De su dura experiencia como hija y un largo camino de investigación y formación, esta terapeuta, madre de tres hijos, hizo del dolor de su infancia la cabeza de la comunidad Malas Hijas, hoy rebautizada Renacientes. «Si tú a un niño le gritas, y luego no le explicas el porqué, él va a pensar que hay algo malo en él. Es muy fácil que un niño se sienta culpable por el sufrimiento de su madre», advierte
27 ago 2025 . Actualizado a las 19:15 h.Si suena el móvil, la que llama es tu madre y empiezas a hiperventilar, atiende a esas señales en ti antes de responder. «Como dice la psicoanalista Alice Miller, ‘‘el cuerpo nunca miente’’. Si cuando tu madre te llama, sientes ansiedad y se te corta la respiración, algo importante está pasando. Tu sistema nervioso está reaccionando a un trauma», apunta Sandra Sagón, experta en herida materna y relación madre-hija, autora del libro Malas hijas, que da también nombre a una comunidad de adultos dispuestos a tomar conciencia de las marcas de su infancia.
La infancia es, inevitablemente, una patria, pero no todo niño tuvo el juego por bandera y de ese primer patio de colegio de la vida en sus primeras experiencias quedan a veces dulces recuerdos, pero otras veces postillas y curiosas formas de ser y de comportarse. «Hay más familias disfuncionales de las que creemos, de las que a simple vista podemos ver», considera esta terapeuta, con más de 220.000 seguidores en la red.
—Quizá solo hay algo peor, socialmente, que ser «mala madre», y es ser «mala hija». ¿Cómo decidiste dar el paso de crear esta comunidad y escribir «Malas hijas»?
—Me metí en crear Malas Hijas a través de mi experiencia, de una búsqueda de por qué yo sufría tanto, de por qué tenía tantos conflictos en diferentes áreas de mi vida. Mis maternidades me pusieron de frente un dolor insoportable, especialmente la tercera... Al ser una niña, se me disparó el dolor. Buscando soluciones fui a dar con las constelaciones familiares, forma de terapia que trabaja cómo nos relacionamos los diferentes miembros de un sistema familiar. Ahí vi que había un desorden familiar grande en cuanto a la relación con mi madre y con mi padre, y también en la relación con mi pareja y mis hijos.
—¿Qué te aportó esta técnica?
—Empecé a liberar muchísimo dolor, lo que la psicología clínica no me había permitido. Con las constelaciones familiares me liberé de muchísimo dolor y decidí especializarme. Me formé tres años y descubrí a compañeros psicólogos que me decían que solo con la carrera lograban hacer poquito, y que necesitaban especializarse. Yo seguí con las constelaciones, pero me di cuenta de que no era suficiente, de que había un dolor en mí que se me escapaba a la comprensión. Hice una formación en sagrado femenino (conexión con la energía femenina) y en uno de los módulos mi maestra, Carmen Hernández Rosety, sacó el concepto de herida materna. Nunca lo había oído. Empecé a llorar sin consuelo. Me di cuenta de que gran parte de mi dolor enquistado tenía que ver con mi madre, algo que me había negado a ver. Aquí empezó mi andadura para sanar. Comencé mis trabajos de la niña interior y las heridas de la infancia. Tuve que trabajar la herida con mi padre, pero lo que más fue la herida materna. Tras lecturas y talleres de formaciones, fundé la comunidad.
—Sobre la compleja relación entre madres e hijas dio mucho que hablar Blanca Lacasa con «Las hijas horribles». ¿Por qué nos cuesta ver cómo nos marcan los vínculos con quienes nos cuidaron de niños, hay temor?
