¿Es Xixón una ciudad triste?

Adrián Arias

LA VOZ DE LOS ASTURIANOS

Un alegato contra el pesimismo del líder vecinal Adrián Arias a propósito del estreno del documental «Lluz d'agostu en Xixón» de Alejandro Nafría

29 nov 2017 . Actualizado a las 08:35 h.

El sábado 18 se proyectó dentro del FICX la película Lluz de Agosto en Xixón del director Alejandro Nafría y que con la excusa de seguir los pasos del músico Nacho Vegas, todo un conjunto heterogéneo de personas desgranaban un relato bastante pesimista de nuestra ciudad desde finales de los años ochenta hasta aquí. La verdad que la sala de Gijón Sur se quedó pequeña para ver la película-documental que colgó el cartel de no hay entradas en una proyección repleta de activistas sociales. Todas las reflexiones y el intercambio de opiniones que se producían entre diversas músicas, periodistas, activistas, sociólogas, poetas y así hasta 24 personas con el propio Nacho Vegas, planteaban una cuestión de fondo: Xixón es hoy una ciudad triste, como sin alma, donde sólo quedan los escombros de un lejano Xixón que tenía respuestas a todas las preguntas, incluso aquellas que nadie le había hecho.

La sensación era pesimista, muy pesimista. Un canto al «no hay alternativa», «esto está hecho una mierda» y «aquí no hay quién nos salve». Un relato que exponían precisamente personas, sin las que para mí sería impensable construir un relato diferente y alternativo de Xixón. Un golpe duro, al mentón y que deja noqueado sin pestañear. La melodía y las letras de Ciudad vampira parecían confundirse con los testimonios que añoraban los días de «barricadas, lucha y conciencia de clase». Y al final, uno salía después de 109 minutos de película con la sensación de que aquello era cierto, hoy Xixón es una ciudad triste (y nosotras también).

Pero lejos de la autoflagelación, yo pienso que Xixón es hoy una ciudad triste, y por extensión las personas que vivimos en ella, pero con todas las herramientas para ser feliz. Incluso, creo ver posibilidades de que algo nuevo está creciendo, como si parafraseáramos a Gramsci desde alguna concurrida terraza nocturna de Cimavilla con aquello de «lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer», y añadiría: «Pero está naciendo».