«El turismo rural hay que resetearlo porque se nos fue de las manos»

El presidente de la Federación Asturiana de Turismo Rural (Fastur) repasa los retos del sector y aboga por recuperar la fortaleza del asociacionismo

Adriano Berdasco, empresario y presidente de la Federación de Turismo Rural (Fastur)
Adriano Berdasco, empresario y presidente de la Federación de Turismo Rural (Fastur)

Redacción

Se ha reinventado mil veces y no descarta hacerlo una vez más. Ha sido peluquero, modelo, camarero, maitre y pionero del turismo rural en Asturias. Habla español y francés y en alguna época en las islas se defendió en alemán. Se siente tan cómodo con las madreñas en Somiedo como con unas zapatillas deportivas en Oviedo, los dos ejes entre los que ahora pivota su vida. Se autodefine como un cabezón y una mosca cojonera. Esas dos cualidades le han ayudado a levantar un negocio donde nadie veía una oportunidad y a mantenerlo con éxito durante casi tres décadas. Por eso sabe que el turismo rural no puede perder su esencia, esa que se construye sobre el trato personal y la autenticidad. Este verano le nombrarán Vaqueiro de Honor junto al cineasta Sergio G. Sánchez. El director podrá escuchar en directo qué es una vida de película. Aquí algunas pinceladas.

-Desde su dilatada trayectoria dentro del turismo rural, ¿cómo ve al sector ahora en Asturias? ¿Avanza por el camino correcto?

-El turismo rural es una especie de nada. Digo que es una especie de nada porque parece que todo vale para el sector y eso no puede seguir así. Hay que ponerlo en su sitio. Hay que resetearlo. Porque creo que se nos fue un poco de las manos. Entró la especulación y eso no es bueno. Siempre mantuve que los empresarios del turismo rural tendrían que vivir in situ. No se puede vivir en Oviedo y tener un alojamiento en un pueblo al que vas de vez en cuando. El turismo rural da otra vida al pueblo y para los empresarios es importante estar integrado en el entorno. Tienes que ser una parte importante de los proyectos de regeneración de los pueblos.

-¿Es eso lo que parece que ahora persigue el ecoturismo?

-Sí, el ecoturismo va en esa línea y es interesante.

-¿Es decir, que el ecoturismo mantiene la esencia de lo que fue el turismo rural en sus inicios, hace 30 años?

-El ecoturismo incluye también una parte relacionada con la naturaleza y con las costumbres, explicarlas al viajero. Eso era lo que pensábamos también que era bueno en un principio. En Somiedo, por ejemplo, se están dando charlas sobre el oso y su hábitat, para que se entienda mejor todo. No obstante, el tema de estas especies animales es mejor tocarlo con cautela porque es algo que se tendría que regular bien.

-¿El turismo de observación?

-En primer lugar, hay que regular el turismo de observación. Pero, además, no podemos basar todo nuestro turismo en el oso. Es un elemento más. Importante, pero un elemento más.

-Siempre ha apuntado que uno de los problemas turismo rural era la falta de empresarios profesionales. ¿En qué situación está actualmente? ¿Sigue habiendo pocos profesionales y muchos amateurs?

-Los que realmente hicimos turismo rural de verdad sobrevivimos. Los que empezaron porque pensaron que era la gallina de los huevos de oro, sin saber dónde se metían, la mayoría están cerrados. Y esa es una pena añadida, porque un alojamiento da ilusión y vida a un pueblo. Así que los cierres son muy tristes.

-¿Pero siguen abriendo más alojamientos de los que cierran?

