Cuando la naturaleza se convierte en aula: así es el bosque-escuela de La Fresneda, en Siero

Esther Rodríguez
Esther Rodríguez REDACCIÓN

SIERO

bosque escuela niños naturaleza.Un grupo de niños interactuando con el entorno
Un grupo de niños interactuando con el entorno

«Las matemáticas, la geometría, el lenguaje, la psicomotricidad y, en general, todas las áreas de aprendizaje están presentes en nuestro entorno», asegura la responsable de este proyecto educativo único en Asturias

27 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Con el propósito de criar a su hijo de la mejor manera posible, incluso antes de quedarse embarazada, Betty Orellana comenzó a informarse sobre maternidad, cuidado y educación infantil. Una vez que se convirtió en madre, la madrileña eligió la crianza respetuosa, convencida de que era la forma más adecuada de favorecer el desarrollo de su retoño. Para potenciar su capacidad de aprendizaje se convirtió además en guía Montessori. Con el tiempo, descubrió la pedagogía forestal. Al comprobar que los niños podían adquirir habilidades sin necesidad de estar en una clase, cuando en 2016 se mudó a Asturias, decidió poner en marcha un bosque-escuela. Desde entonces, fomenta la autonomía de los más pequeños aprovechando los abundantes y valiosos recursos naturales de la región.

Concretamente fue en la ciudad de Berlín donde conoció el modelo de educación al aire libre. «Allí vi por primera vez cómo llevaban a los niños en bicicleta a los parques y a través del juego espontáneo aprendían cosas que dentro de un aula nunca lo harían, no a esas edades», cuenta. Como este tipo de pedagogía permite un aprendizaje integral, se inclinó por ponerla en práctica una vez que se asentó de manera definitiva en España, después de vivir en varios países del extranjero. Tanto en Madrid como en Valencia aplicó esta metodología en los centros donde se empleó. Al comprobar de primera mano los beneficios, en el momento que se asentó en Asturias puso en marcha un proyecto educativo basado en esta forma de enseñanza.

En un primer momento, se sirvió del enorme jardín que tenía la casa de Pruvia, en Llanera, en la que vivía para que los menores en edad preescolar pudiesen explorar la naturaleza y, de paso, adquirir habilidades sociales, cognitivas y motrices que les serían útiles en su desarrollo. Actualmente, continúa esta labor en la academia de estimulación temprana que ha establecido en su vivienda con parcela en La Fresneda, Siero, ofreciendo un espacio adaptado donde los más pequeños pueden asimilar los conocimientos y fomentar sus capacidades de una manera lúdica. «Hasta los seis años, los niños todo lo aprenden a través de las experiencias. Por mucho que les expliques que el agua moja o el barro mancha, hasta que no pisen un charco no lo entienden», explica.

Un niño pisando un charco.Un niño aprende a través de las experiencias reales
Un niño aprende a través de las experiencias reales

Como «la mejor manera» de aprender es «viviéndolo», Betty ofrece a los niños experiencias que les permiten entender el porqué de las cosas. «Aquí da igual que haga frío, llueva o nieve, porque los niños van a salir siempre a la naturaleza para explorarla y experimentar con ella», confiesa, antes de señalar que estas vivencias, a su vez, permiten que los más pequeños «desarrollen seguridad en sí mismos, aprendan a saber lo que les gusta y lo que no, lo que quieren y lo que no, y sean capaces también de expresarlo». «Su psicomotricidad, tanto gruesa como fina, también se desarrolla y, además, mucho mejor que la de un niño que permanece sentado en una clase», apunta.

Los niños de entre dos y seis años que están matriculados en este bosque-escuela de Siero también reciben todas las enseñanzas propias de un aula tradicional. «Aprenden a coger bien el lápiz, a escribir sus nombres y otras letras, pero de una manera mucho más respetuosa hacia ellos. Aunque el aprendizaje es mucho más lento, ocurre de manera natural y casi sin que se den cuenta», resalta. Además, subraya que, al llegar el momento de incorporarse al colegio, estos menores muestran una mayor madurez- «Son pequeños con los que se puede dialogar porque entienden lo que ocurre a su alrededor», confiesa.

Así es el día a día

Las actividades en esta academia educativa, donde la pedagogía forestal predomina, se ponen en marcha a las nueve de la mañana. «Comenzamos el día con un taller montessori de dos horas para fomentar el desarrollo individual. Cada niño toma aquellos objetos o juguetes que le resultan atractivos y experimenta con ellos. Como son materiales autocorregibles, ellos mismos pueden comprobar si cometen algún error», cuenta Betty, quien, mientras tanto, se encarga de vigilar que todos los niños participen de manera segura, respetando su ritmo y sin que ninguno se quede rezagado. Si hace falta se adapta a las necesidades de que cada uno, puesto que los ratios son bajos.

Tras disfrutar de un rato de juegos en la amplia y luminosa sala de este centro educativo único en Asturias, los pequeños salen al jardín o se adentran en el bosque para descubrir y explorar la naturaleza de forma «completamente libre». «Solemos coger flores. Primero las olemos, después las contamos, observamos cuál es la más grande y cuál la más pequeña, y analizamos sus colores. Miramos si los árboles tienen hojas o no y explicamos el porqué; tratamos de identificar el sonido de los pájaros; recogemos también algún palo para hablar sobre tamaños y pesos, y para entender por qué algunos objetos flotan en el agua y otros no. Si vemos carteles, observamos las letras y explicamos cuál es su función, si nos advierte de algún peligro o por qué está...», detalla.

«Las matemáticas, la geometría, el lenguaje, la psicomotricidad y, en general, todas las áreas de aprendizaje están presentes en nuestro entorno. Solo hace falta salir, con una programación meticulosa por nuestra parte, para permitir que los pequeños observen y se involucren activamente con la naturaleza», apunta. Para ello, las salidas al jardín o al bosque se realizan en grupos de diez niños, siempre acompañados por dos profesoras que velan por su seguridad y fomentan su participación en cada actividad.

Así es como los más pequeños adquieren, de una manera divertida, «todos esos conocimientos que damos por supuestos como adultos», pero que ellos aún desconocen y están descubriendo poco a poco a través de la experiencia. «No solo aprenden, sino que también fortalecen su autoestima. Saben que, si caen, deben levantarse. Si sienten dolor, lo observamos juntos y les enseñamos que no pasa nada, que se puede seguir adelante», dice, antes de recalcar que es en los primeros años de la vida cuando se crean las bases y los cimientos de la personalidad.

En pocas palabras, el proyecto educativo de esta madrileña afincada en Asturias no se asemeja a una guardería convencional ni a un colegio tradicional. Se trata de un espacio que combina la filosofía y pedagogía montessori con el currículo de bosque-escuela, pensado para familias que valoran una educación que respete el ritmo individual de cada niño, que acompañe de manera consciente y sensible, y que favorezca un aprendizaje activo, vivencial y en contacto con la naturaleza. Al mismo tiempo, fomenta una comunicación abierta y respetuosa entre la familia y la guía, creando un entorno de confianza y colaboración en todo el proceso educativo.