Alexia Hartmann, médica aérea: «Una repatriación es como hacer cuatro guardias seguidas de 24 horas»
LA VOZ DE OVIEDO
Esta joven de 27 años y afincada en Oviedo se encarga de velar por el bienestar de un paciente durante su traslado de un país extranjero a su lugar de origen
13 jun 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Desde bien pequeña, cuando alguien de su entorno se caía o recibía un golpe fuerte, Alexia Hartmann, lejos de asustarse o sentir miedo, corría a comprobar que estuviera bien y que no se hubiera hecho nada grave. Apenas tenía uso de razón y ya de manera instintiva le salía cuidar a las personas que estuvieran heridas o enfermas. Esa sensibilidad la heredó de su padre, cirujano de profesión, quien siempre le inculcó la importancia de velar por el bienestar del prójimo. A medida que fue creciendo, esta alemana afincada en Oviedo hizo de su pasión por la medicina en su forma de vida. Pero no ejerce entre paredes blancas y bajo luces clínicas, sino que lo hace suspendida en el cielo. Trabaja, a sus 27 años, como médica aérea, acompañando a los pacientes para que tengan una vuelta a casa lo más segura posible.
Tuvo siempre clara su vocación, pero jamás se imaginó que lo suyo era pasar consulta en el aire. Soñaba con realizar operaciones quirúrgicas para tratar enfermedades, lesiones o deformidades del cuerpo. Sin embargo, cuando entró a la Universidad de Barcelona cambió de parecer. Mientras cursaba el grado en Medicina se dio cuenta que el hospital no era el lugar donde quería pasar la mayor parte de su vida. «Empecé a dudar si debía seguir estudiando o no, pero sabía que el problema no era la medicina, porque es algo que me encanta. En cambio, veía que, para desempeñar como médico, tenía que renunciar a otras pasiones, como los deportes», confiesa esta berlinesa criada en Ibiza.
La decisión que cambió el rumbo de su carrera profesional
Continuó con su formación, mientras reflexionaba sobre su futuro. Cuando cursaba el quinto año de carrera, Alexia tomó una de las decisiones más difíciles de su vida, pero también la que dio verdadero sentido a la misma: no realizar el MIR. «No sabía muy bien qué iba a hacer después de graduarme, pero tenía claro que no quería hacer ninguna especialidad hospitalaria. Aunque la cirugía me encantaba, eso implicaba tener que estar muchísimas horas en el quirófano y eso era lo que no quería. Realmente quería tener más libertad, estar más en contacto con la naturaleza», reconoce. A partir de ese momento, comenzó una carrera de fondo para poder ejercer la medicina sin necesidad de colgarse la bata ni el fonendoscopio.
«Tuve que empezar a encontrar mi propio camino, porque la medicina, en realidad, está hecha para trabajar en un hospital. De hecho, en España, cuando empiezas la carrera, ya tienes marcado el camino que debes seguir hasta ejercer como médico: estudias para sacar una buena nota en la PAU, luego vas curso a curso, al graduarte haces el MIR y después pasas cuatro o cinco años, dependiendo de la especialidad, ejerciendo como médico residente hasta optar a médico adjunto. Por lo tanto, la única duda que te puede surgir es qué especialidad elegir», explica. Un camino que, a su juicio, no es nada fácil de seguir, pero al estar tan estructurado, no deja lugar a dudas sobre el futuro. «Tú solo tienes que esforzarte», resalta.
En su caso, rompió las reglas no escritas al decidir no presentarse al examen MIR. Pero eso no significaba que no quisiera seguir formándose. «En ese momento todavía pensaba que especializarse era el camino que debía tomar», recuerda. Como en Alemania el acceso a la formación médica de posgrado funciona de manera muy distinta, decidió volver al país en el que nació. «Allí puedes acudir directamente a un hospital y solicitar una plaza en el área que te interesa. Durante un tiempo de prueba, tanto el equipo como el candidato se evalúan mutuamente. Si ambas partes están de acuerdo, se inicia el proceso de formación», precisa.
Como la formación está orientada al examen de especialista, es necesario cumplir una serie de requisitos prácticos. «Si deseas ser traumatólogo, por ejemplo, debes haber realizado un número mínimo de intervenciones específicas: siete de rodilla, cinco de columna, tres de hombro, y así sucesivamente», detalla antes de explicar que durante los primeros años, muchas áreas clínicas y quirúrgicas comparten contenidos, lo que permite rotar entre distintos departamentos antes de decidir el rumbo definitivo. «Lo importante no es dónde adquiriste la experiencia, sino que realmente la hayas obtenido», manifiesto
Su objetivo era ir rotando entre las diferentes especialidades hasta dar con aquella que la llenase plenamente. Comenzó por tanto a realizar todos los trámites pertinentes para que le convalidasen el título universitario. Para agilizar el proceso burocrático se mudó a Alemania, donde permaneció hasta que en el verano de 2021 recibió una llamada de su padre, quien le avisó de que en Ibiza buscaban médicos para el servicio de Urgencias. Sin dudarlo ni un instante hizo las maletas y volvió a la isla dispuesta a adquirir la experiencia clínica que necesitaba para avanzar en su formación.
