A los peces les sienta bien la cerveza

AZTI demuestra que lenguados, doradas y truchas pueden comer pienso preparado con restos de bagazo y levadura usados para elaborar esa bebida


redacción / la voz

No es broma. Cuando millones de personas aún paladean las refrescantes cervezas tan propias del verano, una investigación del centro tecnológico vasco AZTI revela un uso sorprendente de parte de los subproductos empleados en elaborar esa milenaria bebida alcohólica fermentada a partir de cebada, aunque en el mercado también la hay sin alcohol. No es que los peces se vayan de cañas, pero los científicos han comprobado, literalmente, que a estos animales «también les gusta la cerveza». Más que agradarles, que quizá también, y sin que conste que se les suba a la cabeza, han comprobado que les sienta bien como alimento. Tanto que la comida del pienso cervecero es igual a la que nutrición habitual de lenguados y doradas de acuicultura marina y de truchas de crianza en agua dulce.

AZTI ha empleado bagazo y levadura, dos residuos generados al producir la cerveza, como ingredientes del nuevo pienso de la acuicultura. «Los análisis sensoriales que hemos realizado nos han permitido demostrar que no existen diferencias entre los peces alimentados con los nuevos ingredientes y los ejemplares alimentados mediante piensos comerciales», afirma David San Martín, responsable de Life Brewery, el proyecto europeo que ha descubierto cómo aprovechar los más de seis millones de toneladas de bagazo y el millón de toneladas de levadura que hasta ahora no se reutilizan.

Esos sobrantes en la elaboración de cerveza se pueden aprovechar porque los científicos han desarrollado un proceso de deshidratación bajo en carbono, mediante una «combinación innovadora de tecnologías mecánicas y térmicas». Además han optimizado la formulación de los piensos acuícolas para incorporarles esos subproductos.

AZTI ha logrado obtener «ingredientes con el mismo valor nutricional, digestibilidad y seguridad alimentaria que los piensos» comunes en la acuicultura, cuatro prototipos partir de la levadura y el bagazo. Por su importante número de compuestos de alto valor (proteínas, fibra, etcétera), David San Martín destaca el «gran potencial para su aplicación en la industria farmacéutica» de los restos de la elaboración de la bebida de cebada fermentada. Sin embargo «solo dan salida a una pequeña parte de los residuos, por lo que es necesario buscar nuevas alternativas como la producción sostenible de piensos de acuicultura».

Coordinado por AZTI, miembro de la Basque Research and Technology Alliance (BRTA), el proyecto Life Brewery se enmarca en el programa Life de la Unión Europea (UE), que impulsa políticas de economía circular y desarrollo sostenible procurando sacar partido a los sobrantes en la producción de alimentos. Iniciado en el 2017 y con final previsto el próximo año, su presupuesto global son 1,5 millones de euros, el 60 % de fondos comunitarios. Participan el Instituto de Investigación y Tecnología Alimentarias (IRTA), la empresa catalana Riera Nadeu (de maquinaria industrial), la vasca LKS Krean (ingeniería) y Brewers of Europe, la Asociación de Cerveceros Europea.

  

Ventajas para todos

El responsable del desarrollo de los nuevos piensos considera «relevantes» los resultados porque contribuyen a reducir el impacto ambiental de la industria alimentaria «así como a la generación de una nueva actividad económica». No solo por aprovechar los subproductos húmedos orgánicos como «nuevas fuentes de alimentos en humanos y animales», sino también porque «por cada litro de cerveza se generan siete de aguas residuales que deben ser tratados».

Desde AZTI apuntan otras ventajas. Al sector cervecero le abre las puertas a «una gestión más eficiente de sus subproductos, transformando lo que actualmente supone un gasto en un ingreso adicional». A las empresas que preparan piensos para la acuicultura «les hace posible la obtención de componentes mucho más económicos y sostenibles que las materias primas utilizadas hasta ahora». A estas también les reduce su dependencia de los ingredientes actuales, «cuyo suministro se ve comprometido por diversos factores como las grandes fluctuaciones en los precios o el cambio climático».

¿Podrán comer 10.000 millones de bocas?

e. abuín

La polémica está servida. Con la tierra al límite de su capacidad de producción y el cielo todavía a años luz, solo queda el recurso a los océanos. La pesca sostenible y, sobre todo, la acuicultura son esenciales en la lucha contra el hambre y para alimentar los 10.000 millones de bocas que querrán comer en el 2050. Eso sostienen unos. Otros, sin embargo, señalan que ya hay comida suficiente para esa población. Bastaría con eliminar el desperdicio.

No hace mucho más de un siglo que el biólogo Thomas Henry Huxley sostenía ante la comunidad científica londinense que los recursos marinos eran inagotables. De estar vivo en 1990, cuando colapsaron muchos stocks pesqueros, estaría abochornado. Aunque la situación de los océanos a estas alturas del segundo milenio ha mejorado, todavía hay una porción importante de las zonas de pesca sobreexplotadas (el 34,2 %, según la FAO) y la pérdida de biodiversidad marina no va a la zaga de la terrestre. La buena noticia es que los científicos más optimistas, como el biólogo Boris Worm o el ecólogo Carlos Duarte, sostienen que todavía se está a tiempo de recuperar esa parte líquida del planeta, la misma que ha pasado tan desapercibida que incluso los habitantes de esa bola azul la llaman Tierra.

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