Eran tres; se odiaban, pero se necesitaban. Ambiciosos, arrogantes y altaneros los tres. Se consideraban los más poderosos del mundo, y lo eran en cierto punto; o bien alardeaban de «sus riquezas personales» o presumían de «sus» ejércitos, por entonces los más fuertes del planeta. Los tres aspiraban a convertirse en «dueño único» del entonces mundo conocido. Mutuos eran su odio, su desconfianza y sus ganas de exterminarse, pero tenían muy claro que, por libre, ninguno de ellos tendría éxito; no les quedaba más remedio que ponerse de acuerdo, pactar, delimitar territorios y competencias y que cada uno se las arreglase por su cuenta.
No, no hablo de Putin, Trump y Xi-Jinping; me refiero a César, Pompeyo y Craso. Estamos en la Roma del año 60 a. de C. Se les llamó el Primer Triunvirato. Cada uno tenía sus propios intereses, pero se unieron para controlar al ya decadente Senado Romano y manipular todas las elecciones «democráticas», las de Cónsul o Tribuno de la Plebe, principalmente. Sus intereses eran aparentemente dispares, pero, en el fondo, los tres aspiraban a convertirse en dueños de Roma. César pertenecía a los «populares» (¿progresistas?); Pompeyo y Craso, a los «optimates» (¿conservadores?). También entre estos dos había sus diferencias; mientras Pompeyo ansiaba el poder absoluto, Craso perseguía solo su enriquecimiento personal, aunque ya era «multimillonario», «el más rico de Roma». La diferencia de intereses aumentaba la desconfianza entre los tres; ni siquiera había sintonía entre César y Pompeyo a pesar de ser ellos suegro y yerno.
Decidieron sellar un pacto de caballeros que garantizase a cada uno la consecución de sus objetivos. Pactaron (¿pacto de mafiosos?) en Luca el 15 de abril del año 56 a. de C. y se repartieron el mundo: César obtuvo «barra libre» para conquistar y anexionarse cuantas tribus galas tuviese a bien, Pompeyo se quedó con las ricas y consolidada provincias de Hispania e Italia; Craso pidió para sí un «lejano Oriente» lleno de incógnitas y riquezas.
Craso era, quizás, el menos militar de los tres; apenas tenía en su haber la destrucción del «ejército de esclavos» de Espartaco, pero su ambición no tenía límites. Se le consideraba el más rico de Roma, multimillonario, en argot de hoy en día; pero ansiaba añadir más riquezas a sus múltiples riquezas; por eso pidió para sí las provincias de Asia y, además, permiso para invadir y conquistar las «fabulosas riquezas» del «Reino de los partos» (geográficamente, el Imperio parto coincidía en una gran parte con la actual Irán).
Permiso concedido, Craso puso de inmediato manos a la obra. El historiador Plutarco (46-120 d. de C.) nos cuenta que llegó a fletar un ejército de siete legiones y 4.000 jinetes, más de 40.000 hombres listos para conquistar el rico imperio de los partos y apoderarse de sus riquezas. También nos cuenta Plutarco que Craso quería «emular las conquistas de Alejandro Magno». Pero los partos, además de «fabulosamente ricos», también estaban muy bien armados. No fue una guerra relámpago, como Craso había soñado. Después de varios combates con resultado desigual, el ejército de Craso fue totalmente derrotado y destruido en la batalla de Carras el año 53 a. de C. Plutarco cuenta que, «según la leyenda», los partos asesinaron a Craso haciéndole tragar oro líquido como burla a su obsesión por enriquecerse.
Quedaban César y Pompeyo; ya no les unían lazos de sangre pues la joven Julia había muerto de parto el año 54 a. de C., pero les seguían uniendo el odio y el afán de dominio; sobre la ancha faz de la tierra no había sitio para los dos. Y César cruzó el Rubicón el año 49 a. de C.; después de un tiempo tanteándose, al final se vieron las caras en Farsalia el 9 de agosto del 48 a. C.; una auténtica «guerra civil». Solo podía quedar uno y ese fue Julio César. Los historiadores coinciden en señalar esa fecha como «el fin del antiguo sistema» y el nacimiento de un «nuevo orden mundial»; es decir, el fin de la República romana y el nacimiento del Imperio romano. A veces pienso si no será cierto eso de que la historia se repite.
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