«Imagínate lo segura que estaba de que no quería hacer una especialidad, que llegué a rechazar una oferta de trabajo en Suiza donde me ofrecían 10.000 euros al mes y un Tesla incluido»
Con el respaldo de sus compañeros, Alexia asumió responsabilidades asistenciales desde las primeras semanas. Todavía no había tenido tiempo de acomodarse en el puesto y ya estaba enfrentándose a fracturas que requerían reducción. A los tres meses realizó su primera intubación en solitario y, poco después, dirigió paradas cardiorrespiratorias. «Llegué a colocar tubos torácicos», dice orgullosa de su hazaña. Poco a poco fue perfeccionando la técnica hasta que la dominó por completo. Aunque le gustaba lo que hacía, volvió a reafirmarse en la idea de que el hospital no era su lugar. Aun así ya empezaba a tener claro en qué especializarse.
Como en ese momento no estaba reconocida la especialidad médica en Urgencias y Emergencia, empezó a investigar otras posibles salidas. «Seguía sin querer hacer el MIR, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar a la medicina, a la que ya había dedicado muchísimo tiempo y en la que tenía un conocimiento muy amplio», cuenta. «Imagínate lo segura que estaba de que no quería hacer una especialidad, que llegué a rechazar una oferta de trabajo en Suiza donde me ofrecían 10.000 euros al mes y un Tesla incluido», apunta. Tras meses replanteándose su futuro, «por casualidad», descubrió la medicina de expediciones, un campo que desde el primer momento capturó toda su atención.
Esta disciplina, al centrarse en la prevención y el tratamiento de enfermedades o afecciones que pueden surgir durante actividades al aire libre en lugares alejados de la atención médica convencional, despertó profundamente su interés. Quiso, por tanto, especializarse en esta rama del saber. Por aquel entonces no existía en España ningún tipo de máster sobre este tipo de medicina, así que no le quedó más remedio que, enero del 2022, hacer las maletas y buscar formación en el extranjero.
«Me cogí una especie de media jornada para seguir ganando experiencia profesional. Trabajaba la mitad del mes en el hospital y en la otra me iba a Austria, Alemania o Suecia —dependiendo de donde se impartiese la formación— para hacer cursos que me permitiesen especializarme en la medicina de rescate de montaña y expedición», cuenta. En estos programas de capacitación, sintió por primera vez esa sensación de querer dedicar todo el tiempo a algo. «Cuando estaba en la montaña, a menos 30 grados, entrenando cómo inmovilizar a una persona para descender con ella, me sentí tan increíblemente bien que dije: “¡Esto es lo mío!», recuerda.
Al cabo de los meses, en el hospital de Ibiza le ofrecieron trabajar en la UVI móvil, la ambulancia de soporte vital avanzado. «Y eso me gustó todavía más, porque es medicina prehospitalaria», dice. Mientras continuaba formándose, el destino quiso que, casi por casualidad, pudiera empezar a ejercer en aquello que realmente deseaba. Cuando realizó la prueba de apnea en uno de los cursos, el instructor, un piloto de rescata marítimo, se sorprendió por el tiempo que lograba mantenerse bajo el agua y le preguntó cómo lo había conseguido. «Le expliqué que practicaba buceo sin botella y en esa conversación le confesé que mi deseo era ser médico de expediciones», cuenta.
Comienza a trabajar como médica aérea
«Me contó que trabaja para una empresa que se dedicaba a repatriar pacientes, así que me puso en contacto con la directiva. Hice la entrevista y me cogieron. Creo que lo que más les llamó la atención de mi currículo fue el tema de los idiomas. Al final estamos en contacto con muchísimo paciente extranjero y tener un médico políglota genera mucha flexibilidad. Hay veces que los seguros, o incluso el propio paciente, exige que el médico hable un idioma en concreto», precisa.
Desde mediados del 2023, esta joven se dedica a velar por el bienestar de un paciente durante su traslado de un país extranjero a su lugar de origen, asegurándose de que reciban atención médica adecuada durante todo el trayecto. Al principio compaginaba las repatriaciones con su trabajo en Urgencias y en la UVI móvil. «Sacaba también tiempo para seguir formándome en el tipo de enfermos que se atiende en la Unidad de Vigilancia Intensiva, porque es una especialidad que me gusta», dice antes de resaltar el número total de titulaciones específicas que tiene en este ámbito: «25, la última la terminé el año pasado», detalla.
