«Oviedo es una ciudad hospitalaria, solidaria y comprometida»

Paz Andrés reflexiona sobre todo lo que ha significado Oviedo en su vida

Paz Andrés, catedrática de la Universidad de Oviedo
Paz Andrés, catedrática de la Universidad de Oviedo

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Paz Andrés Sáenz de Santa María (Oviedo, 1953) no para. Tampoco en vacaciones. Desde hace 23 años las disfruta en familia en el levante almeriense. Ya incorporada a sus múltiples y diversos quehaceres se siente una privilegiada aunque confiesa que le gustaría tener más tiempo para perderse y lo haría, sin duda, en los Jardines de La Rodriga, en pleno corazón de Oviedo. Un rincón especial, sobre todo, porque fueron los de su colegio, la Institución Teresiana, y pertenecían a un palacete del que no queda rastro tras la irrupción de la piqueta en los años setenta.

-Nació usted en Oviedo, ¿ha cambiado mucho desde entonces?

-Nací en el Sanatorio Blanco, que para mi tristeza acaban de derruir y ahora están construyendo un edificio, con lo que perderemos la maravillosa vista del Monsacro y la sierra del Aramo que se disfrutaba desde su entorno. Vivíamos en la calle Suárez de la Riva, en  pleno centro histórico, zona que ha tenido cambios menores si la comparamos con otras, aunque es cierto que antes circulaban los coches mientras que ahora está peatonalizado y que el Fontán que yo conocí no es el actual después de su alevoso derribo y su reconstrucción ganando altura, como suele ocurrir cuando se hacen este tipo de actuaciones. Yo viví el auténtico, donde estaban los puestos de fruta y verduras, enfrente de la plaza de la carne.

-Su colegio, tradicionalmente llamado Las Teresianas Señoritas, desapareció en los años 70. ¿Qué recuerdos guarda de aquella época?

-Era muy buen colegio. Su sede era el palacete del Marqués de la Rodriga, un edificio señorial con una escalera de mármol preciosa; contaba también con el edificio de al lado y otro interior que eran las antiguas caballerizas y el jardín, que ahora es público, llegaba hasta el Seminario. Entré al colegio a los ocho años e hice hasta el PREU. Era un gran colegio, todas las profesoras eran tituladas universitarias y formadas en métodos pedagógicos modernos, porque era una característica que impulsó su fundador de la Institución Teresiana, el padre Poveda.  Tenían un compromiso religioso pero eran seglares. Era un centro singular, tenía esa característica religiosa pero no la ejercían de forma agobiante sino respetuosa. También suprimieron pronto el uniforme, y recuerdo que cuando lo decidieron las alumnas no lo entendimos bien porque queríamos tener uniforme porque en los demás colegios lo llevaban. Visto ahora, es un signo de más apertura.

-Tuvo que ser duro cuando metieron la piqueta en el Palacete que albergaba su colegio.

-Fue muy triste e indignante. En Oviedo no ha habido muchos disparates urbanísticos, pero ese fue uno de ellos. Otro fue el derribo del chalet de Concha Heres, donde ahora está el Banco de España.

-La Rodriga es un rincón desconocido en pleno centro de la ciudad.

-Es verdad que tiene accesos complicados. Así como otros parques están abiertos, en este caso o lo sabes o no te imaginas lo que hay allí. Es una burbuja verde maravillosa. No nos dejaban utilizarlo mucho en las Teresianas, solo en días determinados, lo que a las alumnas nos disgustaba porque a todas nos apetecía jugar allí pero lógicamente las profesoras pensarían que no podrían controlas a tantas niñas dispersas por un espacio tan amplio.

-¿Cómo recuerda su infancia? ¿Y el Oviedo de los años 60? ¿Ha cambiado mucho la ciudad en sí misma?

