Oviedo

Macarena Álvarez no aparta los ojos de su mesa de trabajo mientras explica pacientemente cada paso a seguir en la elaboración del tocado que tiene entre manos. En el momento exacto de la entrevista se encuentra elaborando los pétalos de rosa que cubrirán un pequeño tocado al que previamente ya le ha dado forma con una de sus 85 hormas. Una gran colección que, por supuesto, no tiene previsto que tenga fin y que incluye piezas de todas partes del mundo, algunas, incluso, han llegado a su pequeño atelier desde Australia. Se encuentra escondida tras varias pamelas. En la tienda varios muebles antiguos sirven de soporte para muchos de sus diseños.

Cuando esta joven artesana y diseñadora fundó su propia empresa «EMEA Design» en 2015 tenía 22 años y un un grado en diseño de moda. Ahora, con 26 y tres años después de haber abierto su taller, asegura que sus clientes aun se sorprenden al verla. «Al principio no se fiaban de mí porque me veían pinta de nena, como ellos dicen», afirma Álvarez, que asegura que no se valora a la juventud. «Sé que si tuviese 20 años más sería mucho más fácil». Abrir su propio negocio fue muy difícil «por no decir horrible» cuenta, sobre todo teniendo únicamente la ayuda de su madre. 

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Cuando a Macarena Álvarez le regalaron su primera máquina de coser, apenas tenía 5 años. Ella siempre supo que se dedicaría al diseño de moda, aunque fue a mitad de carrera cuando, un día, a las tres de la madrugada, se dio cuenta de que lo que a ella le gustaba realmente era la sombrerería. En su escuela jamás le enseñaron a elaborarlos, por lo que todo lo que sabe es de manera autodidacta o de aprender de la mano de los mejores sombrereros de este país, como Mariana Barturen y Agustín Roiz. Aunque ella asegura que lo más valioso es «aprender uno mismo dando el callo, no vale ir a un curso y decir que lo sabes todo».

Álvarez es sombrerera pero, sobre todo, artesana. Un trabajo que, tal y como afirma, no está valorado. «Nadie entiende que lo haga todo a mano», comenta. Y es que en su taller no hay nada que no se trabaje con sus manos. Eso es lo que más le gusta, diseñar en cada ocasión algo diferente. «En mi trabajo me lo paso muy bien porque exploro toda mi locura, siempre creo cosas nuevas», afirma. Todas las piezas de este atelier son exclusivas. De hecho, todos los tocados y sombreros que inundan las estanterías y paredes son ejemplos de las infinitas posibilidades. Tamaños, formas, colores, adornos, plumas, flores... En tres años de negocio asegura no haber repetido jamás uno de sus diseños.

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A pesar del duro trabajo que supone un negocio artesanal como este, Álvarez afirma que, a pesar de que ahora se valora más, es necesario revalorizar estos oficios que se están dejando morir. «No se puede matar la artesanía», critica y asegura que en Francia, las grandes empresas realizan una importante labor de mecenazgo que ayudan a potenciar estas profesiones y evitar que no se pierdan. Un ejemplo que cree que España debería de seguir. Pero para este oficio, la joven artesana no lo tiene nada fácil. Hoy en día, para conseguir materiales de calidad hay que buscarlos en el extranjero. Por no hablar del escaso compañerismo que asegura que existe dentro del gremio. 

Macarena Álvarez asegura que han sido muchas las veces que ha pensado en tirar la toalla. Pero a pesar de todo, continúa acudiendo cada día a su pequeño taller en el que trabaja con sus dos herramientas fundamentales, sus manos, para crear cientos de diseños personalizados. «Me gusta mi trabajo porque es un negocio clásico y artesano que la gente necesita tocar y sentir», asegura.

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«No se puede matar la artesanía»