Ahora, sin embargo, se dedica única y exclusivamente a las repatriaciones. Hace unos meses se mudó a Oviedo y dejó, por tanto, su puesto de trabajo en el hospital de Ibiza. «Aprovechando que un conocido se venía a vivir aquí, me mudé con él, porque descubrí que el SEPA cuenta con un dispositivo de helicóptero en el que normalmente va un médico rescatista, que es precisamente en lo que me he formado. Me pareció muy atractivo, ya que no todas las comunidades autónomas cuentan con un servicio así. Lo que ocurre es que actualmente tienen el cupo completo», cuenta.
Por suerte, su trabajo como repatriadora «solo depende de tener un aeropuerto cerca», así que no le importó renunciar a su puesto como médica de urgencias en hospital y UVI. «He entregado toda mi disponibilidad a la empresa en la que me empleo, aunque siempre me preguntan qué días voy a tener libre del mes siguiente para poder hacer misiones. Luego me llaman cuando lo necesitan; puede ser de un día para otro, aunque, por lo general, me avisan con una semana de antelación», detalla. En el momento en el que confirmó su asistencia, la compañía comenzó a organizar toda la misión.
¿Cómo se hace una repatriación?
Cuando están todos los medios coordinados, Alexia recibe los datos del paciente que tendrá que repatriar para estudiar su situación. Se lee todos los informes y analiza qué va a necesitar, tanto a nivel farmacológico como a nivel asistencial. «Tengo que llevar siempre preparado todo el material sanitario», dice la joven, quien antes de comenzar la misión vuela en un avión comercial hasta Barcelona, donde está la base de su empresa. Desde ahí parte con el resto del equipo médico en un jet privado que por dentro va preparado como si fuese una UVI móvil.
Una vez en el lugar de destino, lo primero que hace es visitar al enfermo para comprobar que realmente se pueda repatriar. «Los pacientes cambian de estado muy rápido. He ido a buscar gente que me han dicho que estaban bien para volar y cuando he llegado estaban haciendo sus últimas respiraciones de vida», cuenta. Si decide negarse a trasladar a un paciente, debe contar con un argumento lo suficientemente sólido para justificarlo, porque «las empresas priorizan el traslado, ya que estamos hablando de mucho dinero». «En ese sentido, sientes mucha presión. Hay veces que incluso llegas a dudar de si el paciente está realmente tan mal o no. Pero lo mejor, si no estás completamente seguro, es decir que no, porque si pasa algo, la responsabilidad es tuya», aconseja.
Pone como ejemplo el caso de un paciente con covid en estado terminal, cuyo tratamiento ya solo buscaba evitarle el sufrimiento. El vuelo duraba doce horas y era muy probable que no sobreviviera. Aunque la familia había firmado la orden de no reanimación, querían llevarlo de vuelta a Inglaterra para que muriera en su país, rodeado de los suyos. «Lo entendía, pero yo quería que tuviera una muerte lo más digna posible, y subirlo al avión implicaba que sufriera», recuerda. Fue una decisión muy discutida. «No quería trasladarlo, pero la empresa insistió porque se trataba de una repatriación por compasión». Finalmente accedió, asegurándose de estar cubierta legalmente. El paciente llegó con vida, y ver a toda su familia esperándole para despedirse fue, dice, profundamente gratificante.
Para poder hacer la repatriación es requisito indispensable que el individuo tenga una estabilidad hemodinámica, de «cómo su cuerpo responde a lo que le está ocurriendo». «Hay ciertos signos que nos lo dicen, como la frecuencia respiratoria y la cardíaca, la tensión y la saturación de oxígeno», detalla. Si sabe que esa situación no va a empeorar durante el vuelo, Alexia firma un consentimiento, que también debe rubricar el hospital. En cambio, si considera que la vida del paciente corre peligro desestima el consentimiento. «Tú tienes que actuar siempre con las tres reglas de la ética de la medicina: autonomía (respetar siempre la decisión del paciente aunque tú creas que no es lo correcto), beneficencia ( siempre tienes que actuar en beneficio del paciente) y no maleficencia (todo lo que tú hagas, tiene que causar el mínimo de daños posibles)», dice. Se debe también tener el consentimiento, ya bien sea del paciente o de un familiar que lo represente.
Una vez que se cuenta con toda la documentación, se activa la misión. Al día siguiente, «bien temprano por la mañana», Alexia y su equipo recogen al paciente en el hospital. «Lo colocamos en la ambulancia más o menos como lo vamos a acomodar en el avión», explica. Una vez que todo está preparado, comienza el vuelo, que suele durar varias horas e implica hacer varias escalas. «Como los jets tienen poca capacidad de combustible, no pueden hacer trayectos muy largos. Lo máximo que hemos estado volando han sido seis horas», precisa.
