De Cascos a Moriyón: treinta años tirando millones en hacer furacos
En Gijón somos muy grandones. No tenemos un solar: tenemos El Solarón. No tenemos un estadio de fútbol: tenemos El Molinón. Las Letronas. Las Chaponas.
El Tunelón
Aquel Metrotrén faraónico de Cascos que muchos ya ni recuerdan, pero que sigue ahí debajo, atravesando las entrañas de la ciudad como un leviatán dormido. Más de 130 millones de euros de dinero público convertidos en una inmensa piscina subterránea. Mientras tanto, la corporación municipal que preside Carmen Moriyón planifica su secuela: el soterramiento del Muro de San Lorenzo, la nueva superproducción de Foro Asturias. Otros 120 o 137 millones de dinero público, según quién haga la cuenta, para seguir haciendo furacos. Traducido a lengua de calle: hasta unos 153.000 euros por cada metro lineal de túnel. Cada metro.
Todo ello mientras Gijón sigue arrastrando problemas urgentes y nunca solucionados: una estación de tren eternamente provisional, un Plan de Vías que probablemente heredarán nuestros nietos, un río Piles transformado demasiadas veces en cloaca y barrios enteros esperando inversiones desde hace décadas.
Pero no. La prioridad histórica, la urgencia inaplazable, la obsesión personal de nuestra alcaldesa parece ser meter coches bajo el Muro de San Lorenzo.
Y entonces surge la pregunta incómoda que nadie en el gobierno municipal parece querer responder: ¿a dónde van a ir esos coches?
El túnel entraría desde la avenida de Castilla, con una salida intermedia por Menéndez Pelayo, y finalizaría a la altura de la escalera 7. ¿Y luego, qué? ¿Dónde acaban esos coches que entran por un lado y salen por otro? Pues exactamente en las mismas calles de siempre. Porque Rufo García Rendueles no conecta con ninguna salida de la ciudad, ni con ninguna otra red preparada para tragarse el tráfico que el propio proyecto calcula: entre 15.000 y 18.000 coches al día, hasta 22.000 en verano. Y, mientras tanto, Ezcurdia sigue siendo Ezcurdia, el Náutico sigue siendo el Náutico y el embudo del centro sigue siendo el embudo del centro. Es decir: los coches se meten bajo tierra durante un tramo, hacen turismo por el subsuelo de San Lorenzo y vuelven a salir al mismo culo de saco que ahora, solo que esta vez con factura de 130 millones.
Además, para construir apenas 900 metros de túnel harán falta enormes rampas de acceso ocupando decenas de metros en superficie en el propio Muro, incluida una gran entrada junto al Parque de la Fábrica de Gas. Sí: una rampa gigantesca en pleno corazón de La Arena. Un barrio amenazado por la fragilidad geológica de una obra encajada literalmente entre edificios construidos sobre un suelo de arena y el Mar Cantábrico. Hablamos de presión hídrica constante, ambiente salino, complejidad técnica enorme y costes de mantenimiento potencialmente muy elevados durante décadas.
Y aquí conviene que los vecinos lo piensen bien. Excavar un túnel de estas dimensiones entre bloques de 14 plantas asentados sobre arena no es una operación rutinaria. En obras de este tipo se han documentado en toda Europa asentamientos del terreno, grietas en fachadas, daños en cimientos y afecciones estructurales que han obligado a apuntalar, reparar o incluso desalojar edificios enteros. No hablamos de un riesgo hipotético, sino de algo perfectamente real que asumirán las viviendas, los comercios y los edificios públicos del entorno. La pregunta no es menor: si mañana aparecen grietas en mi salón, ¿quién responde? ¿El Ayuntamiento? ¿La constructora? ¿El seguro de la comunidad?
Todo este plan recuerda demasiado al viejo modelo de grandes obras faraónicas que tanto daño hicieron en España: infraestructuras concebidas más para dejar huella política, construir relatos de poder o alimentar determinadas redes de intereses que para resolver problemas reales de la ciudadanía.
El propio Ayuntamiento ha anunciado que el proyecto incluye un gran aparcamiento subterráneo frente a la playa. Es decir, que el objetivo no es solo soterrar el tráfico: es construir un megapárking. ¿Responde esto a las necesidades reales de Gijón o a los intereses de quienes podrían hacer negocio con el subsuelo de la ciudad?
Frente a este modelo, muchas ciudades europeas están abordando la transformación de sus frentes marítimos de manera muy distinta: reducción progresiva del tráfico, prioridad real al transporte público, supermanzanas, peatonalizaciones parciales, carriles bici, limitación de aparcamiento y renaturalización del espacio público. Pontevedra lleva décadas demostrando que se puede; París ha recuperado las orillas del Sena para los peatones; Barcelona avanza con las supermanzanas. Es el camino que desde Verdes Equo llevamos años proponiendo para Gijón.
Ese enfoque suele requerir menos dinero, menos riesgo técnico, menos riesgo para vecinos y edificios y mucha más capacidad de adaptación gradual. Permite corregir errores sin hipotecar durante décadas una enorme infraestructura subterránea extremadamente compleja.
Desde Verdes Equo defendemos un paseo marítimo realmente peatonal desde la rotonda del Piles hasta la iglesia de San Pedro, una red de transporte público a la altura de una ciudad como esta, carriles bici seguros y conectados, aparcamientos disuasorios en los accesos y un centro pensado para caminar y vivir. No para atraer más tráfico, ni para que algún grupo empresarial se forre aparcando junto a la playa los coches de miles de turistas.
Porque quizá esos más de 130 millones podrían servir para construir una estación intermodal digna de una ciudad como Gijón, crear de una vez por todas un gran parque en El Solarón, modernizar El Molinón, regenerar la fachada marítima de El Natahoyo o devolver calidad urbana a barrios y vecinos que llevan décadas esperando inversiones reales.
El debate no es «Muro actual o túnel». El debate es qué modelo urbano quiere desarrollar Gijón en la próxima década y si la solución más avanzada pasa realmente por seguir organizando la ciudad alrededor del automóvil, aunque sea bajo tierra.
Y luego están las obras. Tres o cuatro años de ruido, polvo, tráfico alterado, acceso complicado a la playa, impacto sobre la hostelería, sobre la movilidad y sobre la vida cotidiana de miles de vecinos. Todo para acabar construyendo, quizá, el aparcamiento más caro de Asturias. Desde Verdes Equo lo diremos las veces que haga falta: ni un euro más de dinero público para hacer furacos que no llevan a ninguna parte. Ni un céntimo más de los impuestos de asturianos y gijoneses para financiar las aventuras empresariales de algunos ni los egos de Carmen Moriyón.
Cascos tuvo su pirámide y Moriyón quiere la suya. La diferencia, ya saben, es que las pirámides de Egipto no las pagamos nosotros.
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