-Recuerdo un Oviedo tranquilo, seguro (lo sigue siendo), los niños íbamos solos a muchos sitios; a partir de los siete u ocho años yo andaba por la zona del centro histórico, por donde estaba la casa de mi abuelo, que vivía en la calle Jesús haciendo esquina con la plaza del Ayuntamiento. Desde ahí veíamos las procesiones que se concentraban en la iglesia San Isidoro. Te movías con mucha libertad. La ciudad era pequeña, estaba el centro, el Campo San Francisco, el Paseo de los Álamos, la calle Uría y el ensanche. Terminaba pronto, más allá de la calle Santa Susana estaba el campo de maniobras, llamado así por su anterior uso militar. En aquel descampado era donde instalaban las barracas en San Mateo. Jugábamos en el Campo San Francisco y por los veranos íbamos más allá de la Estación del Norte, cruzábamos la pasarela y llegábamos a la zona de San Pedro de los Arcos, donde todo era campo y entonces eran las afueras de la ciudad. Era como hacer una excursión, salías de casa temprano después de comer y te pasabas ahí la tarde. El resto del año no era posible porque estaba lejos. Ese era mi Oviedo de los años 60.

-¿Cree que es una ciudad que ha sabido crecer?

-Sí, perfectamente. Los barrios están totalmente integrados y al mismo tiempo cada barrio ofrece de todo. Tienen muy buenos servicios públicos y hay muchos parques. Muchas zonas verdes en muchos sitios. Destacaría la  buena integración de los barrios y los espacios verdes.

-Dijo de Asturias que era una región hospitalaria, solidaria y comprometida. ¿Y Oviedo? ¿Cómo es? ¿Cómo la definiría?

-Durante mi infancia y adolescencia la ciudad era quizá una sociedad más cerrada, de familias. Yo creo que ahora es más abierta, es vital, con mucha actividad cultural y mantiene un punto de distinción que siempre la ha caracterizado. Oviedo es una ciudad culta que tradicionalmente ha tenido un alto nivel cultural, con la ventaja de que ahora todo el mundo puede ir tanto a la ópera como a los chiringuitos. Mientras que antes, la ópera estaba reservada a esa sociedad digamos más cerrada que la propia configuración de la sociedad potenciaba al ser un círculo más restringido.  Por lo demás, Oviedo comparte con el resto de Asturias los adjetivos: es hospitalaria, solidaria y comprometida.

-¿Siempre ha tenido claro que quería estudiar Derecho?

Mi padre era médico y mi madre perito mercantil, aunque como tantas mujeres de aquella época trabajó hasta que se casó. Mi padre nos disuadió, tanto a mi hermana como a mí, de que estudiáramos medicina porque decía que era una profesión dura y sacrificada, lo cual es cierto. Era un médico que tuvo un gran prestigio profesional, atendía a muchas personas de aquella sociedad ovetense y estaba dedicado a su trabajo de la mañana a la noche. Descartada la medicina, a mí me gustaban las humanidades o el derecho. Me decidí por este último porque me parecía que el derecho proporciona orden y sentido común y eso me atraía. Además, como era buena  estudiante, pensé que me podía ir bien. Y nunca me he arrepentido.

-Se especializó en Internacional, ¿cree que el problema de los migrantes es el mayor reto al que debe enfrentarse Europa, España o incluso una comunidad como Asturias?

-El problema desde luego es muy importante porque pone de manifiesto las desigualdades que existen en la sociedad internacional y la incapacidad para alcanzar soluciones. Lo más importante sin ninguna duda es el plano humano, pero los especialistas también tenemos que apuntar las causas del problema, ese es nuestro papel y hay que decir que las causas son varias.  Entre ellas destacan los múltiples conflictos armados, los fallos estrepitosos en la cooperación al desarrollo, las dictaduras que siguen existiendo, y también el cambio climático que influye en el modo de vida tradicional de las personas en algunas zonas del mundo, como África, porque si no llueve cuando debe o viceversa, se arruinan las cosechas y las consecuencias pueden ser dramáticas. Debemos señalar el problema, las causas y la ausencia de respuesta multilaterales a todos esos problemas. Cuando hablo de multilaterales me refiero a la comunidad internacional en su conjunto. La gente no se va de su país porque le guste, se va a buscar una vida digna porque no la tienen. Se juegan la vida para sobrevivir y vivir dignamente. La crisis de los refugiados es un espejo de los grandes problemas de la sociedad internacional que ésta no sabe o no quiere atajar. Porque la fractura que hay entre los países desarrollados y subdesarrollados es enorme. Lo que hay que hacer es garantizarles una vida digna allí, y eso se consigue con una auténtica cooperación al desarrollo.

