Un estudio con más de 130.000 personas relaciona el consumo de café y té con un envejecimiento cerebral más lento

OPINIÓN

Archivo fotografía de té
Archivo fotografía de té Pixabay

Los humanos sentimos una especial predilección por la cafeína y los datos así lo demuestran: el té es la segunda bebida más consumida del mundo, después del agua, y la mayoría de las personas en los países occidentales comienzan el día con una taza de café. La gente que consume café, sobre todo por las mañanas, busca el impulso de energía que otorga la cafeína, compuesto bien conocido por su efecto estimulante. Pero un estudio con más de 130000 personas publicado recientemente en la prestigiosa revista Journal of the American Medical Association (JAMA) y liderado por científicos de la Universidad de Harvard (Boston, Massachusetts, EE. UU.) concluyó que los beneficios de la cafeína podrían no solo reducirse a su efecto estimulante, sino que su consumo estaría asociado a la ralentización del deterioro cognitivo causado por el envejecimiento.

La cafeína es probablemente la sustancia psicoactiva más consumida del mundo y una de las más estudiadas en farmacología y neurociencia. A pesar de ello, todavía existen aspectos de su acción que siguen investigándose. Se trata de una molécula natural, de fórmula molecular C8H10N4O2, producida por diversas plantas. Aunque solemos asociarla al café, en realidad la cafeína es un compuesto vegetal que aparece de forma natural en más de 60 especies vegetales, siendo las más destacadas las plantas de café o cafetos (son plantas que pertenecen al género Coffea y la mayoría de éstas generan cafeína, como las más conocidas Coffea arabica (café arábica) o Coffea canephora (robusta), pero hay algunas excepciones como la Coffea charrieriana, descubierta en Camerún y que despertó mucho interés precisamente porque es una de las pocas especies conocidas de café naturalmente descafeinadas), las plantas del té, las plantas del guaraná, las plantas de la yerba mate o los árboles de cacao o cacaoteros.

Durante mucho tiempo se pensó que la cafeína simplemente era un producto del metabolismo vegetal, pero en realidad la cafeína cumple varias funciones biológicas importantes para la planta. Una de las más relevantes es su acción como pesticida natural, ya que la cafeína resulta tóxica para numerosos insectos. Cuando un insecto consume hojas jóvenes o semillas con suficiente concentración de cafeína, su sistema nervioso puede verse alterado, reduciendo su supervivencia o su capacidad para alimentarse. También actúa como protección frente a animales herbívoros, ya que su sabor amargo hace que muchos animales eviten consumir determinadas partes de la planta.

Por otro lado, algunos estudios sugieren que la cafeína liberada al suelo por hojas o frutos puede dificultar la germinación o el crecimiento de plantas cercanas, un fenómeno conocido como alelopatía. Este fenómeno es un mecanismo de competencia química mediante el cual una planta libera compuestos al medio que modifican el crecimiento o desarrollo de otros organismos, especialmente de plantas competidoras. Por lo tanto, la cafeína también protege a la planta de especies competidoras que podrían ocupar su hábitat. Otro efecto positivo de la cafeína es que puede favoreces la atracción de insectos polinizadores. Algunos experimentos han mostrado que las abejas recuerdan mejor las flores que contienen cierta concentración de cafeína y vuelven a visitarlas con mayor frecuencia. Es decir, la planta utiliza la cafeína para repeler unos organismos y atraer a otros, siendo una molécula muy versátil y útil para la adaptación al medio de las plantas.

Aunque no se conoce la fecha exacta en que los seres humanos comenzaron a consumir cafeína, las evidencias arqueológicas indican que las plantas que la contienen, como el té y el cacao, ya formaban parte de la dieta hace varios milenios. El consumo de café como bebida se documenta con certeza a partir del siglo XV en Yemen. No se conoce la razón por la que los seres humanos comenzaron a consumir plantas con cafeína. La hipótesis más aceptada es que su consumo se inició de forma accidental y que, posteriormente, se mantuvo al comprobarse sus efectos estimulantes. Con el tiempo, bebidas como el té, el café o el cacao adquirieron también un importante papel cultural, medicinal y religioso en distintas civilizaciones. Seguramente fue este efecto estimulante, que ayudaba a las personas a mantenerse despiertas y alerta durante periodos de tiempo más largos, lo que propagó su consumo y lo estandarizó hasta hoy en día. Pero ¿por qué se produce este efecto estimulante? ¿Qué ocurre cuando tomamos cafeína?

Después de beber café o té, la cafeína se absorbe muy rápidamente y lo hace principalmente en el intestino delgado. De hecho, aparece en sangre entre 15 y 45 minutos después de ser consumida y alcanza su concentración máxima entre 30 y 120 minutos después de la ingesta. Una característica muy importante de la cafeína, y que explica sus efectos, es que es una molécula bastante pequeña y soluble tanto en agua como en grasas, por lo que puede atravesar con facilidad la barrera hematoencefálica. La barrera hematoencefálica es uno de los sistemas de protección más importantes del organismo ya que es una estructura biológica altamente especializada que separa la sangre del tejido cerebral y controla de forma muy estricta qué sustancias pueden entrar en el cerebro. Constituye una barrera fisiológica selectiva entre la circulación sanguínea y el sistema nervioso central. Sin ella, muchas sustancias potencialmente dañinas presentes en la sangre llegarían fácilmente al cerebro y podrían alterar su funcionamiento. Pues bien, el hecho de que la cafeína pueda traspasar esta barrera implica que tenga ciertos efectos en el cerebro.

