«La gente sabe cuándo compra algo bueno y cuándo no»

José Juan de Blas, la cuarta generación de la familia al frente de la confitería, se considera guardián de una marca de calidad y vive en el centro del debate entre tradición e innovación

José Juan de Blas
José Juan de Blas

Redacción

Abierta en la calle Jovellanos desde 1914, la primera tienda de Camilo de Blas es casi una institución cívica. José Juan de Blas, biznieto del fundador, la cuarta generación de la familia que se pone tras el mostrador más fotografiado de la ciudad, ha recuperado la confitería de Gijón, que llevaba medio siglo cerrada, pero sabe que la identificación de sus productos con Oviedo es inimitable en cualquier otro lugar.

-¿Está Camilo de Blas, con más de un siglo de vida, en una posición distinta ante la resaca de la crisis que, digamos, una tienda recién abierta?

-La ventaja de tantos años de tradición es que, aunque en general las ventas estén bajas, cuando la gente compra para fechas especiales no se la juega, no hace experimentos. Y tenemos otro motor: los turistas que vienen a buscar carbayones. En esta época, intentar hacerse un nombre desde cero es muy difícil. Sin embargo, la gente emprendedora y con ideas siempre es necesaria. El mundo es para quienes se atreven a enfrentarse a los retos.

-Esa dependencia del turismo que menciona... ¿Crea muchos picos y valles en la actividad del negocio, muchas diferencias entre un mes y el siguiente?

-En general, la venta semanal empieza el viernes. Los días anteriores apenas vendemos, solo a poquitos. Hay quien se lleva un croissant o algún pastel, algún salado, pero la venta para una familia entera, la docenita de pasteles, se queda para el fin de semana. Entre semana, vienen muchas excursiones. Eso ya no es cuestión de lunes o jueves. Pueden llegar en cualquier momento.

-¿Qué hace bien un negocio familiar para durar más de un siglo y pensar aún en el futuro?

-Ya hemos cumplido 104 años. La cuarta generación de una empresa tiene la ventaja de encontrarse con un camino abierto, pero también se encuentra con muchas exigencias. Al hijo de Pau Gasol, en su momento, lo reconocerán por la calle, pero como no enceste le van a caer hasta en el carné de identidad. Lo que toca es dar la talla siempre. Ya de mano, por nuestra filosofía, jamás rebajamos la calidad de los productos. Ni me lo planteo. No compramos nada que no sea de primer nivel.

-¿Hay innovaciones que nunca hará?

-Después de tantos años, ya no. La gente nota esas cosas. Es mentira que no se dé cuenta. Sabe perfectamente cuándo compra algo bueno y cuándo no.

-El cambio duro es el que va de lo bueno a lo malo.

-A veces pasan por aquí madres que traen a sus hijos y los niños vienen comiendo cosas industriales. Me dicen que no las distinguen de nuestros productos. Y yo pienso: 'Porque no se los das a probar'. Hay una señora, de una familia que siempre ha sido cliente, que me ha contado que su padre, que está postrado en una silla y no conoce a nadie, ni aun a su esposa, sus hijos y nietos, y no puede comunicarse, solo habla los domingos, cuando pese a todo siguen con la costumbre de la comida en familia. Le ponen medio pastel y dice el nombre de la tienda. Es impresionante. Qué tendremos en el paladar para que ese hombre se despierte de su estado y algo le haga revivir.

-¿Qué diría usted que tenemos?

-Son esos sabores que asocias a celebraciones, a buenos momentos. Y son tan potentes como para hacerle hablar... Eso, por supuesto, es lo que hace de esto más que un negocio. Y por eso tenemos que hacer más que lo imposible para no perder nuestra identidad, que está asociada a lo mejor de la vida. Este negocio es ya también de la gente de Oviedo y de Gijón. Nosotros lo cuidamos, pero es suyo.

-¿Ha visto pasar mucha competencia?

-Lo que uno no puede es quedarse llorando por lo mal que le va. Si solo vas a menos, llegará el momento en que te estrangules a ti mismo. Si vas a un sitio en el que solo haya dos opciones, a lo mejor no te apetece ninguna; si vas a un sitio en que haya veinte, al final te apetecerá alguna.

-Esta tienda de la calle Jovellanos es un monumento, pero con la expansión de la ciudad ha perdido centralidad. ¿Lo notan en las ventas?

-Sin ninguna duda. Cuando mi bisabuelo instaló aquí a mi abuelo, se puso en la mejor casa de Oviedo. Estaba en el centro de la ciudad. Pero, sobre todo, estaba cerca de la estación de El Vasco. Todo el que entraba a Oviedo desde fuera llegaba por ahí. En alguna foto se cuentan once dependientas, además de mis tías, que venían a echarles una mano. Ahora tenemos cuatro en los días más ajetreados y ya parece una locura.

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