Un «jubilado novato» medita sobre la pausa

LA VOZ DE LOS ASTURIANOS

Un hombre mayor descansa en un banco de una calle gijonesa
Un hombre mayor descansa en un banco de una calle gijonesa

La reflexión de un recién llegado a la jubilación sobre la necesidad de remansar el tiempo para escuchar, pensar, debatir y luego decidir

23 nov 2017 . Actualizado a las 14:52 h.

Como soy un novato en esto de estar jubilado, dedico mi tiempo a pasear por el extrarradio y en volver a leer los libros que ya atesoran polvo en mi biblioteca. Bueno, también a otras tareas más prosaicas como hacer la compra o llevar a los nietos al parque o al colegio. Pero hoy quería hablarles de la relectura de los clásicos y, más en concreto, de mi reinmersión en El Banquete de Platón (filósofo griego cuyo nombre real era  Aristocles). Lo primero que llamó mi atención fue la letra pequeña, como apresurada, que llenaba las páginas en la vetusta edición de la colección Austral, los subrayados a lápiz hechos hace más de treinta años y las notas al margen. Me traían la añoranza, Y tras ella, la sorpresa ante la prosa pausada, concienzuda y atinada de Apolodoros. Escrupuloso en lo nimio, insistente en narrar todo lo acontecido sin importarle el tiempo. Cada interviniente en la velada posterior al banquete hablaba sin prisa pero con tino, articulando un discurso con pies y cabeza. Y ¿por qué me sorprende esto? Porque hace muchos años que no asisto a un debate en el que los discursos se articulen sin premura y suenen de manera armónica. Porque hace tiempo que no escucho exposiciones razonadas que superen los 140 caracteres y, acceder a ellas, supone un remanso, la certidumbre de que el pensamiento es posible.

Sí, amigo lector, vivimos el tiempo de la velocidad, de la prisa, de la palabra acelerada y efímera. Porque ella sabe con certeza que su virtualidad es fugaz (justamente hasta que aparezca el siguiente hilo en el chat). Es la resultante de una sociedad hiperconectada que en breve lo será mucho más (se avecina el 5G y los ordenadores cuánticos), en la que la información y la opinión se emiten desde múltiples focos, que crecen de forma exponencial, lo que genera cada vez más ruido. Una sociedad superinformada, que tiende hacia la desinformación, porque la someten a una avalancha de sonidos, que la impele al movimiento acelerado. La aleja de la pausa. Y ella es el entorno que nuestro cerebro necesita para ser capaz de procesar las entradas que recibe.

La solución a la saturación de información es en principio sencilla. Se llama filtros. La mega conectabilidad crea la necesidad de sistemas que seleccionen lo importante de lo superfluo, el grano de la paja. Los cedazos para la criba virtual son los portales de navegación que ya han detectado esa necesidad y se ocupan de cubrirla. Pero eso también quiere decir que quien controle (diseñe) el algoritmo gobernador de esos portales, dispondrá de un tremendo poder sobre la opinión pública. Y también querrá decir que quien sea capaz de manipular esos filtros podrá incidir sobre el pensamiento general de una manera muy eficaz. Es posible poner en circulación por toda la red informática bulos y mentiras con ribetes de credibilidad, que pueden condicionar los comportamientos. Se trata de introducir ideas virulentas en la red, bien a modo de lluvia fina o de tormenta tropical, y hacer que circulen de forma amplia (la actividad de los hacker rusos durante el simulacro de referéndum catalán es un buen ejemplo). Se trata de contaminación ideológica, de niebla que distorsiona la visión. Y poco importa que estos virus, si se toman aislados, parezcan un desvarío. Su sucesión reiterada y acumulativa, les otorga verosimilitud y ello ya es suficiente. Porque es tiempo que se detiene en lo aparente. Y es que la velocidad con la que se consume la información, su naturaleza efímera, obliga a la superficialidad