No sé las estadísticas oficiales ahora mismo pero es verdad que se siguen abriendo alojamientos. Hay cosas que no me gustan demasiado. Por rural entiendo rural pero hay demasiada mezcla. La gente puede pensar que soy un exagerado pero no es verdad. Yo siempre cuento que había gente que me decía que cómo me atrevía a estar en madreñas en el bar de mi alojamiento. Pero para mí era lo normal. Las madreñas son los Manolos del pueblo, les contestaba. Eso, a los clientes, les gustaba. Llegué a estar 12 años en una guía muy selecta que se hacía en Londres. Me tildaban de personaje muy singular y la gente venía con esa idea. Cada uno tiene que especializarse en lo suyo. Eso es lo que a la gente le queda en la cabeza. Una cama y un desayuno se pueden tener en cualquier sitio pero la misma experiencia no. El tema de los apartamentos rurales no me parece que se resolvió bien. Creo que es necesario que siempre haya una persona a cargo del alojamiento.

-¿Plataformas de alquiler turístico como Airb&b también perjudican al turismo rural?

-Este fenómeno se nos ha ido de las manos. Claro que nos puede hacer daño también a los alojamientos rurales. En las ciudades, ya asusta. En la zona rural hay menos pero se puede extender. No soy partidario de este tipo de plataformas. No se sabe quién es, quién está detrás. El turismo rural es trabajar con la gente. Estamos liquidándolo todo. Compramos con la pantalla de móvil y no hay nadie. No me gusta nada. Pero me echo la culpa a mí mismo por los años. Igual tengo que resetearme yo también.

-¿Se necesita entonces repensar el turismo rural en el Principado?

-El Principado tiene que mover ficha. Estoy contento con algunas cosas que se están haciendo. Por ejemplo, tenemos una promoción en el exterior muy guapa. Me lo dijo hasta el secretario de Estado. Pero tenemos que ser mucho más concretos con la ley. No puede ser que sea lo mismo un hotel en Oviedo que una casa en un pueblo. Hay una diferencia sustancial. Eso habría que remarcarlo bien. También habría que poner algunas condiciones. Me gustaba la legislación que había cuando yo abrí. Me obligó a domiciliarme en el pueblo y a hacer una comunidad de bienes con mi hermano, que era ganadero, porque sin ella no podía abrir. No hablo de algo tan estricto pero esa es una base que se puede recuperar. Porque esto implica más cosas para el entorno rural. Entonces me cabreé. Pero luego lo piensas y entiendes lo que perseguía. Era una unión entre el que llegaba y el que estaba. Yo tenía, entonces, el domicilio en Canarias.

-Entonces, el turismo rural tiene que volver a su esencia, pero con la tecnología, ¿no?

-Por supuesto, una cosa no está reñida con la otra. En la zona rural todavía hay zonas que no están bien conectadas y eso hay que remarcarlo. Se hizo mucho pero quedan cosas por hacer. Conectados tenemos que estar. Estamos en medio de la sociedad conectada. Otra cosa es que alguien quiera vender precisamente eso: estar aislado. Que el coche llegue hasta cierto punto y luego seguir caminando o en burro. Recuerdo un congreso nacional en el que nos hablaron de un alojamiento, de unas chozas, con mucho éxito que no tenían ni luz. Hay gente que quiere experiencias singulares. Se pueden hacer muchas cosas. Pero es verdad que la mayoría quieren seguir conectados. Cuando llegan al alojamiento miran si hay cobertura y te preguntan: ¿pero no hay cobertura? Antes era muy diferente. Yo abrí hasta sin teléfono.

-¿Y cómo reservaban entonces?

-Era curiosísimo. En el pueblo había dos alojamientos, el mío y otro, y un bar con teléfono. Era el año 1994. A la señora del bar le llevábamos cada uno una libreta con el nombre de su alojamiento. Cuando el cliente llamaba al bar, la señora tomaba nota del nombre y del teléfono de contacto. A las 8 de la tarde, íbamos nosotros para llamar al cliente y cerrar la reserva. Nos pasábamos clientes. Incluso cuando había excursiones, él tenía capacidad para 20 ó 22 y yo para 30 y nos partíamos el grupo. El que cogía la reserva era el que hacía el trato y avisaba al otro, del grupo, el menú y el precio. Esto se tenía que hacer más.