La mayoría de sus pacientes son ciudadanos canadienses o estadounidenses, aunque también ha coordinado traslados a Europa,que se encuentran a miles de kilómetros de sus hogares. Lo más habitual son turistas que, durante sus vacaciones, sufren algún tipo de incidente: caídas con fracturas o accidentes de tráfico. También hay quienes desarrollan infecciones graves, como neumonía o meningitis. Ha asistido, además, a personas que han sufrido infartos o ictus. Situaciones inesperadas que cambian por completo el curso de un viaje, requiriendo una evaluación clínica precisa y una coordinación logística compleja para garantizar un traslado seguro hasta su país de origen.
Por lo general, en un avión ambulancia viajan dos pilotos, un médico y un enfermero, aunque la composición del equipo puede variar según el perfil del paciente. A veces se suma un terapeuta respiratorio o un familiar. «Cuando se trata de niños, intentamos que viaje la madre o el padre, pero no siempre es posible. Mucha gente cree que es obligatorio, pero eso lo decide el equipo médico», aclara. En los vuelos en jet, por ejemplo, casi nunca se permite la presencia de familiares debido al espacio reducido. «Aun así, si el traslado es tranquilo, dejamos que acompañen al paciente. Es mucho menos traumático para todos tener a la familia cerca»
De todas las repatriaciones que ha realizado, el caso que más la impactó fue el de un hombre en Chipre, debido a las condiciones en las que se encontraba el hospital donde estaba ingresado. «Había goteras, humedades… encontré hasta una cabra en el pasillo de Urgencias y hasta vi a varios ratones comiendo juntos en una esquina. Los pacientes estaban en un estado deplorable, algunos gritaban de dolor porque no les daban ningún tipo de medicación», recuerda antes de reconocer que es conscientes de que hay lugares que no tienen los recursos pero «nunca había visto algo tan inhumano».
Lo más complicado de su profesión
Ejercer medicina aérea es algo que le fascina, sin embargo, detesta las trabas burocráticas a las que debe hacer frente para poder trasladar a una persona que enfermó o se accidentó estando en el extranjero a su país de origen. «Todo es complicado. Cuando, por ejemplo, voy al aeropuerto siempre tengo que explicar porqué llevo tanto material sanitario y además a varias personas porque como es una profesión tan poco reconocida que nadie lo sabe. Luego llegas al hospital y muchas veces no tienen la documentación preparada… Está también la barrera idiomática. Por suerte hablo español, inglés, alemán, catalán, italiano y estoy aprendiendo francés. Pero claro, si la persona habla en chino y no sabe inglés, ahí ya empieza el problema», dice.
Pero, sin duda alguna, el mayor inconveniente que ve a su profesión es el desgaste físico. Cuando está en una misión «casi nunca» consigue descansar. Suele viajar siempre a países con una franja horaria diferente a la que está acostumbrada y a su vez pasa por diferentes franjas horarias hasta llegar a su destino. Con lo cual no solo tiene jet lag, sino que a lo mejor cuando aterriza no puede ni dormir. Y, por supuesto, durante la repatriación debe permanecer la mayor parte del tiempo despierta porque tiene que velar por la salud de su paciente. «Eso es una cosa que no terminamos de entender en el equipo sanitario: los pilotos están obligados a mitad del trayecto a hacer un cambio, pero a nosotros nadie nos cambia», lamenta, antes de asegurar que intenta hacer guardias con el enfermero de turno, pero nunca consigue tener un sueño reparador.
Es tal el agotamiento que tiene una vez finalizada la misión que debe tomarse unos días de descanso antes de embarcarse en la siguiente. «Si quiero, sobre todo en verano, puedo hacer una repatriación tras otra, pero me resulta imposible, porque acabo tan agotada… En verdad, es como si hubiese hecho cuatro guardias seguidas de 24 horas cada una en un hospital», confiesa la joven, cuyo viaje más largo duró 22 horas, cuando trasladó a un paciente desde Filipinas hasta Estados Unidos, sobrevolando el océano Pacífico.
Por esta razón, en su tiempo libre aprovecha para despejar la mente, aunque siempre mantiene el móvil operativo por si surge la necesidad de volar y trasladar a un paciente de regreso a su país de origen. Crea además contenido para redes sociales en el que comparte su experiencia y visibiliza una profesión tan desconocida como valiosa: la medicina aérea. Mientras, sueña con poder hacer un documental en el que mostrar los entresijos de este campo profesional. «Ese es mi objetivo más ambicioso», dice Alexia, que desea también fundar su propia compañía para poder coordinar personalmente las repatriaciones médicas.
«Sé que todavía no he alcanzado mi objetivo de vida, pero estoy convencida de que este es el lugar en el que tengo que estar. He trabajado mucho para llegar hasta aquí, y al final fui yo quien tuvo que marcar su propio camino», expresa la joven médica, que hoy inspira a muchos por su vocación, determinación y entrega.