Juan Echanove: «Si tuviese otra vida, seguro que sería cocinero»

CARLOS CRESPO

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MARTINA MISER

Representa como pocos el disfrute del buen vivir. Del placer de una buena mesa y, aún más, de un buen vino. Ha hecho de la cocina su segundo hogar. Y confiesa que hoy no entiende su labor como actor sin la de gastrónomo. Aprovechamos su estancia en Galicia para ahondar en su vertiente gourmet

25 oct 2020 . Actualizado a las 10:45 h.

Sentado en uno de los sillones Nemo del diseñador Fabio Nobembre, en el jardín de Novavila, en Meis, Juan Echanove (Madrid, 1961) es la viva imagen del bon vivant. Pero nada más distante de la frivolidad con la que se asocia al término. Todo su discurso, que no es poco, es una invitación a la observación y a la reflexión, como indispensable paso preliminar para que el disfrute sea en plenitud. Condición que hace extensiva a cualquiera de sus facetas. Lo mismo en el plato que en la platea. En esta ocasión nos hemos citado para hablar de la primera. La que descubrió un buen día en un salón gourmet de la mano de Víctor Manuel y que lo llevó, primero, a recorrer Un país para comérselo (TVE) y ahora De la vida al plato (Amazon Prime).

-¿Es muy distinto el Echanove actor del Echanove gastrónomo?

-Para nada, son vasos comunicantes. La manera que yo tengo de afrontar mi trabajo como actor tiene mucho que ver con la cocina. Lo noto en mi vida personal, cuanto mejor cocino, mejor interpreto. Cuando veo que no estoy fino en la cocina, inmediatamente detecto que también estoy ensayando o trabajando mal. Y en cuanto lo mejoro, mejoro los dos. Una faceta me enseña lo que necesito saber de la otra. De hecho, yo construyo mis personajes exactamente de la misma manera que cuando quiero conseguir un buen guiso. Por eso suelo decir que si tuviese otra vida, estoy seguro de que sería cocinero.

-¿Disfruta más cocinando o comiendo?

-Me gusta cocinar muchísimo más que comer. Pero no que beber. Porque para mí la verdad de la gastronomía está en el vino. Podría comer acelgas toda la vida si un médico me lo exige. ¡Qué desgracia más grande!, pero bueno. Pero si me quita el vino me tiro por el balcón.

-¿Cuándo y cómo descubrió su pasión por la gastronomía?

-Fue a finales de los 90. Yo recuerdo un día muy claro en el que salí de casa siendo un tío al que le gustaba comer y volví siendo un proyecto de gourmet. Fue un día que Víctor Manuel me invitó a ir con él a una feria a la Casa de Campo. En un pasillo había una caseta como esas que ponen en las ferias y allí estaban Ángel León y Juanlu Fernández, de Aponiente. Estaban todavía empezando. Por aquel entonces no los conocían ni los curiosos. Me vieron y me dijeron «Echanove, ven aquí». Empecé a probar cosas con ellos y cuando llegué a casa me di cuenta de que me interesaba mucho investigar como se hacía todo aquello. Y de repente me sentí completamente contagiado y consciente de que estaba perdido para los restos. Y todavía no había empezado a interesarme el mundo del vino. Que ese es, digamos, el prémium.

-Le he escuchado decir que «el vino teje el territorio».

-Totalmente. Es el sistema circulatorio y arterial de todo lo que nos sujeta como personas. Y lo viene siendo desde siempre. En todo lo que rodea al vino está la síntesis de nuestra cultura. Yo me partiré siempre el pecho por intentar comunicar en este país una idea que me parece básica y que llevo defendiendo como un apostolado desde hace años: La mejor manera de explicar España es a través de su gastronomía. Solo la gastronomía es capaz de acabar con todas las fronteras. Las territoriales, las políticas, las raciales... Todos los túneles y todas las puertas están abiertas por la gastronomía. Y así como es absolutamente demostrable que los teatros son espacios seguros y que en ellos la gente no se contagia, ¡coño!, también lo es que la negociación, el entendimiento, el ponerte en el lugar del otro, en el mundo de la gastronomía se produce de una manera natural. No hay que construir puentes. En el entorno de una mesa, entre gente que piense y que valore lo bueno de la vida, hay mucho más entendimiento que en el Congreso de los Diputados. Esa es la importancia cultural de la gastronomía y la vitivinicultura.

«Construyo mis personajes igual que un buen guiso. Y cuanto mejor cocino, mejor interpreto»

-Escuchamos muchas veces hablar de patrimonio cultural, histórico, artístico... ¿Podemos hablar también de un patrimonio gastronómico?

-Por supuesto. Ese es un concepto que deberíamos potenciar. No se trata de decir que en España se come muy bien o eso tan nuestro de que somos los mejores. Lo que hay que hacer es un gesto de protección, y ojo, no digo proteccionista, hacia determinadas cosas que dan sentido a los pilares de nuestra gastronomía porque es un tejido económico brutal. Y además, es que el mundo de la gastronomía es apasionante. Sobre todo, si luego llegas a un sitio donde realmente algo que comes te emociona. Y ahí no hay límites. Quiero decir, eso se puede producir en un bar de carretera o en un restaurante de dos estrellas Michelin.

-Galicia ha hecho de la gastronomía un notable reclamo turístico. ¿Qué pontecialidades le ve en ese sentido?

-La diversidad hace a Galicia interesantísima. Y los cocineros -prefiero no decir nombres pero ya toda España conoce a quienes me refiero- cada vez lo hacen mejor y han demostrado que había otras maneras de contar Galicia.