Adriano Berdasco, empresario y presidente de la Federación de Turismo Rural (Fastur)
Adriano Berdasco, empresario y presidente de la Federación de Turismo Rural (Fastur)

-¿Cree que ese es un buen ejemplo de los buenos resultados que da la cooperación y el asociacionismo en el turismo rural?

-Sí, claro. Era algo muy guapo.

-Pero pasó del teléfono del bar a estar presente en Booking. Si no fue el primero fue de los primeros alojamientos rurales asturianos presentes en esa web. ¿Adaptarse o morir?

-Booking en aquel momento me pareció algo serio. Las condiciones que me dieron fueron buenas. Me lo tomé como una agencia de viaje. Nunca tuve problemas. Daba siete días de cancelación con el coste de la tramitación. A partir de entonces, hubo muchas copias que desconozco. Cada uno tiene que saber qué le funciona. Hay que adaptarse a las nuevas tecnologías y estar dentro. Ya no sirve solo con anunciar un teléfono. Pero tampoco vale todo. Porque hay muchos clientes que hacen cosas raras. Se saltan la cadena y te llaman. Yo siempre les decía que esa oferta estaba en la plataforma. Es algo lógico. No te puedes sabotear a ti mismo.

-¿Cómo es la rentabilidad del sector? Durante la crisis se tiraron los precios y los márgenes apenas daban para sobrevivir.

-Fue un error. Eso de bajar los precios fue terrible. Hay que hacer otras cosas. Lo que siempre dije es que es mucho mejor ofrecer un tercer día gratis. La calefacción, que es lo que más cuesta, ya la usaste, así que el tercer día no es mucho gasto más. Ofrece el desayuno. La gente lo agradece más que una bajada de precios. Es mejor dar otras opciones. Porque cuando bajas el precio hay clientes que recelan. Algunos me decían que a tal o cual sitio no le debía ir bien porque había bajado el precio. Es un arma de doble filo. Todo esto lo aprendí en Canarias, de un jefe que tenía durante la crisis del 90-92, que era un chantaje de los touroperadores al turismo de playa, en las islas. Amenazaron con irse a los países árabes si no aceptaban sus márgenes. Nuestro director general, un abogado y economista, sabía de lo que hablaba. Nunca hay que bajar los precios, nos decía. Hay que dar un día más o el desayuno. El desayuno, por ejemplo, la gente lo valora muchísimo, creo que lo que más. En Canarias lo aplicamos y fuimos los únicos complejos de la zona que no tuvieron que cerrar. Él se fue a la península a vender el producto directamente y ganó clientes nacionales. Otros que casi lo regalaban cerraron. Hay unos gastos y un nivel de ingresos mínimo necesario. Ahí tenemos que llegar. Ahora no tengo claro si la rentabilidad ha mejorado mucho. Siempre tuve en mente el turismo rural como un autoempleo, independientemente de que si el negocio va bien y crece se tenga que contratar a una o dos personas. Cuando se considera solo dinero no se trabaja igual. Hay que ganarse bien la vida.

-¿Es un buen momento de abrir? ¿El autoempleo en turismo rural sigue siendo una opción?

-Siempre animo a la gente a que haga cosas pero deben tener en mente que hay que tener mucha paciencia. No estamos demasiado centrados. Las subvenciones, por ejemplo, pueden ser engañosas. Hay gente que no planifica bien, coge una subvención y hace algo que luego no puede mantener. A mí nunca nadie me dieron un duro. Solo una del Camín de la Mesa para renovar. Abrí pensando que ganando para mí tenía bastante. No me acordaba de que tenía que pagar impuestos. Pero yo me moví mucho.    

-¿Qué le parece la constante polémica con las conexiones desde el aeropuerto? ¿Cree que es el principal obstáculo para el crecimiento del turismo asturiano o que hay otros asuntos que resolver antes?

