Ascensor para el cadalso


No vamos a permitir que nos ciegue ese minuto de oro final. Esos sesenta segundos en los que Aspas pidió la vez, el VAR volvió a españolear y Portugal obtuvo el justo castigo al fútbol más rácano de su historia. No hay asomo de euforia por haber finalizado primeros en un grupo en el que quienes de verdad han merecido pasar por meritocracia son Irán y Marruecos. Fernando Santos ha calcificado a los lusos, que fiaron todo a la flor de loto de Ronaldo hasta que esta se volvió yuyo. España es una momia que comenzó manteniendo un pulso estimable ante Portugal, para ir cayendo en la necrosis creativa. Tambaleándose, agitada hasta la taquicardia por persas y por marroquíes, que ayer terminaron de desnudar a nuestra defensa, que no es tal. Tenemos una portería guardada por Don Gil de las calzas verdes y convertida en aquel Tánger puerto abierto internacional, donde se acogen los goles de cualquier nación que se quiera asomar a nuestro prontuario. Nuestra área es el puente de los espías de la Austria neutral. Los balones cruzan la línea alegremente como los agentes secretos en la Viena de Graham Greene. Hemos pasado el telón de la vergüenza de la fase de grupos, pero no nos confundimos. Esto es el ascensor para el cadalso.

Viendo el tramo final lamentable frente a Marruecos sentíamos cómo España iba en regresión hacia un tiempo que creíamos exorcizado. En una emulación del Año de Naranjito, de vapuleo en vapuleo ante escuadras menores. Como entonces, el equipo llega grogui al cruce. Es cierto que Rusia por fin abandonó Matrix. En cuanto salió de esa Vía Apia que la FIFA le construyó con árabes y egipcios, se desintegró ante la primera bocanada de realidad, que fue de entraña uruguaya. En unos octavos que saben -en el peor de los sentidos- al siglo pasado, la España anaranjitada se las verá con una gris Rusia autárquica. Ellos tienen a Putin y el veneno que damos por descontado se servirá en los desayunos de Krasnodar. Nosotros casi que nos encomendamos al gol de Marcelino.

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