Desde los años ochenta, con el contrabando de tabaco, hasta la actualidad, con el tráfico de cocaína, las cabezas pensantes y mecenas del negocio en las Rías Baixas han fabricado auténticos bólidos cabinados capaces de llegar, incluso, hasta Cabo Verde y regresar con las bodegas cargada de fardos; una tradición y prestigio en este submundo globalizado que demanda su mano de obra más allá de Galicia