Durante mucho tiempo se pensó que la cafeína estimulaba directamente las neuronas, pero hoy en día se sabe que esto no es así y que su acción principal consiste en bloquear los receptores de adenosina. La adenosina es una molécula que produce nuestro propio organismo y cuya concentración en el cerebro aumenta a medida que pasamos horas despiertos. Digamos que la adenosina actúa como una señal de cansancio o fatiga por la acumulación de horas sin dormir. Cuando esta adenosina se une a sus receptores en las neuronas, hace que disminuyan su actividad y como resultado aparece la sensación de sueño, disminuye el estado de alerta y disminuye ligeramente la velocidad con la que algunas neuronas intercambian señales. Es, de hecho, esta acción de la adenosina, uno de los mecanismos que contribuyen a la sensación de sueño que sentimos al final del día.

Pues bien, cuando la cafeína entra en nuestro cerebro, ocurre una cosa muy interesante. Y es que la estructura química de la cafeína es bastante parecida a la de la adenosina y esto hace que sea la cafeína la que se una a los receptores neuronales de la adenosina (Figura 1). Una vez unida a los receptores, la cafeína no los activa y la reacción «normal» de la adenosina no se produce. Es decir, la cafeína ocupa el sitio de la adenosina, pero no produce su efecto sobre las neuronas. Como consecuencia, la acción inhibidora de la adenosina disminuye y la actividad neuronal se mantiene más elevada. Es decir, la cafeína no «aporta energía» al cerebro, sino que más bien evita durante un periodo determinado de tiempo (que depende de la dosis, de la sensibilidad individual y del consumo habitual), que las señales que inducen el cansancio aparezcan. Esto significa que bajo los efectos de la cafeína sentimos una mayor sensación de alerta, una menor percepción de la fatiga, un aumento de la atención, una mejora del tiempo de reacción y un incremento de la capacidad para mantener la concentración durante tareas prolongadas.

cafeina.La cafeína y adenosina llenan los receptores de adenosina en el cerebro
La cafeína y adenosina llenan los receptores de adenosina en el cerebro

Es importante señalar que, aunque el consumo de cafeína puede mejorar de forma transitoria algunos aspectos del rendimiento cognitivo, especialmente cuando existe fatiga o privación de sueño (en personas descansadas, los efectos suelen ser más modestos), no hay ninguna evidencia que indique que la cafeína puede aumentar la inteligencia o la capacidad intelectual del consumidor, cosa que tiene todo el sentido atendiendo a su mecanismo de actuación como bloqueador de los receptores de adenosina.

Sin embargo, el estudio del que hablamos hoy cambia un poco la concepción que teníamos sobre la cafeína. Este estudio publica datos que indican que el efecto de la cafeína no solo se reduce a un efecto estimulante, sino que puede tener un impacto sobre la capacidad cognitiva a largo plazo. Y es que el estudio ofrece, según sus autores, los datos a más largo plazo disponibles hasta la fecha sobre la relación entre el consumo de cafeína y la cognición revelando algo muy significativo: un consumo moderado de cafeína procedente de café y té se asocia con una reducción del riesgo de demencia y con una ralentización el deterioro cognitivo.

Hasta el momento, se habían publicado multitud de estudios investigado la relación entre la cafeína y las funciones cognitivas, pero estos estudios se desarrollaban durante un periodo temporal relativamente corto, lo que impedía estudiar posibles efectos sobre la demencia, que se desarrolla a lo largo de muchas décadas. Por ello, los autores de este trabajo utilizaron dos estudios sobre la salud de profesionales del sector sanitario («Estudio sobre la Salud de las Enfermeras», Nurses’ Health Study título original en inglés; y el «Estudio de Seguimiento de Profesionales Sanitarios», Health Professionals Follow—up Study título original en inglés) que se extendieron durante varias de varias décadas. En estos estudios, durante 43 años más de 130000 profesionales sanitarios fueron registrando su dieta cada pocos años. Esto permitió hacer un seguimiento de los hábitos de consumo de cafeína. Además, también completaban cuestionarios sobre su función cognitiva y realizaban pruebas en las que debían recordar secuencias de palabras como medida objetiva de la cognición.

Analizando los datos de estos dos estudios, el equipo descubrió que un consumo moderado de cafeína, equivalente a 2-3 tazas de café o 1-2 tazas de té al día, se asociaba con una reducción del riesgo de demencia y de la rapidez de deterioro cognitivo. Incluso vieron que niveles más bajos de consumo también se asociaban con beneficios en cuanto a la cognición. Contrariamente a trabajos previos, la asociación entre el consumo de cafeína y la salud cognitiva se mantenía incluso en personas que bebían grandes cantidades de café: el riesgo de demencia era un 18% menor para los tenían un mayor consumo de cafeína (hasta cinco tazas de café al día) con respecto a los que consumían poco o nada.

