a frenar las atrocidades (hemos dejado de hablar de Gaza a pesar de que es evidente de que el alto el fuego es una quimera). La ONU ni está ni se la espera (el propio Donald Trump es el primero que la torpedea y que no quiere saber nada de ella). Solo encuentro un país, que es España, que sí está marcando una notable diferencia entre lo que hizo en 2003 y lo que está ahora realizando en 2026. José María Aznar se arrodilló (junto a Tony Blair) ante George Bush y apoyó sin fisuras la invasión a Irak en una cumbre en Las Azores (nunca entendí que se popularizara lo del «trío» cuando fue en realidad un cuarteto, ya que el primer ministro anfitrión [José Manuel Durão Barroso] también estuvo presente). Me entristece como español que haya una parte de la sociedad dispuesta a plegarse a las exigencias que marca un mandatario extranjero por muy poderoso que sea (y que no quiere aliados, sino vasallos).

Afortunadamente Pedro Sánchez se ha negado a que Estados Unidos pueda utilizar bases militares situadas en nuestro país para la operación contra Irán. Hubiese sido bonito ver a la bancada de la derecha (y particularmente al PP) cerrando filas con el Gobierno, pero se hace muy doloroso que los supuestos «patriotas de pulsera» prefieran agachar la cabeza a defender con dignidad un posicionamiento de paz y de diálogo que deberíamos compartir y defender en común junto con el resto de la Unión Europea (ojalá el canciller alemán no se hubiese quedado callado en el despacho oval y pudiéramos alabar su apoyo a nuestro país). Es más, se han sumado a la lamentable difusión de bulos (copiando a la Portavoz de la Casa Blanca) diciendo que la Ministra de Defensa, en su encuentro ayer con el Embajador de Estados Unidos en España, está de acuerdo con Trump, cuando la conversación derivaba de la temperatura de la habitación donde se produjo el encuentro. 

Yo lo digo alto y claro, tal y como lo expresé hace 23 años: ¡No a la guerra!