El crimen por costumbre

OPINIÓN

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, visita la base aérea de Palmachim acompañado por el ministro de Defensa, Israel Katz , y el jefe del Estado Mayor de las FDI, el teniente general Eyal Zamir.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, visita la base aérea de Palmachim acompañado por el ministro de Defensa, Israel Katz , y el jefe del Estado Mayor de las FDI, el teniente general Eyal Zamir. DPA vía Europa Press | EUROPAPRESS

17 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Medios de comunicación y organizaciones de derechos humanos nos ofrecen la posibilidad de conocer los testimonios de las personas que sufren de manera directa los embates de un poder autoritario y cruel. Personas que, por ello, han tenido que abandonar su país, dejar atrás una vida hecha, familia y amistades. Voces atenazadas por la angustia de ver la consolidación de sistemas basados en la opresión, capaces de sojuzgar irremediablemente a su pueblo y que parecen perpetuarse a pesar del desafecto y la huida de cuantos pueden permitírselo. Es comprensible, por lo tanto, que cuando un acontecimiento sacude el tablero y abre una oportunidad para cambiar el estado de las cosas, la diáspora de aquel país lo salude como puerta a la esperanza. Así se entiende, perfectamente, que comunidades iraníes de todo el mundo acogiesen como válvula de escape una intervención extranjera en su país, con el anhelo de que, por fin, un sistema capaz de superar los límites de la impiedad se derrumbase. No olvidemos el registro de desolación de que es capaz el régimen iraní, previamente al actual conflicto: violencia indiscriminada y masiva contra manifestantes, persecución inmisericorde de cualquier disidencia, represión frente a minorías (kurdos, baluchis, árabes ahwazíes, etc.), limitación de los derechos de las mujeres en un sometimiento constante de la mitad de la población, un creciente uso de la tecnología con fines de vigilancia sobre conductas que consideren disruptivas, cortes de comunicaciones e internet para facilitar oleadas de terror, uso masivo de la pena de muerte (más de 1.000 ejecuciones en 2025, algunas de ellas dirigidas específicamente contra participantes en protestas), redadas y expulsiones masivas sin garantías de refugiados afganos, etc. Organizaciones como Amnistía Internacional llevan años poniendo de relieve un panorama estremecedor, con nombres y apellidos que atestiguan la intensidad represiva, como el de la activista humanitaria kurda Pakhshan Azizi (condena a muerte, en riesgo de ejecución); la defensora de los derechos humanos Narges Mohammadi, nuevamente condenada a siete años y medio de prisión (es su décima sentencia de cárcel) y encerrada en Evin pese a su delicado estado de salud; o el más reciente de Mohammed Amin Biglari, de 19 años, condenado a muerte el 9 de febrero, aproximadamente un mes después de su detención, víctima de desaparición forzada durante semanas y que ha sido juzgado sin garantía alguna. Estos casos, entre otros muchos sobre los que trabajan las organizaciones de derechos humanos.

Comprender la desesperación de la diáspora iraní por encontrar una salida no quiere decir, sin embargo, apoyar una acción militar que no tiene objetivos definidos, cordura, sentido ni respaldo legal, y probablemente, tampoco preparación ni otro método que la mera destrucción a gran escala. A medida que se prolonga el conflicto, muchas de las voces que claman desde el exilio contra el régimen enuncian también temores que podemos compartir. Miedo al impacto sobre la población civil y el coste en vidas humanas (más de 1.400 víctimas ya); a la destrucción de las infraestructuras energéticas y el fuerte daño medioambiental consiguiente, envenenando aire, agua y suelo; a los ataques contra objetivos civiles que se han producido y que pueden ser un crimen de guerra (incluyendo la escuela de primaria de Minab, con 165 víctimas); a los daños al rico patrimonio cultural iraní, etc. Hay razones entre la diáspora también para la desconfianza, pues los intereses de Estados Unidos e Israel no son desde luego los de los propios iraníes, como destaca la politóloga exiliada en España, Nazanin Armanian. O para tener reservas ante un posible desenlace que dé lugar a una nueva tiranía que sustituya a la actual, como señala el opositor Taghi Rahmani (esposo de Narges Mohammadi). El caos y la violencia generalizada que guerras e intervenciones extranjeras decididas por aprendices de brujo dejaron en Iraq o Libia (de las que no hemos aprendido nada, parece) son un buen ejemplo para recelar de un resultado similar. O, quizá la opción más probable, que el fin de la contienda dé lugar a un régimen sobreviviente aún más cerrado y represivo, sobre los escombros de su propio país, y donde los elementos más radicales (las milicias Basij, la Guardia Revolucionaria Islámica, los sectores ultraconservadores, etc.) terminen por expulsar de cualquier parcela de poder a los reformistas y por sofocar completamente a una sociedad civil que, contra pronóstico, puso en jaque varias veces a las autoridades. No olvidemos que, como nos recuerdan voces del destierro como la dibujante y cineasta Marjane Satrapi o la activista Nilufar Saberi, la resistencia de jóvenes y mujeres en Irán ha sido capaz de transitar todas estas décadas manteniendo una lucha constante por parcelas de libertad, en el ámbito privado o el espacio público. Por ejemplo, consiguieron con sus gestos de resistencia en su vida diaria la suspensión de la draconiana Ley sobre la Protección de la Familia mediante la Cultura de la Castidad y el Hiyab, que era la consagración del apartheid de género en Irán. Esta guerra puede, sin embargo, y paradójicamente, anular cualquier espacio de resistencia interior, pues es en el contexto del conflicto cuando más se recrudece la represión, como la experiencia de las ejecuciones de prisioneros políticos iraníes de 1988 (en las postrimerías de su guerra con Iraq) nos demuestra.