-Otra ovetense, Anabel Montes, estuvo al frente del Open Arms.

-Es un buen ejemplo de la Asturias solidaria y comprometida. Y hay muchos más: yo he estado durante muchos años apoyando a la Asociación Asturiana de Solidaridad con el Pueblo Saharaui. Se trata de un grupo de personas que trabajan para apoyar esa causa desde que España abandonó el territorio, manteniendo el programa de Vacaciones en Paz y otras muchas formas de cooperación y visibilización del problema. Hay un esfuerzo solidario importantísimo en ese ámbito y en otros.

-¿Ser mujer universitaria en su época era algo excepcional? Es decir, ¿era cosa de hombres?

-En la Facultad de Derecho en aquella época la proporción ya era bastante equilibrada. No era excepcional ni era cosa de hombres y en la actualidad compañeras de mi promoción y otras cercanas son abogadas, magistradas, notarias… ocupan muchos puestos de responsabilidad. Es cierto que ahora hay muchas más, pero me alegra poder decir que en mi época en los estudios de Derecho ya había igualdad.

-Volviendo a la ciudad: ¿Su mejor San Mateo?

-Somos de Oviedo, así que celebrábamos el San Mateo clásico de aquella época en familia. Disfrutábamos del desfile de América en Asturias, de la Ópera y del Bollo, aunque lo comíamos siempre en casa. Lo hacíamos así porque mi padre siempre tenía trabajo y porque mi hermana es mateína y celebrábamos su cumpleaños. Así fue durante mi infancia y adolescencia. Luego, con los años ya no lo he vivido tanto, porque a veces he aprovechado para hacer alguna escapada y también porque durante el  mes de septiembre es habitual organizar reuniones científicas en otras partes y debo asistir. 

-Vuelve la figura de la reinas de San Mateo ¿Qué le parece? ¿Haría falta también un rey? ¿O habría que eliminar la figura?

-Todo mi respeto hacia las jóvenes nombradas. Dicho esto, con carácter general me parece una fórmula superada que tiene reminiscencias machistas y desde mi tendencia republicana me inclino porque no haya ni rey ni reina.

-¿Cuál es su rincón preferido de la ciudad? Es decir, dónde se pierde Paz Andrés.

-Está clarísimo, en los Jardines de la Rodriga, que como ya he dicho era el jardín de mi colegio, de forma que para mí tienen un valor sentimental añadido. En realidad, tengo que confesar que perderme me pierdo poco y me gustaría perderme más. Normalmente tengo una vida muy activa que no me lo permite y cuando me pierdo, pues lo hago en casa, donde estoy muy a gusto. También, paseando a mis cuatro perros.

- ¿Cómo ha pasado sus vacaciones?

-Como desde hace 23 años, en un punto del levante almeriense, en familia y con trabajo. Quienes trabajamos en la Universidad utilizamos muchas veces el verano para desatascar  asuntos que no hemos podido terminar durante el curso, fundamentalmente compromisos de publicaciones; además en agosto siguen entrando cosas en la Defensoría Universitaria, que actualmente desempeño. Pero no me quejo, soy una privilegiada porque me gusta lo que hago y si te organizas bien hay tiempo para todo.

-Vuelta a la rutina. ¿Es usted de las que sufre síndrome postvacacional?

-Como no he dejado de trabajar y no he desconectado del todo, no tengo ese síndrome. Sí es verdad que al principio te cuesta un poco ajustarte de nuevo a los horarios, pero eso se supera enseguida.

