El bebé que sobrevivió a la gran ola

Hoy se cumplen catorce años del tsunami que devastó el sudeste asiático dejando un rastro de historias como la de Fátima, una niña de cuatro días que logró salvarse


redacción / la voz

El tsunami que el sábado azotó el estrecho de Sonda, entre las islas de Java y Sumatra, en Indonesia, rescató de las profundidades de la memoria aquel otro tsunami, el más devastador de la historia reciente, que asoló el sudeste asiático el 26 de diciembre del 2004 dejando 229.012 víctimas diseminadas por Indonesia, Tailandia, Maldivas, Sri Lanka... Han pasado catorce años, pero son muchas las historias humanas que, más allá de esa sombra de muerte que dejó la ola, navegan todavía en la mente de los que pasamos por allí para hacer un trabajo que no es otra cosa más que eso, contar historias verdaderas.

A lo largo de todo ese tiempo hay una pregunta que, de forma recurrente, regresa a mi cabeza. ¿Dónde estará Fátima? ¿Dónde habrá ido a parar aquel pequeño bebé de dedos alargados que sobrevivió a la devastación envuelta en barro y restos de aceite de automóvil? La pequeña Fátima debería cumplir hoy catorce años por segunda vez. La primera fue el viernes, el aniversario del día en el que probablemente vino al mundo en una aldea de la costa de Trincomalee, un territorio dominado entonces por la guerrilla de los tigres de Liberación de la Patria Tamil (LTTE), un grupo que acabó aparcando unos días sus diferencias con el Gobierno para facilitar la llegada de ayuda humanitaria a la zona. La segunda es hoy, porque fue en esa fecha, tan solo ocho horas después de que la gran ola entrara en su pueblo a una velocidad de 197 kilómetros por hora, cuando Hamira la salvó.

Fue Hamira, que en aquella época tenía 36 años, quien le puso el nombre. Después de todo logró mantenerla con vida al alimentarla con una mezcla de leches hasta que, prácticamente dos semanas después, pudo acercarse hasta la escuela de Al Hira, en Kinnia. Allí era donde la Sociedad Española de Médicos de Catástrofes (Semeca) y los Bomberos Unidos sin Fronteras (BUSF) habían instalado su base.

Y allí llegó Hamira con la pequeña en brazos un 9 de enero del 2005. Ese fue el día en el que conocí a Fátima. Era minúscula. Dormía y movía la boca al respirar, como queriendo sonreír. Ángela, una pediatra española que no había dudado en coger un vuelo rumbo a Sri Lanka en plena Navidad, escuchó el latido de su corazón y le retorció con cuidado la piel de su pequeño brazo para comprobar cómo estaba. Tenía una ligera deshidratación, pero se encontraba bien. Estaba sana. Fue una alegría. Y Fátima acabó convertida, unas horas, en nuestra bebé, en la pequeña heroína que había sobrevivido a la gran ola.

Aquella era una base médica improvisada en una vieja escuela después de un largo recorrido entre montañas en un destartalado autobús que los bomberos habían logrado alquilar en Colombo (capital de Sri Lanka). No había cunas, ni nido. Solo una pequeña hamaca improvisada con un pareo en el que la pequeña descansaba como lo que era, un bebé. Y recuerdo que Fátima no lloraba. Ni cuando tenía hambre. Cualquiera de los que estaban allí, en aquel campamento, se la hubiera llevado a casa. Lo mismo habrían hecho con las decenas de niños que habían perdido a su familia. Algunos porque sus padres habían muerto. Otros porque no sabían dónde habían ido a parar después del paso de la gran ola.

Buscar a los padres de la pequeña Fátima se convirtió en una prioridad. Unicef tardaba un día en llegar para recoger a la pequeña, pero los médicos de la base entendieron que era mucho tiempo. Hamira sabía que la madre de la bebé había muerto, pero alguien había visto al padre. E incluso hablaban de que una hermana estaba refugiada en la escuela de Al Hira. Lo último que supe de Fátima es que mientras no hallaban a su familia se quedaría con Hamira, la mujer que la encontró. Han pasado catorce años. Hoy sería su segundo cumpleaños. ¡Felicidades mi pequeña heroína!

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