Año 2034. Entro en una clínica para desintoxicarme del móvil, de las pantallas. Cada vez le pasa a más gente que se ha dado cuenta de que han dejado de ser personas. De que han perdido todo el contacto con una realidad mínimamente traducible, que son esclavos de las mentiras fabulosas que a toda velocidad les impiden hasta parpadear. Hemos dejado de ser humanos. Ya no podemos ni ver una película de cine sin comprobar los últimos mensajes. Los móviles nos han ganado la partida. Solo somos filtros, imágenes recreadas. Las medidas que intentaron frenar este apocalipsis digital fallaron. Entrego el móvil en la recepción, como el que antes se despedía de la cocaína y las noches interminables. Siento los sudores al ver cómo lo apagan y lo guardan bajo llave. Después vendrán los temblores. Voy a mi habitación y me recuerda a mi cuarto de adolescente en los años ochenta. Solo están permitidos los libros en papel. Nada de pantallas. Recuerdo haber oído decir al escritor Irvine Welsh, autor de Trainspotting, que «los hombres jóvenes han perdido la empatía porque ya no leen novelas, las únicas que leen ficción son mujeres. ¿Cómo puede ser que no lean novelas si es la mejor forma de ponerse en la piel del otro? Ellos han desarrollado comportamientos psicóticos por la adicción a la dopamina de sus pantallas». La dopamina de los flashes de las redes sociales me han dejado fuera de juego. Necesito estar aislado en este lugar. Ahora estoy con hombres y mujeres de todas las edades con las miradas perdidas, pero, en el fondo de sus ojos, intuyo que ansían recuperar la atención racional que tuvieron antes de que uno o dos móviles entrasen a todas horas en sus vidas. Welsh habla de los jóvenes. Pero aquí compruebo que hay adultos, con 40, 50 y 60 años. Ese fue otro error en los últimos años. Los padres queríamos que los gobiernos limitasen la exposición a los móviles de nuestros hijos. Pero los mayores ya estábamos igual de enfermos que ellos. Utilizábamos los aparatos tanto o más que ellos. Les mentíamos. Y nos metíamos en el baño para teclear sin fin. Para ver un reel tras otro. Igual que cuando un cocainómano se escondía en el baño para bajar la tapa y hacerse unas rayas con la tarjeta del banco. Espero mejorar. He firmado un compromiso de que estaré una semana sin tocar un móvil. No recibiré mensajes a todas horas ni contestaré como si la respuesta fuese necesaria al segundo. Quiero desengancharme. Recibimos atención psicológica. Hacemos terapias de grupo. Intentan que nuestros cerebros recuperen la pausa. Nos explican que existe algo que se llama reflexión. Nos hablan del pensamiento. Poco a poco, nos vamos limpiando. Entramos en una fase extraña. Se puede dormir sin el móvil encendido al lado de la cama. Algunos ya se han ido al segundo, al tercer día. Los que seguimos, nos damos cuenta de que no estamos pendientes de que el móvil vibre. Nuestros ojos recuperan un ritmo antiguo. Al llegar, nos hicieron elegir una novela de muchas páginas. Y es la primera vez en años que nos reencontramos con el placer del nudo, el desarrollo y el desenlace, la trama de cualquier vida, incluso de la nuestra. Parece que vamos avistando la calma, el paso necesario para recuperar el alma. Ven, apaga el móvil y enciende de nuevo tus días como si volvieses a ser humano. Deja de ser simulacro.
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