-¿Un viaje pendiente?

-Más que un viaje pendiente, volvería a lugares en los que ya he estado y que me gustan especialmente. Regresaría  a Nueva York en cualquier momento, también a  París pero en particular a Burdeos, que es una de mis ciudades favoritas. Es una gran ciudad francesa y yo soy francófila por mi estudio temprano del francés en las Teresianas. Burdeos tiene unos monumentos y edificios históricos impresionantes, tiene una vinculación importante a determinadas etapas y momentos de la historia de Francia, por ejemplo, cerca de Burdeos nació Montesquieu que es quien desarrolló la teoría de la separación de poderes y por eso hay una calle que tiene un nombre precioso para alguien que se dedica al Derecho:  ‘El espíritu de las leyes’. También, allí murió Goya y es donde De Gaulle decidió continuar la lucha junto a los aliados en 1940. La gastronomía es fantástica y hay una librería llamada Mollat que tiene 2.500 metros cuadrados y es la mejor librería que conozco.

 -¿Retos de cara al otoño e invierno?

-Tengo hecha la agenda desde hace tiempo: las clases que ya han empezado, compromisos profesionales diversos, temas de la defensoría y la participación en el Consejo de Gobierno del Banco de España. No tengo mucho margen de maniobra.

-¿Hay algo que siempre se propuso hacer pero que ha ido posponiendo?

-Si lo hay, son cosas menores. Lo que se dice siempre: voy a apuntarme a un gimnasio. Es verdad que lo pienso pero nunca lo he hecho porque sé que luego no lo voy a poder encajar, por lo que como tantas otras personas acabaría pagando pero no yendo. Aparte de eso, no hay una gran cosa que tenga pendiente.

-¿Ha conseguido todo lo que se ha propuesto en la vida?

-Desde la prudencia con la que hay que abordar este tipo de preguntas, creo que puedo decir que estoy razonablemente satisfecha con lo que he ido consiguiendo. En el plano personal soy muy afortunada y profesionalmente he ido alcanzando las metas que me he ido proponiendo. Me he esforzado, porque creo que el secreto del éxito, en gran medida, está en el esfuerzo y en el trabajo, soy calvinista en este sentido. He ido alcanzando las metas y la vida me ha ido ofreciendo oportunidades que ni siquiera había pensado ni me había planteado, oportunidades que ahora disfruto y me satisfacen y llenan mucho y que procuro desempeñar lo mejor posible. Me considero una privilegiada, dicho sea con toda cautela, sin confiarse nunca y sabiendo que las cosas pueden cambiar.

-Aún es pronto pero, ¿ha pensado qué va a hacer cuándo se jubile?

-Lo bueno que tiene el trabajo intelectual es que no termina con la jubilación si no quieres. Lo puedes mantener mientras la cabeza te responda y yo pienso seguir estudiando y publicando. En este sentido, en el ámbito científico no te ponen un límite administrativo de forma que tengas la edad que tengas, si escribes y pasa los controles de calidad te lo van a publicar. También procuraré pasar más tiempo en el Mediterráneo. Por lo demás, no preveo grandes cambios.

-¿Qué le hace feliz?

-Soy una persona austera y como en la película ‘La vida de Brian’, siempre procuro mirar el lado brillante de la vida. Por eso, además de las grandes cosas como es la familia, que por supuesto está por encima de todo, hay muchas cosas sencillas de la vida que me hacen feliz, como un buen libro o una buena serie de televisión, una copa de cava con unas ostras, mis perros y que gane el Real Oviedo. Todos en casa somos del Oviedo y somos felices cuando gana. Mi hijo ha llegado a bañarse el pasado 1 de enero en la playa de Coney Island con la camiseta del equipo, para desearle suerte. Ese acto heroico funcionó bastante bien la temporada pasada, esperemos que para esta sirva también, aunque de momento está más difícil.            

 -¿Y qué le da miedo?

-La intolerancia, la irracionalidad, el fundamentalismo, el fanatismo.

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