—Podemos descubrir que tenemos una herida de nuestra relación con la madre o con el padre, en el día a día. Lo podemos comprobar con la pareja, o en la relación con nuestros hijos... Con los hijos es con quienes más lo proyectamos. Nos hacen de espejo. Los hijos nos ponen de frente a nuestra propia infancia. «Mi hijo mueve dentro de mí algo que me duele, que me provoca rabia, malestar», puedes sentir. Es un malestar que no tiene que ver con tu hijo o tu hija, tiene que ver con tu pasado. Los niños nos despiertan. Nos hacen enfadarnos o aplicar la ley del hielo sobre ellos (dejar de hablarles). Pero estas heridas no se ven solo en la relación con los hijos o con la pareja, sino que las podemos ver en nuestros trabajos, cuando entramos en competencia con otros... Sobre todo, entre mujeres. Se ve cuando somos controladoras o perfeccionistas en exceso, o muy críticas con nosotras mismas. O cuando rechazamos nuestro cuerpo, cuando nuestros hijos nos desbordan o esperas que tu pareja haga de ti una persona feliz. Cuando eres complaciente y servicial, cuando eres sumisa, cuando sientes que no mereces...
«Cuando eres adulta, piensas que las cosas las estás haciendo desde lo que quieres realmente, pero si indagas entiendes que no es tu voz, es el discurso de lo que se decía en casa...»
—¿No tienden la mayoría de las mujeres a ser complacientes, serviciales y volcadas más en los demás que en sí mismas, porque así lo aprendemos?
—Todo lo que escuchamos de niñas en casa, sobre todo lo que venía de mamá, esa voz y ese discurso materno, lo interiorizo como algo mío. Cuando eres adulta, piensas que las cosas las estás haciendo desde lo que quieres realmente, pero si indagas entiendes que no es tu voz, es el discurso de lo que se decía en casa. Hay un libro muy bueno de Laura Gutman, El poder del discurso materno, que habla del poder de la madre sobre los hijos. El discurso de mamá te va a gobernar hasta el final de tus días a no ser que de adulto hagas algo por cambiarlo. Y esas cualidades etiquetadas de femeninas (complacencia, sumisión, cuidado...) plantean un falso diálogo, son una herencia. La herida materna es un trauma transgeneracional, que transmiten las mujeres de generación en generación.
—¿A las hijas nos marca entonces más la madre que el padre? Es algo que argumenta Alice Miller.
—Y a los hijos también... Hay una razón biológica. La madre es en principio la principal figura de cuidado. Luego ya entra el padre, cuando tenemos un año y medio o dos. A nivel cognitivo, con esa edad podemos identificar que hay otra figura de apego, pero hasta entonces necesitas a mamá. Sucede como con los animales. Hay un instinto mamífero. Pero están la sociedad y la cultura en que vivimos, en que a las mujeres se les exige no solo maternar y cuidar, sino trabajar, cuidar de su cuerpo, cuidar a su pareja, a sus padres... Al final, a los cachorros humanos no se les acompaña como necesitan.
—Ni a las madres. Si no se cuida a la madre, se descuida a los hijos.
—Evidentemente, no se les da lugar a las madres. Y al final la parte más inocente de esta historia son los niños, porque ellos no pueden escoger.
—¿Cómo se puede ser una madre lo suficientemente buena, sin caer en la negligencia o en la sobreprotectora?
—La sobreprotección también es un abuso, porque, al final, lo que hace la madre que sobreprotege es transmitir sus miedos a sus hijos. Y genera una herida de abandono, porque deja de ver a la criatura como es, solo ve sus propios miedos, sus heridas, proyectadas en sus hijos. Están tan en el «que no te pase nada» que dejan de ver a sus hijos como son. ¿Cómo ser una madre lo suficientemente buena? Lo que prevalece es la presencia. Presencia y conciencia. Las madres son seres humanos y cometen fallos, se equivocan, sufren... Al final, lo que un hijo necesita es una madre presente, que sepa escuchar, entender qué necesidades tienen sus hijos, no las de ella, las de sus hijos. Tener plena conciencia de esas necesidades es ser una madre lo suficientemente buena. Yo soy madre y acompaño a diferentes tipologías de mujeres, soy madre y me equivoco, pero sé pedir perdón y soy capaz de rectificar.
—¿No es suficiente con pedir perdón?
—No vale con «perdona, perdona, perdona», y luego volver a hacer lo mismo. Hay que intentar reparar, tratar de hacerlo de manera diferente.
