Quim Torra, el supremacista que nunca ocupó su despacho

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El expresidente de la Generalitat, Quim Torra, en el Parlamento de Cataluña
El expresidente de la Generalitat, Quim Torra, en el Parlamento de Cataluña Quique García

El presidente inhabilitado de la Generalitat, que medró en la política a la sombra de Puigdemont, forjó su carrera en la maraña de chiringuitos secesionistas nutridos por el poder

28 sep 2020 . Actualizado a las 20:24 h.

Cuentan quienes lo han tratado que Quim Torra i Pla (Blanes, 1962) gana en las distancias cortas. Gasta maneras amables y un leve barniz cultural que lubrica la conversación. A fin de cuentas, nunca ha dejado de ser un hijo de esa burguesía catalana de toda la vida que representaban Jordi Pujol y Artur Mas. Y, por eso mismo, Torra encarna como pocos el viraje de aquel nacionalismo contemporizador de Convergencia al separatismo desbocado del prófugo Carles Puigdemont y Junts.

Durante veinte años, Torra fue un aburrido vendedor de seguros. Estudiante en los Jesuitas de Sarriá y licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona en 1985, el futuro desobediente cumplió religiosamente con la mili antes de empezar a trabajar en 1987 en las oficinas de Winterthur en Barcelona, donde cuajó su carrera sin mayores sobresaltos hasta que, en el 2005, desembarcó en la sede central de la compañía en Suiza. Allí fue feliz y hasta escribió un par de libros. Pero una fusión empresarial se cruzó en el 2007 en su camino y, después de que Axa comprase Winterthur, fue enviado de regreso a Barcelona con cuatro líneas y cinco cifras a modo de despido.

Vendedor de seguros en Suiza

Suiza perdió un vendedor de seguros y Cataluña ganó un separatista visceral. Con la indemnización, Torra montó una editorial, A Contra Vent, que dedicó a la que sería desde entonces su principal obsesión: reescribir la historia de Cataluña, moldeando los sucesos previos a la Guerra Civil para construir el delirante relato de que la contienda fue en realidad una lucha de los pérfidos españoles contra el seráfico nacionalismo catalán. Nació así el activista Torra i Pla.

El alcalde convergente Xavier Trias lo contrató en el 2012 para dirigir el Born Centre Cultural, cuyas ruinas transformó en un museo de la derrota de Cataluña en 1714 durante la Guerra de Sucesión. Un episodio crucial en la fábula secesionista. Del Born saltó de inmediato a la vicepresidencia de Òmnium Cultural, uno de los think tanks independentistas que agitan a la sociedad catalana contra el yugo de Madrid, e incluso ocupó de forma interina la presidencia cuando la titular, Muriel Casals, se incorporó a las listas de Junts pel Sí en el 2015.

Entró así en la órbita de Carles Puigdemont, entonces presidente de la Generalitat, que en el 2016 le puso un despacho como director del Centre d’Estudis de Temes Contemporanis. Ya nunca dejó la sombra del amado líder. A Torra se atribuye el discurso que Puigdemont iba a leer en octubre del 2017 tras la declaración de independencia. Pero el texto, salpicado con la épica de historia ficción que cultiva Torra, nunca salió del cajón.

Llegó el 155 y la convocatoria de elecciones autonómicas en diciembre del 2017. Puigdemont inscribió a su fiel Quim como número 11 por Barcelona. Era el tapado del ventrílocuo de Waterloo. En mayo del 2018, fue investido presidente de la Generalitat por la mayoría secesionista. Pero Quim Torra, inhabilitado ahora por desobedecer a la Junta Electoral, no llegó a ocupar el despacho. Tampoco la residencia oficial de la Casa dels Canonges. Esas estancias guardan duelo por el prófugo Puigdemont y nadie, ni siquiera el teórico presidente, osaba entrar en ellas.

El amor desmedido que Torra profesa por Puigdemont y Cataluña no le deja hueco para albergar siquiera un poco de compasión por el resto de españoles, de quienes ha escrito que son «bestias con forma humana» y con taras causadas por un «bache en la cadena de ADN». Nada que ver con esa patria suya «donde la gente es limpia, noble, libre y culta». Porque, al final, la ensoñación identitaria de Quim Torra no es más que esa antigua forma de odio llamada supremacismo.

Pere Aragonès

Pere Aragonès, un hombre de partido, de perfil bajo y pragmático

Enrique Clemente

Es un hombre de partido, un político independentista desde su juventud, pero no un activista al estilo de Quim Torra. Pere Aragonès (Pineda de Mar, 1982) «es un político digamos que clásico, sin el carisma peculiar de Oriol Junqueras», según Xavier Arbós, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona y analista político. En su opinión, «ha cumplido hasta ahora un papel de lugarteniente de Junqueras, sin que se le conozcan muchas declaraciones estridentes». Salvo, «naturalmente, en episodios especialmente graves como son las condenas a los líderes independentistas u otros parecidos». Por lo tanto, «cabe esperar que desempeñe con corrección su papel de presidente sustituto. Es un político, y no un activista como Torra», concluye. Frente a las estridencias de este, ha mantenido un perfil bajo marcado por el pragmatismo, como demostró en las negociaciones con Cristóbal Montoro tras la aplicación del artículo 155 a Cataluña, en las que posibilitaron la investidura de Pedro Sánchez o en la creación de la mesa de diálogo con el Gobierno.

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