Probablemente nadie decente derrame una lágrima, por lo tanto, y como dice la presidenta de la Comisión Europea, por el régimen iraní. Sí deberíamos compungirnos, sin embargo, por las soluciones irresponsables e irreflexivas, que la misma dirigente ha terminado por abrazar, sin consultar a gobiernos ni al Parlamento y sin que la Unión Europea vaya a obtener nada bueno en esta ecuación. Alternativas bélicas que desatan, en todos los aspectos, consecuencias impredecibles. Un mundo en el que se cierran las puertas a soluciones pacíficas, como el Plan de Acción Integral Conjunto (suscrito en 2015 por las principales potencias e Irán, para controlar su programa nuclear, y que la Agencia Internacional de la Energía Atómica monitorizaba), que se fue al traste tras la retirada unilateral de Estados Unidos en primer mandato de Trump, y que supuestamente ahora intentaba reeditar a su modo (el de la sumisión del interlocutor). En el que se interrumpen negociaciones en curso a golpe de bombardeo de Israel y Estados Unidos por dos ocasiones (se levantan de la mesa, sin declarar siquiera concluido el diálogo, para accionar el botón), imposibilitando que nadie en su sano juicio pueda confiar en un diálogo mientras el liderazgo en estos países esté en manos de los profetas de la violencia. En el que la retórica militar de los dirigentes norteamericanos e israelíes nada tiene que ver con misiones libertadoras sino con la lógica depredadora y destructiva que les mueve, presentando sus logros militares como si narrasen un videojuego, exaltando la brutalidad y el desprecio a la vida, incluso permitiéndose bromas sobre el bombardeo o el hundimiento de buques por diversión. En el que el desprecio a la legalidad internacional convierte el planeta en terreno para vándalos armados sin limitaciones, condena a las organizaciones internacionales a la marginalidad y la inacción (pues los Estados se divorcian de sus compromisos con ellas) y transforman las relaciones internacionales en pasto de un desorden que el nacional-populismo abraza y alienta. En el que la maquinaria letal del Estado actúa con máxima fuerza y sin control, porque no hay Estado de Derecho (ni, naturalmente, protección de los derechos humanos) sin Derecho Internacional que acote su actuación. En el que perdemos todos cualquier sensación de seguridad, tanto en la burbuja artificial de las petromonarquías del Golfo Pérsico como en nuestra propia cercanía, pues los efectos económicos de la crisis energética, inflación y probable recesión los sentiremos con dureza (y sus disolventes repercusiones políticas, como hemos visto en las crisis recientes). Seguridad que ya no conocen los millares de refugiados de esta guerra (a los que en Europa negarán ayuda y criminalizarán los mismos que la incitan y jalean); ni los cientos de miles que huyen de la respuesta militar de Israel, en Líbano, donde se ha iniciado una nueva invasión respondiendo con la desproporción habitual, haciendo una vez más inviable la estabilidad en el Estado vecino, al que precisamente acusa de ser fallido quien es en buena medida responsable de su fragilidad.

No se puede buscar lógica y sentido a la locura trumpiana. Al emperador nada ni nadie para, tampoco cuando emprende conflictos sin otro plan ni procedimiento que el crimen internacional, actuando con un grado de frivolidad que, a pesar del personaje, no deja de sorprendernos por las consecuencias dramáticas y el daño que causa. El mundo está dominado por criminales que se retroalimentan en el conflicto permanente, al mando de poderosas maquinarias de destrucción y represión.