-Me parece casi más importante la Autopista del Mar. Cuando funcionó tenía clientes europeos que llegaban en coche. El trayecto es un atractivo añadido. Venían ingleses, franceses. Los vuelos creo que son más problemáticos. En todo caso, es peor para los asturianos que tenemos que pagar precios muy caros para poder viajar. Nos cuesta un ojo de la cara. Necesitamos vuelos, sí. Pero todo con mesura. Aquí no deben entrar los touroperadores. Asturias tiene que competir en calidad no en cantidad. La gente que come en tu bar tiene que estar tranquilo, con sobremesa. Eso vale más que doblar mesas y echarles rápido para que entre otro. Será que regresé muy quemado de Canarias, del bufet y todo eso. Pero sigo pensando esto.

-En esa política encajan las marcas de calidad que promueve el Principado, como Casonas, Aldeas, Mesas,… Ahora está lanzando Sidrerías de Asturias. ¿Cree que es una carencia que urgía corregir?

-La sidra tendría que ser ya como algo propio. No es novedad. Los asturianos estamos un poco acomplejados de lo nuestro. La sidra debería estar de siempre. Por qué nos acobardamos con lo que tenemos. Es como la fabada o el asturiano. Me encanta. Yo hablo asturiano. Puede ser un reclamo porque la gente tiene curiosidad. Pero había que explicarlo bien, para que la gente nos entienda. Los idiomas son siempre útiles. Me encantaría hablar 40 idiomas. Yo hablo español y francés también. Llegué a hablar un poco de alemán en Canarias. El asturiano podemos meterlo en la carta, que la gente nos pregunte qué es. Es una forma de venderlo todo, de despertar la curiosidad de la gente. Tenemos muchos complejos que resolver. Es algo pasa en España en general. Yo soy un fanático de Asturias, quizá porque viví tantos años fuera. Y muchos de los que vienen se contagian. Tuve durante seis años solo catalanes en casa gracias a una crítica en La Vanguardia, en un magazine de domingo. Aquello fue como si regalaran el alojamiento.

-¿Cómo llegó a La Vanguardia?

-Tenía claro que lo importante era que me vieran. Me interesaba estar ahí aparecer en todas las guías. Entré en Halcón Viajes, en la intranet de Caja Madrid, gracias a un cliente, y también mediante otro en el Banco de España. Me sentaba con los clientes a la mesa y hablábamos y así conocí a mucha gente que me ayudó. En el caso de La Vanguardia me fui a Barcelona, con un amigo y me iba con los folletos en la mano a todos los sitios. Eran unos folletos muy originales que llamaban la atención, porque era una foto sacada de noche, del alojamiento con todas las luces encendidas y la galería brillaba. Mientras todos los demás folletos eran de día y con paisajes verdes, los míos eran negros. No había ni paxarinos ni nada.Entraba a tiendas de Las Ramblas y así iba dejando folletos. Nuestro hotel estaba al lado del edificio de La Vanguardia. Cogí un sobre que tenía con el logotipo de mi casa, metí un folleto dentro, una tarjeta y lo metí en un buzón del periódico, a la atención del compañero que corresponda. Unos meses después me llamaron y me dijeron que iba a venir una periodista y un fotógrafo. Venían para una noche y se quedaron todo el fin de semana. Hubo un flechazo. Les programé rutas a la Pornacal, a caballo, probaron fabada,… Era febrero. Me dijo que no podía escribir lo que yo no tenía pero sí describir lo que había vivido. También podía publicarlo en la fecha en la que se buscan las vacaciones. Efectivamente, salió un 28 de mayo. El teléfono echaba fuego. Llené hasta el 1 de noviembre en 24 horas. Venían en busca de tranquilidad. He tenido unos clientes increíbles.

-¿Cómo es el cliente actual? ¿Ha cambiado?

-Es diferente. Ese tipo de clientela que teníamos en la época sigue buscando sitios discretos no masificados. Cuando la gente descubrió Somiedo estaban encantados, porque consideraban que Picos era la Gran Vía de Madrid. Eso no lo quieren.  

-Si hoy tuviera que empezar de nuevo y abrir un alojamiento, ¿dónde lo haría?

