Prioridad nacional, hipocresía radical

OPINIÓN

La presidenta de la Junta de Extremadura en funciones, María Guardiola y el candidato de Vox en Extremadura, Óscar Fernández (a la derecha), anunciaron el acuerdo.
La presidenta de la Junta de Extremadura en funciones, María Guardiola y el candidato de Vox en Extremadura, Óscar Fernández (a la derecha), anunciaron el acuerdo. JAVIER CINTAS

05 may 2026 . Actualizado a las 08:14 h.

Abraham Lincoln (1809-1865), el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica que promovió la abolición la esclavitud y el desarrollo de los derechos civiles, fue asesinado por hacer realidad sus ideas. Fue a manos de un perturbado antiliberal, antiabolicionista y anti-inmigración. Dada esa combinación ideológica, este magnicida ¿querría limitar la inmigración cuando estuvieran cubiertos los cupos de esclavos necesarios para las explotaciones de los blancos de bien? Quién sabe, porque su traumática infancia (hijo de una relación extramatrimonial, padre alcohólico y demente, la muerte de cuatro de sus hermanos siendo niños con la consecuente tristeza de su madre) desembocó en un odio y un fanatismo que llevaban aparejados conflictos, prejuicios y contradicciones vitales. Aunque fue bautizado en la fe episcopaliana, acabó convirtiéndose al catolicismo; pero sus demonios nunca le permitieron comprender lo que Dios espera de sus hijos.

Estos días, el actual inquilino de la Casa Blanca sigue socavando los cimientos del país de la libertad en busca de más yacimientos de dinero y poder. Para ello, cercena los derechos civiles por los que Lincoln perdió su vida, «limpiando» los censos electorales para dificultar el voto no-blanco. Pero, claro, qué se puede esperar de alguien que, a pesar de las cotas de depravación que está alcanzando, se muestra a sí mismo como un mesías celestial que salva a la humanidad. Alguien, en fin, con sus propios traumas y demonios, y de cuyos referentes ya hemos hablado para entender su extravagante relación con la realidad.

No es extraño, pues, que alguien que insulta a toda persona que no comulgue con su delirante visión del mundo diga que no es fan del Papa León XIV porque es «muy liberal», y lo califique horrible, débil y complaciente con la izquierda radical porque dice cosas como: «Hoy vemos que muchos deseos de la gente son frustrados por los violentos, explotados por los prepotentes y engañados por la riqueza. Cuando la injusticia corrompe los corazones, el pan de todos se convierte en posesión de unos pocos».

Y es que esos autoritarios que han utilizado secularmente, y pretenden utilizar, a la Iglesia como brazo espiritual de la dominación social, en connivencia con el brazo policial-militar, para proteger los privilegios de una minoría, son los que se revuelven con hostilidad indisimulada cuando los líderes espirituales son genuinos y coherentes con su doctrina, y orientan a sus fieles al bien común, y condenan el mal y la injusticia.

No es el caso de algunos referentes teóricos de la extrema derecha que, al no necesitar votos para vivir, pueden construir sus discursos de odio y exclusión sin preocupaciones electorales. Tal es el caso de unos de los principales referentes norteamericanos, Francis Parker Yockey (1917-1960), autor del Mein Kampf estadounidense —Imperium (1948)— que, habiendo tenido una infancia adversa (padre alcohólico y madre distante), abandonó, coherentemente, el catolicismo y abrazó el paganismo; promovió el racismo y el antisemitismo radical; rechazó el liberalismo, la democracia, el racionalismo de la Ilustración y el naturalismo científico: «La fuente del gobierno es la desigualdad de los hombres». El propósito de su imaginada civilización occidental, blanca, es «la sujeción del mundo conocido a su propio dominio».

En España, nuestros aspirantes a dominadores, como casi siempre con retraso, importan, esta vez de Francia, la «prioridad nacional». Los dos partidos, aliados en diferentes gobiernos autonómicos, que aplicarán este principio de discriminación, no quieren que todos los españoles puedan acceder a ayudas sociales, a la sanidad y la educación públicas, si no que solo los españoles puedan acceder a lo que va quedando de estos servicios públicos mientras los desmantelan. Porque nos ocultan la prioridad que antecede, sine qua non, a la «prioridad nacional»: el beneficio irrestricto de los accionistas, de cualquier nacionalidad, aquí sí, de las empresas que se lucran generosamente ofreciendo dichos servicios.

Estos dos partidos entran así en una contradicción radical con los valores cristianos que dicen defender. Tan radical que sus aliados de conveniencia, casi siempre, los obispos, les tienen que llamar la atención diciendo que anteponer la nacionalidad a la dignidad de la persona supone una exclusión que va en contra el Evangelio, porque conculca el principio cristiano de la fraternidad universal. Pero sus demonios, la soberbia, la codicia, no les permiten entenderlo. Como para explicarles lo que opina Kant de la dignidad humana.

Yo agradezco, sin embargo, a estos partidos, que se quiten la careta y reconozcan sin pudor su oposición al bien común, a los derechos humanos y a la moral cristiana. Y les animo a abandonar su hipocresía radical e ir más allá: a ser honestos, coherentes y apostatar. Dejar de envenenar la fe de millones de personas, empujándolas a entrar en conflicto con sus preceptos religiosos para satisfacer sus expectativas de dominación social y preservar, así, sus privilegios.