El proyecto nació ya con la oposición de Egipto y Sudán
10 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.La central hidráulica más grande África ya es una realidad en Etiopía. La Gran Presa del Renacimiento es el nuevo símbolo nacional del país, con el que incluso esperan incluso potenciar el turismo. La obra faraónica mide 145 metros de alto y ocupa unos 1.874 kilómetros cuadrados. Y, lo más importante para miles de etíopes, cuenta con una capacidad de generación de 5.150 megavatios. Además, el lago artificial Nigat (amanecer en amárico) tendrá una capacidad para almacenar 74.000 millones de metros cúbicos de agua.
«Etiopía ha hecho historia», proclamó desde la ciudad de Guba el primer ministro del país, Abiy Ahmed. El inicio de la actividad completa de la presa —genera energía parcialmente desde el 2022— cambiará la vida de miles de ciudadanos, sobre todo la de los residentes en zonas rurales, que no conocen la vida con un suministro eléctrico estable. Un 60 % de los 135 millones de habitantes de este país no cuenta con este servicio.
La población es consciente de su importancia desde que el proyecto echó a andar en mayo del 2013. Parte de los 4.800 millones de dólares (4.100 en euros) provienen de donaciones de particulares y de bonos adquiridos por los etíopes. Aunque muchos no disfrutarán de este avance en clave energética. Etiopía cerró en el 2022 una cruenta guerra civil que enfrentó al Ejecutivo con las Frente de Liberación Popular de Tigray, una región del país, y que provocó la muerte de 600.000 personas.
La construcción de la presa es ya una parte considerable de la vida del ingeniero mecánico Moges Yeshiwas, que contó a la BBC que pasó una década de su vida inmerso en este proyecto. «Nuestros turnos iban de siete de la mañana a siete de la tarde, con solo una hora de descanso para comer. Luego nos relevaba el equipo de noche, porque el trabajo tenía que continuar las 24 horas del día», destacó.

Las expectativas del Gobierno van más allá de mejorar la red eléctrica de Etiopía. También apuntan a exportar energía a países vecinos como Sudán del Sur —su Ejecutivo ya confirmó que importarán este servicio— Yibuti, Sudán, Egipto y, con la infraestructura de suministro adecuada, a Estados de Oriente Medio.
Pero la presa nunca ha sido bien recibida por los países vecinos con los que Etiopía comparte el Nilo. Y es que, río abajo, ya con el Azul desembocado —el 85 % del agua proviene de este gran afluente—, se encuentran Sudán y Egipto. La práctica totalidad de los habitantes del país de las pirámides se abastece del agua dulce del río más largo del mundo.
El Gobierno egipcio ya dejó claro ayer en una carta a la ONU que se reserva el derecho a tomar medidas. En El Cairo ven en la presa un intento etíope de «controlar unilateralmente» —en una carta a Naciones Unidas del Ministerio de Exteriores— la gestión hídrica del Nilo. Egipto recupera la época colonial para reclamar sus «derechos históricos naturales» sobre el río, basados principalmente en un tratado de 1929 entre el país egipcio y el Reino Unido y otro, de 1959, entre el Estado norteafricano y Sudán. Ambos documentos acreditan la gestión del agua del Nilo a Egipto y, sobre todo, establecen que cualquier obra hidráulica debe contar con el visto bueno tanto de los egipcios como de los sudaneses.
La diplomacia, eso sí, se invocó hasta hace poco. Los tres vecinos del Nilo comenzaron negociaciones para tratar el asunto de la presa en el 2015, pero el empecinamiento de Etiopía con su Presa de la Resurrección imposibilitó cualquier acuerdo.