La juventud es la etapa en la que se produce la transición desde la infancia a un proyecto de vida autónomo a través de la formación académica, la inserción laboral y la emancipación. Ser joven, además de una edad, ansiedad y el síndrome del impostor, significa tener también unas condiciones socioeconómicas determinadas. La situación de la juventud suele asociarse a la precariedad, así lo hemos asumido. Lo soportamos porque en nuestro imaginario esa etapa termina y lleva asociadas experiencias que también contribuyen a tu desarrollo personal y deja tras de sí anécdotas que contar. Pero, ¿qué pasa si no termina? ¿Qué ocurre si cada vez se alarga más? ¿Seremos efectivamente jóvenes para siempre?
En los últimos años el concepto de juventud se ha ampliado cada vez más. El rango de edad ya ha dejado de ser treinta y se acepta fácilmente treinta y cinco. Eso es porque las condiciones de precariedad se alargan durante varias décadas e impiden que la población joven pueda desarrollar sus proyectos de vida. La temporalidad, la parcialidad, la incertidumbre y el problema de la vivienda marcan la vida de las personas jóvenes impidiendo que puedan llegar a ser autónomas.
Los y las trabajadoras entramos en el mercado laboral a través de la precariedad. Nuestro primer acercamiento al mundo del trabajo suele ser a través de unas prácticas no remuneradas, casi siempre poco formativas, pero que consiguen algo mucho más relevante y destructivo; contribuyen a disciplinar la mano de obra. En estos primeros pasos, además de un gran desconocimiento sobre derechos laborales, hay muchas ganas y voluntad de hacer el trabajo bien, de demostrar lo que vales. Todo con la ilusión de poder quedarte en esa empresa o conseguir un buen puesto. Eso te lleva a aceptar unas condiciones laborales precarias con la esperanza final de ver mejorada tu vida. Unas personas antes y otras después, vamos comprendiendo que las cosas no son tan fáciles. Después de las prácticas llega un contrato temporal «por necesidades de producción», salvo que esa necesidad es en realidad estructural y tu tiempo en la empresa acaba justo cuando entra la siguiente persona que ha de seguir girando la rueda. Así jamás consigues derechos de antigüedad. Así se perpetúa la infantilización laboral.
Después de varios trabajos —posiblemente en la hostelería o de dependienta—acabas en una empresa «de lo tuyo», a jornada partida y con un sueldo que a final de mes no da para ahorrar un céntimo. Con la esperanza de que el salario aumente, aguantas broncas, horas extra no remuneradas para «echar una mano» y no te permites faltar al trabajo ni estando enferma. Y así es como la juventud asturiana se planta en los treinta años, edad media de emancipación, con poca autonomía y demasiada incertidumbre.
Se han escrito muchas líneas culpabilizando a la juventud, llamándola peyorativamente «generación de cristal» y buscando otras causas que expliquen su situación actual. Hace unos años leíamos en periódicos de Asturias que la juventud asturiana no trabajaba en la región porque era cosmopolita y le gustaba viajar. Fue una manera fantástica de romantizar la precariedad y la falta de trabajo en la región. La realidad es que las condiciones materiales de vida no permiten a la juventud tener trabajos fijos ni estables, ni a jornada completa, ni tampoco emanciparse o tener familia. Y frente a esta realidad pueden surgir mil relatos, pero ninguno podrá disfrazar los datos.
Siempre hay una forma sarcástica para desentenderse de un problema: convertir la necesidad en aventura. Se dice que los jóvenes asturianos se marchan para ver mundo con el entusiasmo de la carne de cañón que iba a morir a las trincheras. Prefieren vestir de turismo lo que es exilio para tranquilizar sus conciencias, para absolver a quienes han permitido que una generación entera descubra que el mérito no sirve de nada. La quiebra de la meritocracia es una realidad aceptada, el tiempo pasa y nadie arregla el famoso ascensor social.
Pero lo cierto es que los apocalipsis suelen decepcionar a sus profetas. Por eso no se trata de volcar aquí toda esta realidad para terminar de hundirnos en el pesimismo, no se trata de terminar estos párrafos moviendo la cabeza con unos discretos «tss-tss» de desaprobación. El pesimismo, como la duda cartesiana, es parte fundamental del trabajo de ser asturiano; no sabemos si salvar el mundo o salvarnos de él. En ambos casos la única salida es contemplar este escenario como oportunidad y no como amenaza. Frente a todo ese vertiginoso vacío, frente a un mundo que nos quiere solas, aisladas e indefensas; debemos juntarnos, organizarnos y transformar. Y para eso el sindicato es una herramienta imprescindible. Sirve para desenmarañar este ovillo, sí, pero también para arrancarle al tiempo el horizonte que soñamos.
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