El bebé que sobrevivió a la gran ola

maría cedrón REDACCIÓN / LA VOZ

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SEBASTIAN D'SOUZA | AFP

Hoy se cumplen catorce años del tsunami que devastó el sudeste asiático dejando un rastro de historias como la de Fátima, una niña de cuatro días que logró salvarse

26 dic 2018 . Actualizado a las 16:14 h.

El tsunami que el sábado azotó el estrecho de Sonda, entre las islas de Java y Sumatra, en Indonesia, rescató de las profundidades de la memoria aquel otro tsunami, el más devastador de la historia reciente, que asoló el sudeste asiático el 26 de diciembre del 2004 dejando 229.012 víctimas diseminadas por Indonesia, Tailandia, Maldivas, Sri Lanka... Han pasado catorce años, pero son muchas las historias humanas que, más allá de esa sombra de muerte que dejó la ola, navegan todavía en la mente de los que pasamos por allí para hacer un trabajo que no es otra cosa más que eso, contar historias verdaderas.

A lo largo de todo ese tiempo hay una pregunta que, de forma recurrente, regresa a mi cabeza. ¿Dónde estará Fátima? ¿Dónde habrá ido a parar aquel pequeño bebé de dedos alargados que sobrevivió a la devastación envuelta en barro y restos de aceite de automóvil? La pequeña Fátima debería cumplir hoy catorce años por segunda vez. La primera fue el viernes, el aniversario del día en el que probablemente vino al mundo en una aldea de la costa de Trincomalee, un territorio dominado entonces por la guerrilla de los tigres de Liberación de la Patria Tamil (LTTE), un grupo que acabó aparcando unos días sus diferencias con el Gobierno para facilitar la llegada de ayuda humanitaria a la zona. La segunda es hoy, porque fue en esa fecha, tan solo ocho horas después de que la gran ola entrara en su pueblo a una velocidad de 197 kilómetros por hora, cuando Hamira la salvó.

Fue Hamira, que en aquella época tenía 36 años, quien le puso el nombre. Después de todo logró mantenerla con vida al alimentarla con una mezcla de leches hasta que, prácticamente dos semanas después, pudo acercarse hasta la escuela de Al Hira, en Kinnia. Allí era donde la Sociedad Española de Médicos de Catástrofes (Semeca) y los Bomberos Unidos sin Fronteras (BUSF) habían instalado su base.