El fiscal incide en que la madre de Imran no hizo nada para evitar su muerte, mientras la mujer y su expareja se culpan mutuamente. Intenso cuestionario en el primer día del juicio
20 feb 2017 . Actualizado a las 20:35 h.«¿Mató usted a Imram?, ¿Golpeó a Imram?, ¿Golpeó a Fadila?». El abogado Fernando de Barutell inició su interrogatorio con tres preguntas directas dirigidas a su defendido, David F., quien respondió con un categórico «no». El letrado intentaba llevar al ánimo de los miembros del jurado de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial que su defendido era un pobre hombre, «un pelele» enamorado de su exnovia, adicto como ella al consumo de sustancias estupefacientes y que, en ningún momento, había tenido participación alguna en la muerte del bebé, hijo biológico de la mujer. El crimen conmocionó Oviedo cuando, en 2014, el cadáver del bebé de 20 meses apareció en una maleta.
Según su versión, la mujer le había asegurado a su exnovio que «una semana antes de ir a León, donde fue detenido, a ella se le había ido de las manos y había matado al niño» y él, en ese afán de ayudarla, le había garantizado que él no iba a delatarla nunca y estaba dispuesto a correr ese riesgo de asumir el crimen, autoinculpándose. De esta forma justificaba su primera declaración en comisaría donde reconoció los hechos en solitario. Su abogado defensor ha solicitado la nulidad de esta prueba, al entender que se realizó sin garantías.
«Yo iba detrás de ella adonde fuera»
A lo largo de su prolija declaración, David F. incidió en que, en noviembre del 2014, cuando apareció el cadáver del bebé, envuelto en una manta dentro de una maleta, escondida entre la maleza junto al apeadero del tren, en Oviedo, él estaba «sin trabajo, tirado en la calle y sin apoyo de nadie», por lo que accedió a autoinculparse, aún siendo consciente de que «me iban a machacar».
En esa fecha, ella le había comunicado que estaba de nuevo embarazada y que el hijo que esperaba era suyo. Él pensó que si la exculpaba a ella sería la mejor opción para protegerla e incluso, una vez encarcelados ambos, le envió una carta desde la prisión donde «le pedía perdón y reconocía que era un cerdo y un asqueroso» y hasta le instaba a realizar un vis a vis «aunque no me dirijas la palabra»; una misiva que alegó que le escribió con la intención de seguir manteniendo contacto con ella. «Yo iba a aguantar todo. Yo iba detrás de ella adonde fuera», aseveró. Sin embargo, ella abortó del hijo de ambos y la relación entre David F. y Fadila Ch. fue muy fría y distante.
Su declaración, serena y tranquila, contrastaba con la que momentos antes había realizado Fadila Ch., quien durante una hora y media había relatado, entre grandes sollozos, cómo ella era una víctima de violencia de género. Su pasividad al no auxiliar a su bebé respondía al miedo que insistía que le atenazaba ante las graves amenazas de muerte que vertía contra ella y su hijo. El fiscal Tomás Álvarez Buylla instó a la acusada en reiteradas ocasiones a que explicara las razones que le impidieron acudir a un centro de salud o pedir ayuda a terceras personas ante la gravedad del estado de su bebé, teniendo en cuenta que, con apenas 20 meses, no se podía defender y ante las fuertes palizas que supuestamente le infligía el acusado y que se saldaron, entre otras lesiones y secuelas, con una fractura de fémur que le provocó una cojera, quemaduras causadas por los paños calientes que le colocaba, rotura de costilla y golpes que finalmente acabaron con su vida.
El niño se quejaba y no paraba de llorar
«¿No se quejaba el niño?», inquiría el fiscal. «Sí, el niño se quejaba y no dejaba de llorar», respondía ella entre llantos. «¿Y por qué no hizo usted nada por ayudarle, avisar a su familia, a un vecino, si usted tenía llave para salir de casa mientras David F. trabajaba y tenía teléfono para llamar», incidía el representante de la acusación pública. Y ella, en la misma línea, reiteraba, de nuevo entre grandes sollozos, que «él me amenazó. Tenía miedo. Yo no sabía qué hacer en ese momento. Por eso no fui al médico».
Fadila Ch. dibujó la personalidad de su exnovio como la de una persona violenta y agresiva, de la que sentía terror en los momentos en los que actuaba de esa forma cuando estaba bajo los efectos de las drogas. Explicó que, sin embargo, una vez que se le pasaban los efectos, se volvía una persona diferente. «Luego venía, pedía perdón y me daba besos. Me pegaba para que me callara y me decía que no preguntara más por el niño. Cuando yo volví a casa después de salir a la calle durante 45 minutos para que él se tranquilizara y yo también después de una discusión me dijo que no le preguntara más, que me iba a matar a mí y a mi hijo». Una actitud que respondía, a juicio de la letrada Belén González, al perfil de una mujer víctima de violencia de género que teme las reacciones del maltratador, al que definió en sus actitudes «como un monstruo».
«Mi hijo no me sobraba. Era mío y no de él»
Ante la perplejidad del fiscal por la pasividad que había mostrado al no atender a su hijo, a pesar de la supuesta actitud violenta hacia él de su expareja, el representante de la acusación le preguntó a Fadila si le sobraba su hijo, a lo que ella respondió textualmente de nuevo entre grandes sollozos que «mi hijo no me sobraba. Era mi hijo. No de él. Era mío».
La sesión continuará mañana con la declaración de varios policías y la tía materna, que ejerce la acusación particular contra David F. Asimismo se realizarán varias videoconferencias con las comisarías de León y Canarias así como con la testigo María de los Ángeles S.P., una antigua novia de David F., que se había trasladado con la pareja desde Estepona, donde reside, hasta Oviedo en su coche, unos meses antes de que David F. y Fadila Ch. se instalaran en el piso de la calle Vázquez de Mella, donde convivían con el bebé y donde supuestamente se consumó el crimen.