El pacto obligaría a Sánchez a ampliar las vicepresidencias y prescindir de ministros

El presidente encargaría la gestión política a Iglesias y delegaría el área económica en Calviño

La ministra de Economía en funciones, Nadia Calviño
La ministra de Economía en funciones, Nadia Calviño

Santiago / La voz

Todavía sobran huecos para sillas nobles —que no sillones— en la mesa ovalada de Moncloa en la que se celebran los viernes los Consejos de Ministros, así que si el acuerdo sellado entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias cuaja, el problema no será de espacio físico, sino de química. Desde la primera legislatura de Adolfo Suárez, con dos vicepresidentes y 21 titulares de carteras bajo sospecha por las constantes filtraciones, los Gobiernos monocolores se fueron reduciendo hasta alcanzar la mínima expresión con José María Aznar, que inició su mandato con dos segundos (Álvarez Cascos y Rato) y doce ministros.

El formato que se intuye en la novedosa coalición PSOE-Podemos se acercaría al que diseñó Rodríguez Zapatero en el 2010, cuando, reconocida la crisis, apostó por reforzar las áreas de política (Rubalcaba) y territorio (Chaves) con la vicepresidencia económica de Elena Salgado. El anuncio realizado por Sánchez en el debate electoral sobre el ascenso a ese nivel de Nadia Calviño parece que iba en esa línea, y es compatible con la única asignación que deslizó el entorno de Podemos cuando se convocó ayer la rueda en el Congreso, y es que Pablo Iglesias será vicepresidente.

La ausencia en la firma de Carmen Calvo, actual vicepresidenta en funciones, despertó las especulaciones, ya que fue ella la que lideró las fracasadas negociaciones después de la cita de abril en representación de los socialistas. Su interlocutor entonces fue Pablo Echenique, que sí estuvo en las reuniones de las horas previas al sentido abrazo pero que se apartó del tiro de cámara, al igual que Juan Carlos Monedero.

La elección de los adláteres que sí figuraron por la formación morada atendió a la representación satelital de Podemos, aunque sus nombres sonaron con intensidad el pasado verano a medida que unos y otros se cruzaban wasaps y mensajes de Telegram. Estaba, por supuesto, la portavoz Irene Montero, a la que también se le adjudicó una vicepresidencia social cuando se planteó el veto a Iglesias; el coordinador de Izquierda Unida, Alberto Garzón; o la gallega Yolanda Díaz, que la dirección promueve como ministra de Industria. En la foto, además de los socialistas Rafael Simancas, Adriana Lastra y el jefe de gabinete presidencial, Iván Redondo, también se asomaron Juan López de Uralde (Equo), que Iglesias colocaría encantado en Transición Ecológica en vez de Teresa Ribera; o Jaume Asens (En Comú Podem), al que se le tuvo que atragantar el punto 9 del acuerdo, referido a una solución constitucional para Cataluña.

Otros nombres que Podemos ha ido aireando en los últimos meses han sido el de la jueza en excedencia Victoria Rosell o el de Rafa Mayoral, que resiste en la cada vez más estrecha cúpula morada.

La combinación es extensa, porque durante las pasadas negociaciones se hicieron propuestas para entrar en la Moncloa con una vicepresidencia social y tres ministerios más que bailaron sin éxito entre Trabajo, Sanidad y Consumo, Vivienda, Transición Ecológica, Ciencia e Innovación, Cultura y hasta un departamento que aunaba Agricultura, Pesca y España Vaciada.

Con todas las posibilidades abiertas de nuevo son pocos los ministros socialistas que pueden dormir tranquilos por el desembarco de Podemos: José Luis Ábalos (Fomento) y María Jesús Montero (Hacienda) son intocables, y carteras como Justicia, Interior o Defensa caerán con seguridad del lado socialista, pero son susceptibles de cambios en sus titulares o de fusiones.

Sánchez e Iglesias aspiran a cogobernar tras una historia de descalificaciones

Gonzalo Bareño

La desconfianza y las ofensas entre ambos han sido una constante desde el año 2014

«Necesito un vicepresidente del Gobierno que defienda la democracia española». Pedro Sánchez justificaba de esta manera el pasado 18 de julio su negativa a que el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, formara parte de su Ejecutivo. La rotunda declaración sirve para comprender las enormes dificultades que ambos tendrán para ponerse acuerdo en caso de que consigan formar el Gobierno de coalición para el que han firmado un preacuerdo. No se trata ya de que el líder del PSOE desconfíe del que será su número dos en el Ejecutivo, sino de que hace menos de cuatro meses Sánchez negaba que Iglesias fuera un demócrata y que defendiera el Estado de derecho. Una apreciación que va mucho más allá de los «reproches» personales mutuos que ambos se muestran dispuestos a superar. Es quizá la descalificación más rotunda que se han cruzado entre ellos, pero también una más de una larga historia de desencuentros y ofensas que comenzó desde el 2014, año en el que Pablo Iglesias se convirtió en un actor de la política nacional y Sánchez accedió a la secretaría general del PSOE.

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