La oferta al foráneo hace inasumible para los portuenses alquilar un piso
15 oct 2022 . Actualizado a las 20:06 h.En cada calle céntrica de Oporto se intercalan una ciudad histórica y otra nueva. Por una parte, los edificios decadentes, de balcones herrumbrosos, mosaicos de azulejo y carpintería agrietada, que se volvieron un símbolo de esta urbe que en la 29.ª edición de los World Traver Awards fue elegida el mejor destino urbano de Europa del 2022. Son fachadas que todos quieren ver, pero que no tantos están dispuestos a habitar. Entre ellas, cada vez con más frecuencia aparecen otras viviendas remodeladas, también de azulejo, pero azulejo reluciente, de colorines, de imitación, que crean un Oporto plastificado, como retocado en Photoshop.
En el barrio de Cedofeita, frente a una de esas flamantes fachadas, dos turistas asiáticos esperan con sus maletas sin saber muy bien adónde llamar. Junto a su puerta, una pequeña señal de AL parece las iniciales del autor que firma todas estas restauraciones. Pero en realidad, AL quiere decir Alojamento Local e indica que el edificio está siendo explotado en plataformas como Airbnb o Booking. Esta licencia permite arrendar un piso o habitación temporalmente, sobre todo a turistas, a pesar de no tener los estándares de la hostelería.
En total, la ciudad cuenta con 9.200 establecimientos de esta categoría. De enero a septiembre, se registraron 1.136 nuevas licencias, 985 de ellas en el centro histórico y el barrio de Bonfim. En respuesta, la Cámara de Oporto propuso suspender nuevos permisos en ambos distritos. El texto de la propuesta sugiere crear «áreas de contención de crecimiento al alojamiento» y apela a la «sostenibilidad, la seguridad y el desarrollo del sector turístico». Asimismo, señalan «las repercusiones en actividades como restauración, comercio, servicios, cultura y eventos», pero también puntualizan que «el alojamiento local en Oporto está lejos de representar una amenaza en comparación con otras ciudades europeas».
Basta con seguir bajando hacia el barrio de A Ribeira para ponerlo en duda. Unas diez personas se reúnen junto al portal que acota una calle privada. Una agente inmobiliaria de la compañía Free Spaces sale a recibirlos para mostrarles un apartamento «al modo americano, open house», según ella describe: el inquilino actual les concede dos horas para que los interesados se encajen en 40 metros cuadrados y resuelvan sus dudas al momento, con mayor o menor diplomacia. «Por cada anuncio, tenemos más de 100 contactos», se justifica la representante de esta compañía que posee cerca de 180 apartamentos en el centro de la ciudad. «Después contactamos con ellos por email para hacer una selección, pero también estamos abiertos a la mejor propuesta». A ver quién da más.
De hecho, no se molestan en notificar las negativas, pero sí guardan los contactos para futuras oportunidades. Así que la búsqueda sigue, normalmente a través de portales de internet como Idealista o Imovirtual. Desde octubre, son muchos los pisos de alojamiento local que pasan a estas plataformas de alquiler a largo plazo. En ellas, los precios parten de los 900 euros al mes por pisos de una sola estancia y la condición principal es que el arrendatario se marche en mayo: «después llega la temporada alta y lo pondremos en Airbnb», explica la propietaria de un garaje transformado en apartamento en el barrio de Campanha.
La representante de Free Spaces explica el contexto: «El gran cambio reside en la distorsión del mercado de alquiler para AL y habitaciones, pues se reduce el mercado, suben los precios y se dan situaciones indignas, ilegales y a menudo inhabitables», dice tras uno de los veranos más turísticos. «Hay demasiada demanda y muy poca oferta, pues la mayor parte de propietarios prefieren alquilar al turista, aunque no puedan».
A esta afluencia turística se añaden los esfuerzos de Portugal por atraer a los llamados «nómadas digitales». Esto provoca que «la ciudad sea inasumible para los portuenses a nivel de alquileres y servicios, con lo que nos mudamos fuera de la ciudad, sin que las entidades reguladoras hagan nada», asegura esta agente.
Un alemán de 24 años que alquila habitaciones también se queja: «Es increíble que en el centro no viva ni un solo portugués joven». A lo que una pintada en una fachada cercana le responde: «Ser propietario no es un negocio digno». Otro comentario perdido pone la puntilla: «Al menos, cuando esta burbuja turística termine, Oporto habrá quedado impecable».