La extraña victoria de quienes aplauden sus propias cadenas
Si Robert Tressell despertara en 2026
Si Tressell regresara hoy y recorriera las calles de nuestras ciudades, probablemente quedaría asombrado por los avances tecnológicos. Vería teléfonos inteligentes, inteligencia artificial, trenes de alta velocidad y una capacidad de producir riqueza que habría parecido inimaginable en la Inglaterra de principios del siglo XX.
Pero, tras la sorpresa inicial, descubriría algo profundamente familiar.
Los viejos talleres que describió en Los filántropos en harapos han sido sustituidos por multinacionales, plataformas digitales y gigantes financieros. Sin embargo, la lógica que denunció sigue viva: quienes generan la riqueza continúan siendo, en demasiadas ocasiones, quienes reciben la menor parte de sus beneficios.
Y quizás comprobaría con estupor que la gran pregunta de su novela sigue sin resolverse: ¿cómo consigue una sociedad que millones de personas defiendan ideas y políticas que, con frecuencia, perjudican sus propios intereses?
La nueva religión de las migajas
La falsa caridad que denunciaba Tressell no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de vestuario.
Hoy se celebran grandes donaciones empresariales, fundaciones multimillonarias y gestos solidarios que ocupan titulares y portadas. Toda ayuda merece reconocimiento. El problema surge cuando la caridad sustituye al debate sobre la justicia.
Se aplaude al multimillonario que dona parte de su fortuna, pero se cuestiona la necesidad de una fiscalidad más justa. Se glorifica la beneficencia privada mientras se desacreditan los servicios públicos. Se ensalza la generosidad individual mientras se presenta la solidaridad colectiva como una carga económica.
La diferencia es fundamental. La caridad puede aliviar una necesidad puntual. La justicia social intenta evitar que esa necesidad exista.
La gran victoria cultural
Quizás la mayor victoria de las élites económicas no haya sido acumular riqueza, sino conquistar el imaginario colectivo.
Muchos trabajadores defienden rebajas fiscales que benefician principalmente a quienes poseen grandes patrimonios. Muchos ciudadanos respaldan recortes en servicios públicos de los que ellos mismos dependen. Muchos jóvenes afectados por la precariedad laboral son convencidos de que los derechos sociales constituyen un obstáculo para el progreso. Tressell reconocería inmediatamente este fenómeno.
No se trata de falta de inteligencia. Se trata de la enorme capacidad de influencia de los relatos culturales, mediáticos y políticos. Cuando una idea se repite constantemente, acaba pareciendo sentido común aunque contradiga la realidad cotidiana de quienes la defienden.
El ciudadano que soñaba con ser millonario
Existe además un fenómeno característico de nuestro tiempo. Nunca fue tan visible la concentración de riqueza. Nunca se habló tanto de desigualdad. Sin embargo, millones de personas contemplan a multimillonarios, grandes empresarios o tecnócratas económicos con admiración casi reverencial. La crítica al privilegio ha sido sustituida en ocasiones por el deseo de imitarlo.
El trabajador deja de verse como sujeto de derechos para imaginarse como un millonario temporalmente aplazado. Así, la identificación con quienes ocupan la cúspide económica termina siendo más fuerte que la solidaridad con quienes comparten problemas y condiciones de vida similares.
La nostalgia como refugio
Tressell también observaría con preocupación el resurgimiento de relatos idealizados sobre el pasado. Periódicamente reaparecen discursos que presentan etapas autoritarias como épocas de orden, estabilidad o prosperidad, olvidando la ausencia de libertades, la censura, la represión política y las profundas desigualdades que las acompañaron.
La memoria selectiva constituye una poderosa herramienta política. Cuando una sociedad recuerda únicamente aquello que desea recordar, corre el riesgo de convertir los errores del pasado en proyectos de futuro.
El ciudadano convertido en hincha
Otro rasgo preocupante de nuestro tiempo es la transformación de la política en una competición emocional.
Muchos ciudadanos ya no analizan propuestas, resultados o programas. Actúan como aficionados que defienden a su equipo pase lo que pase. Los hechos importan menos que las emociones. Los argumentos importan menos que los eslóganes. La complejidad importa menos que la pertenencia al grupo.
En ese terreno prosperan la polarización, el fanatismo y la simplificación. El adversario deja de ser alguien que piensa diferente para convertirse en un enemigo al que derrotar.
Y cuando la democracia se transforma en un estadio permanente, el debate público se empobrece.
Cómo romper el círculo
La respuesta no consiste en sustituir un dogma por otro ni en intentar conquistar conciencias desde una nueva ortodoxia ideológica. La mejor defensa frente a cualquier forma de manipulación sigue siendo el pensamiento crítico. Leer fuentes diversas. Contrastar datos. Desconfiar de las soluciones milagrosas. Preguntarse quién gana y quién pierde con cada decisión política. Analizar qué intereses económicos existen detrás de determinados discursos aparentemente espontáneos.
La democracia necesita ciudadanos informados, no creyentes incondicionales.
La pregunta que sigue esperando respuesta
Quizás la verdadera vigencia de Los filántropos en harapos no resida únicamente en su denuncia de la pobreza y la explotación laboral de la Inglaterra victoriana.
Su actualidad radica en unas preguntas mucho más incómodas. ¿Cómo consigue una sociedad que millones de personas acepten como inevitables desigualdades que podrían corregirse mediante decisiones colectivas? ¿Cómo logra que las migajas reciban más aplausos que los derechos? ¿Cómo convence a tantos ciudadanos para que contemplen la justicia social como una amenaza y la desigualdad como una consecuencia natural de las cosas?
Tressell dedicó una novela entera a intentar responder estas preguntas. Más de un siglo después, seguimos buscando las respuestas. Y quizás esa sea la prueba definitiva de que su obra no pertenece al pasado, sino al presente.
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