-Lo haría en un pueblo donde no hubiera nadie, en un pueblo como el mío donde ya empecé una vez. Es cierto, que yo entonces tenía la posibilidad de volver a trabajar donde estaba, en Canarias. Así que era un riesgo limitado. Yo estoy enamorado de mi pueblo. Pero todavía hay pueblos por descubrir. Hay una parte de Belmonte, en la parte lindante con Somiedo, que es muy interesante y está semi abandonado. En Fuentes del Narcea también hay mucho que hacer. Yo para el oriente no iría porque está saturado.

-¿Y qué tipo de negocio?

-Haría lo mismo que hice. Algo rural muy de tú a tú. No como algunos que se quieren vender como rurales y no lo son. Un alojamiento con bar, una recepción pequeña. Cuando Sanidad nos obligó a llevar la chaquetilla de cocina, con eso salía a atender rápido la recepción. Reconozco que soy muy particular. Pero si abriese algo nuevo sería algo pequeño. Y con desayunos. Lo valoran mucho.

-¿Cuántos años lleva como presidente de Fastur?

-Uf. No tengo idea. Estuve en varias etapas y tendría que sumar fechas. Me da pena porque ese asociacionismo fuerte que tuvimos durante muchos años, que nos hace falta para tener fuerza ante el Principado, ha pasado. Y eso no es bueno. Si uno va solo a pedir no es lo mismo que si vamos muchos juntos. Caímos en ese individualismo pero no sé por qué.

-¿Hay que recuperar, entonces, el asociacionismo del turismo rural?

-Hubo un momento en que el Principado te preguntaba en qué asociación estabas cuando tramitabas. Al Principado también le interesa tener relación con el sector, tener un interlocutor. En Somiedo lo vamos a recuperar ahora porque estamos implicados con la Carta Europea. Nos costó mucho lograrla y hay que trabajar por ella. Está asociado al ecoturismo. A nivel europeo hacen una guía en todos los idiomas. Hay una oficina europea que lo gestiona.

-Con toda su trayectoria y experiencia, ¿se considera un personaje de referencia del turismo rural en Asturias?

-La mayoría me conocen porque soy un poco protestón. Soy protestón porque hay cosas sencillas de hacer y nos complicamos por nada. No pido milagros. Pido que en mi pueblo haya conexión a internet, para que se queden los jóvenes. Cosas sencillas como esta.

-Algo más que protestar tendrá que haber hecho cuando le acaban de nombrar Vaqueiro de Honor.

-No lo sé. Tendría que preguntarles. También tiene que ver con mi apellido, que salió de un pueblo de Valdés, que es de donde salió también del tenista (Fernando Verdasco), independientemente de que el mío sea con B y el suyo con V. Mi B fue un error de cuando fui a la mili. En mis papeles de la escuela es con V y mi padre era Verdasco Verdasco. Mi hermana lo conserva con V y mi hermano y yo no. Es verdad que yo siempre he peleado mucho, incluso con la administración. Elisa Llaneza, a la que siempre quise, tuvo que aguantarme mucho. Soy muy cabezón y cuando creo en algo lucho mucho. Si creo, creo. Tienes que convencerme de lo contrario. Con el turismo rural hay anécdotas que parecen de película. A mí tardaron siete meses en darme el permiso de apertura porque tenía baños en las habitaciones. Lo dices en pleno 2018 y no lo cree nadie. Aquella normativa tenía cosas buenas que me gustaría recuperar, pero también incluía otras raras. Como quedaban las casas vacías, para no exigir mucho gasto en el turismo rural, con un baño para cada dos habitaciones valía. Era económico. Pero no estaba previsto qué hacer con los que teníamos más. Me enfadé mucho. Les dije que si el baño era el problema lo cerraba con llave y listo. Después la Ley de Turismo ya exigió el baño. Otra empresaria hizo la casa sin baños y luego, cuando cambió la normativa, se lo exigieron.

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