—¿Una situación cotidiana para mejorar conductas, como el grito?
—A los niños hay que explicárselo todo bien. Si tú a un niño le gritas, y luego no le explicas el porqué de ese grito, él va a pensar que hay algo malo en él. La madre es la que tiene que poner voz a eso que ellos pueden sentir y no entender. Sobre todo, es decir «no es tu culpa». Es muy fácil que los niños se sientan culpables del sufrimiento de su madre. La culpa es algo que nos inculcan. Las personas no nacemos con ese sentimiento. Nos crearon culpa y vergüenza como métodos de control. «No te toques», «no enseñes esa parte de tu cuerpo», «no comas, que te vas a poner...». Todo eso genera culpa. Si eres madre y abres la nevera y solo queda un yogur, ¡qué culpa sientes si te lo quieres comer tú!
—¿Cómo cuidar a una madre anciana si una siente un rencor de la infancia?
—Hay que separar la parte emocional de los cuidados que necesita esa madre, desligarse emocionalmente para darle los cuidados que necesita.
—¿Cómo es una familia sana?
—Un sistema familiar sano es capaz de mantener la cohesión y a la vez ver a cada miembro como un ser distinto. Eso es una familia sana. Lo disfuncional es que no te permitan ser diferente.
—¿Llevamos el sistema familiar al ámbito laboral y de la empresa?
—Las empresas son sistemas y funcionan con unas leyes (de jerarquía, de pertenencia). Hay constelaciones familiares para empresas, porque hay jefes que no trabajan y empleados que se limitan a fichar y no hacer nada más. Esto es disfuncional. Lo mismo que sucede en las familias sucede en las empresas.
—¿Funciona la crianza respetuosa?
—Si quieres entrar en la crianza respetuosa, sánate tú, sana a tu niño interior. Si no, vas a seguir proyectando tu dolor en tus hijos. Veo mucho adulto que se mueve desde sus heridas infantiles.
—¿Por qué duele tomar conciencia?
—Pensar que parte de tu dolor y tus conflictos parten de tu madre es muy doloroso. La persona en la que más has confiado, tu primer amor, la que te ha nutrido desde el minuto cero, ver que ha sido una persona ausente para ti... eso duele mucho. A mí me costó años verlo. Me costó mucho más ver la herida de mi madre que la de mi padre. Todo lo que me pasaba era culpa de mi padre. Cuando me di cuenta de que mi madre había participado en las heridas que yo llevaba, pensé: «Me muero». Me di cuenta de que mi madre no estaba, de que había estado desprotegida ante los malos tratos y el abuso que mi padre cometía conmigo. No es que fuera culpa de mi madre... Yo siempre especifico: «No es culpa de tu madre, pero sí fue su responsabilidad estar presente para ti». Es diferente. Cuando culpabilizas, te estás victimizando, y así no te responsabilizas del cambio.
—¿Reproducimos con las parejas los roles que vimos de pequeños en casa?
—No lo que hemos visto, sino que reproducimos los roles que hemos adoptado. Tú puedes haber tenido unas vivencias, tu hermana las mismas, y tú haberte vuelto la salvadora y tu hermana la «Viva la Virgen». Son roles para sobrevivir, para ser vistas, valoradas y reequilibrar el sistema familiar. Si mamá estaba depresiva, no había nadie que me cuidara; por lo tanto, yo la cuido a ella y salvo la relación. Como yo salvo a mamá, de adulta busco parejas a las que tener que salvar. Yo fui el vertedero emocional de mi madre, por lo que voy a buscar a un hombre que tenga debilidades que yo pueda salvar.
—¿Pero lo podemos cambiar?
—Sí. He pasado por dos matrimonios. A mi segundo marido, con el que estoy, ya no necesito salvarlo.
—¿Existen las familias perfectas?
—Duda si ves algo así... En todas las familias hay conflictos, pero deben ser conflictos sanos. Los conflictos sanos nos permiten llegar a acuerdos. Los conflictos tóxicos solo te hacen sufrir.