El BNG acosa el proyecto socialista con las invitaciones al pacto os ancianos salen con paso lento de la misa de las doce y media. Dentro se oyen aún los cánticos de las monjas rezagadas, mientras el cura se desprende de casulla y estola como si nunca quisiera acabar una misa tan bien cantada. Las monjitas más jóvenes hacen corrillo con los residentes. Que si ayer no dormí, que si mi hijo me dijo tal, que si la hermana Elubia me dijo cual... Se meten en el ascensor. ¡Cuidado con los bastones! Demasiado tarde. Uno de los cayados se engancha en la rejilla y fue casi milagro que no pasara nada. Mientras el resto prepara la comida, Sor Celia, la madre superiora, confiesa que echa de menos un pedazo de tierra entre Jalapa y Chiquimula. Aunque su compromiso con estos ancianos ferrolanos no tiene por qué ser para toda la vida y una bandera de Guatemala les recuerda que siempre pueden cruzar un charco de vuelta. «En realidad esto es una congregación misionera y nosotras hemos salido a una misión; siempre podremos volver». Sor Celia sonríe cuando se le pregunta si no hacen más falta en Guatemala, o cuando se comenta la paradoja de que siete guatemaltecas y una argentina hagan ahora de misioneras con los españoles, junto otros 23 empleados de la residencia. «En Guatemala el ambiente es diferente, mucho más religioso; aquí los jóvenes tienen muchas cosas alrededor para encontrar el placer y eso les aleja de Dios». Sor Gloria analiza así la falta de vocaciones en España y que se recurra a la ilusión de jóvenes sudamericanas como ella, de 25 años. Sor Gloria hizo sus votos en abril, en Mondoñedo. Entre las once novicias que estaban en la catedral no había ninguna gallega. Aunque los votos definitivos no le llegarán hasta dentro de cinco años, los de Mondoñedo ya son «perpetuos» para ella. Risueña, como todas, dice que los ancianos, más que de comida, «están necesitados de amor». Para que la gente se haga una idea, suele decir que Guatemala es igual que España, pero veinticinco años atrás y con una guerra que le pisa los talones a los recuerdos. Acostumbrados a nombres como Asunción, Santísima Trinidad y muchos otros con evangélicas referencias entre las religiosas nativas, llama la atención que en este asilo haya monjas que se llamen Sor Perla, o Sor Elubia, o incluso Sor Reina. «Eso es porque otras órdenes cambian los nombres», precisa la superiora, apurada porque llega la hora de la comida y la rutina es palabra de ley para los ancianos. Inmigrantes con papeles Son religiosas, pero las normas son laicas. Sor Celia, que salió de Guatemala hace diez años, explica que tienen que preocuparse por «la papelería» y que deben renovar cada cierto tiempo sus permisos de residencia. Así que la nueva Ley de Extranjería se consulta por estos pasillos llenos de fotos de Juan Pablo II como si fuera una encíclica vaticana. Manuela, una de las residentes, atiende la recepción, porque así se siente útil y conoce a mucha gente. Guillermo dice que no hay lugar en el mundo en el que pudiera sentirse mejor, porque su mujer no puede valerse por sí misma. Una huésped recién llegada cuenta una larga historia sobre un rosario fabricado con semillas de árboles exóticos del Brasil. Todos ellos pagan la residencia que desde hace un año lleva la congregación Marta y María con el 85 por ciento de su pensión y, de alguna manera, son como los antepasados de Sor Gloria, cuando fueron acogidos por la misión de Fray Bartolomé de Las Casas. Después de todo, parece ser que la historia sólo es un viaje de ida y vuelta.
LOIS BLANCO