Siguen las aguas revueltas en Ceuta tras la invasión de más de sesenta mil personas, en su gran mayoría marroquíes. La misma evidenció la fragilidad de la relación de España con Marruecos y la situación de clara desventaja que en esta relación tiene España. Aunque es triste y duro decirlo, estamos en manos de un autócrata y tenemos un Gobierno que vayan ustedes a saber por qué camina pisando huevos en todo lo que concierne a Mohamed VI.
Ayer, en una intervención que rozó el patetismo, el ministro de Exteriores español mostró un entreguismo a Marruecos que durante unos instantes nos hizo dudar sobre a qué Gobierno estaba representando. «Yo estuve en contacto desde el primer momento con mi homologo marroquí, con las autoridades marroquíes, el ministro del Interior igualmente. Mostraron disposición desde el primer momento a movilizar dispositivos policiales para colaborar en cortar ese flujo migratorio», dijo el presunto ministro español. Y añadió: «Marruecos ha colaborado con una rapidez inédita; no existen precedentes de un retorno tan rápido». Posteriormente, Albares atacó a la internacional reaccionaria, cómo no, y la culpó de una campaña de desinformación y de haber agigantado el conflicto. Eso sí, ya con toda la razón, exigió a los países de la UE de que se responsabilizaran del problema porque la frontera con Marruecos es también un asunto europeo.
Lo sucedido en la ciudad autónoma es gravísimo y nos lleva a pensar que si a Mohamed VI le diera el cuarto de hora, se quedaba Ceuta y Melilla en diez minutos. Y seguramente, en ese instante, el ministro Albares comparecería para decir que era admirable la rapidez con la que los marroquíes se habían hecho con el control de las dos plazas. Ahora mismo, España no está en condiciones de garantizar la soberanía sobre Ceuta y Melilla. Y, lo que es peor, no parece que la cosa vaya a cambiar a corto plazo. Se nos llena la boca a la hora de ir contra la ultraderecha, apoyamos a muerte al sufrido pueblo palestino, nos metemos con el estado genocida de Israel y alardeamos de que no le bailamos el agua al ínclito Donald Trump. Pero a Mohamed VI le hacemos la ola, aunque haya que dejar tirado al pueblo saharaui y nos chuleen en nuestras ciudades norteafricanas.
Nuestro país necesita desplegar en ambos enclaves estratégicos una capacidad disuasoria que corte de raíz estos saltos masivos. Se trata de mostrar a Marruecos y a los marroquíes o a quien quiera que sea que penetrar en nuestro país al margen de las formas legales no es posible. Para eso se necesitan efectivos bien armados y suficientes y todo tipo de elementos que sean a simple vista potencialmente temibles. Y, no nos olvidemos, hay que espabilar en el ámbito diplomático porque ahí Marruecos nos golea. O el Gobierno reacciona o más pronto que tarde nos llevaremos un disgusto imposible de arreglar.
Ni Marlaska, ni Albares, ni Robles pueden decir que no la vieron venir, porque si fuera así deberían dimitir. Y, la verdad, si la vieron venir y no hicieron nada, también.
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