Pero la cosa no termina ahí, ya que la protección de la cafeína frente a la demencia se mantenía incluso en participantes que tenían una predisposición genética a desarrollarla. En particular, se observó que algunos participantes tenían una variante genética llamada APOE4. El gen APOE contiene las instrucciones para fabricar la apolipoproteína E, una proteína implicada principalmente en el transporte y metabolismo de los lípidos (como el colesterol) en el organismo. En el cerebro, esta proteína desempeña funciones importantes, como el transporte colesterol y otros lípidos entre las células, reparación de las neuronas, mantenimiento de las conexiones neuronales o eliminación de proteínas y otros productos de desecho. La cuestión es que este gen tiene tres variantes (alelos) principales en la población: APOE2, APOE3 y APOE4. Cada persona hereda dos copias del gen, uno de la madre y otro del padre. Por lo tanto, puede haber distintas combinaciones de las variantes, por ejemplo: APOE3/APOE3 (la más frecuente), APOE3/APOE4, APOE4/APOE4, APOE2/APOE3, etc. El problema está en que se ha observado que las personas portadoras de la variante APOE4 tienen un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer. De forma aproximada, si hay una sola copia de la APOE4 el riesgo de padecer Alzheimer aumenta entre 2 y 3 veces respecto a quienes no la tienen y si hay dos copias de APOE4 el riesgo aumenta mucho más. Pues bien, incluso en personas que tienen esta variante del gen APOE la protección de la cafeína frente a la demencia resulta significativa.

Otro dato interesante del estudio es que las personas que tomaban café descafeinado no mostraban ninguno de los beneficios cognitivos observados en quienes consumían café con cafeína. El café es una de las bebidas con mayor complejidad química que consumimos. Se han identificado más de 1000 compuestos químicos diferentes en los granos de café y muchos de ellos cambian durante el proceso de tostado. Al beber una taza de café, el 98-99% es agua y la concentración del resto de componentes depende del método de preparación (espresso, filtrado, prensa francesa, etc.). Dentro de todos estos componentes, las evidencias indican que los beneficios para la salud los aportan principalmente la cafeína y los polifenoles (especialmente los llamados ácidos clorogénicos). Para otros componentes, la evidencia es más limitada o procede principalmente de estudios experimentales. Los ácidos clorogénicos son los principales antioxidantes naturales del café y poseen actividad antioxidante, actividad antiinflamatoria, influencia sobre el metabolismo de la glucosa y posibles efectos beneficiosos sobre la salud cardiovascular. Ahora bien, si los beneficios para la función cognitiva solo se observan cuando el café lleva cafeína y no cuando es descafeinado, todo indica que los beneficios están específicamente relacionados con la cafeína, más que con los polifenoles u otros componentes potencialmente beneficiosos.

Ahora bien, hay expertos que, pese a que elogian el tamaño del estudio, advierten de que los resultados deben interpretarse con cautela. Por las características del diseño del estudio, no es posible concluir directamente que sea el consumo de cafeína lo que reduzca el riesgo de demencia, ni tampoco se han identificado mecanismos causales de porque la cafeína ralentiza en deterioro cognitivo. La cuestión es que, al ser un estudio observacional y no experimental, y aunque los autores intentaron analizar también otros factores que pueden contribuir a una mejor salud cognitiva como el estilo de vida y la calidad de la dieta, la realidad es que podrían existir otras variables, como la medicación, que influyan en los resultados. Por lo tanto, considerando que hay muchas formas demostradas de proteger la función cognitiva a medida que envejecemos, los resultados del estudio sugieren que el consumo de café o té con cafeína puede ser una más de esas formas de protección para tener en cuenta.

Es importante también señalar que, pese a que este estudio pueda sugerir beneficios para la función cognitiva asociados al consumo de café y té con cafeína, esto no significa que ahora todo el mundo deba empezar a consumir café y té de forma desmesurada, ya que también son conocidos los efectos adversos de la cafeína. Está demostrado que provoca alteraciones del sueño (dificultar conciliar el sueño, reducción de la duración del sueño y disminución de la calidad del descanso), causa nerviosismo y ansiedad, aumenta la frecuencia cardíaca y la tensión arterial, puede provocar dependencia leve y síndrome de abstinencia o causar molestias digestivas. Además, puede interaccionar con diversos medicamentos como determinados antibióticos, algunos antidepresivos, estimulantes o ciertos tratamientos para el asma. Tampoco se recomienda el consumo de cafeína durante el embarazo, ya que la cafeína atraviesa la placenta y el feto la metaboliza muy lentamente pudiendo causar ciertos problemas. Por lo tanto, no todo se reduce a «beberé café o té para tener una buena función cognitiva a largo plazo». Es importante no transmitir la idea de que el café o el té son «buenos» o «malos» en términos absolutos. En personas sanas y consumidos con moderación, ambos pueden formar parte de una dieta saludable. Sin embargo, un consumo excesivo o determinadas condiciones médicas pueden hacer que sus riesgos superen a sus beneficios.