Elogio de la lentitud

Luis Ferrer i Balsebre
luis ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Una estatua firmada supuestamente por el artista británico Banksy en el centro de Londres.
Una estatua firmada supuestamente por el artista británico Banksy en el centro de Londres. Luis Campello | EFE

11 may 2026 . Actualizado a las 08:41 h.

Vivimos en una era de taquicardia institucionalizada. Hemos convertido el segundero en una fusta y la existencia en un esprint hacia ninguna parte, convencidos de que la velocidad es un sinónimo de progreso. Sin embargo, en este delirio de fibra óptica y café de cápsula, olvidamos que la biología y la propia estructura del cosmos tienen sus propios ritmos, ajenos a nuestras urgencias de mercado.

La prisa no es solo un estado mental, es una patología de la civilización. Al acelerar el motor por encima de las revoluciones permitidas, el calentamiento es inevitable. Y es ahí, en el punto crítico de fricción, donde surge lo que podríamos llamar el «freno de emergencia de lo real».

Cuando el individuo colapsa, lo llamamos ansiedad o depresión; pero cuando es la especie la que desborda los límites del sistema —llamémosle Naturaleza o Entropía— este activa sus propios mecanismos autocorrectores. La pandemia no fue solo un evento biológico; fue un «¡alto!» insoslayable. Un organismo microscópico logró lo que ningún manifiesto político consiguió: vaciar las avenidas y silenciar los aeropuertos. Fue el recordatorio de que nuestra soberbia tecnológica es de cristal frente a la fuerza elemental de la vida.

El desabastecimiento y el encarecimiento de los recursos actúan como un racionamiento forzoso. Nos obligan a mirar la bombilla con respeto y a entender que el flujo incesante de energía no es un derecho divino, sino un préstamo que hemos agotado a base de prisas. El hombre moderno padece un horror al vacío que intenta llenar con un movimiento perpetuo, corre, viaja, se satura de actividades “extraescolares”. Pero la realidad es tozuda. Cada vez que intentamos saltarnos los procesos naturales de regulación o de producción, el universo nos devuelve un latigazo en forma de crisis.

«No es que la vida sea corta, es que nosotros vamos demasiado deprisa» y el precio de esa carrera es un desgaste que genera grietas por donde se filtran las nuevas plagas del siglo XXI.

Estos «mecanismos correctores» —dolorosos y traumáticos — son la respuesta homeostática de un planeta que no puede sostener nuestra velocidad y nuestro ir y venir. Son la fiebre que delata la infección de una impaciencia vital.

Quizás la solución no pase por esperar a que el próximo virus nos encierre o la próxima crisis nos apague la luz, sino por recobrar el elogio de la lentitud. Entender que el tiempo no es oro, sino vida; y que la vida, para ser comprendida y no solo consumida, requiere de ese silencio que nuestra prisa se empeña en acallar. Si no aprendemos a frenar voluntariamente, seguiremos siendo víctimas de los frenazos en seco que la realidad nos impone cada cierto tiempo. En eso estamos.