La afición quería ver al Celta jugar bien, antes que ganar. Ayer lo demostró despidiendo al equipo con una ovación a pesar del empate ante el Zaragoza, que supone el décimo partido consecutivo sin ganar en Liga.
La conjura realizada durante la semana por el vestuario surtió efecto. Ayer se demostró que, independiente de los defectos de la plantilla, este equipo, si quiere jugar, juega, y casi como los ángeles. Desde el pitido inicial se comprobó que cada uno de los once celestes elegidos se dejaba la pierna en cada uno de los balones, que los apoyos que faltaban en anteriores partidos eran continuos, y sobre todo, se notó el resurgimiento del principal futbolista capaz de marcar diferencias en el Celta: Alexander Mostovoi.
JUAN VILLAR