Fatou Sarr sufrió racismo desde niña: «A los 15 años un chico me dijo: "Me gustas, pero no puedo salir con una negra"»

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ANGEL MANSO

El «bullying» se convirtió en el pan nuestro de cada día para ella. «Cuando iba a la biblioteca me insultaban y me escupían», dice esta joven coruñesa que cree que estas situaciones de maltrato acabaron definiendo su personalidad: «Siempre estaba a la defensiva»

20 ene 2026 . Actualizado a las 09:16 h.

Fatou Sarr llegó a A Coruña siendo muy pequeña. Con apenas 7 años se vino a España porque su padre ya se había establecido en Galicia. Apenas tiene recuerdos de Senegal, porque ella es española. No solo lo acredita su DNI, sino también porque aquí es donde se ha criado, ha ido al colegio, se ha formado y trabaja. También es aquí donde tiene sus amistades. No hay nada que la una al país donde nació, salvo los orígenes de su familia. Pero cuenta que el color de su piel es motivo suficiente para que, quienes no la conocen, la traten como extranjera. Y desde el principio ya se sintió diferente a los demás niños: «En mi barrio no había niños negros en el colegio y percibía que yo era un poco el bicho raro, aunque es verdad que también me encontré a gente que estaba por la labor de ayudar» . Un concepto que tiene muchas connotaciones y ninguna buena: «En esa época, el hecho de ser diferente la gente lo llevaba mal. Y tuve experiencias malas. Lo peor fue en el colegio. Sufrí bullying. Me hacían el vacío, se metían con mi pelo, aunque es verdad que tenía un grupo de gente con la que tenía muy buen rollo. Pero más allá de ellos, todo era muy complicado. Por ejemplo, por las tardes cuando iba a la biblioteca, me insultaban y me escupían. Era gente de mi edad, y a veces, incluso traían a sus primos y hermanos pequeños para escupirme y cosas así».

Fatou nunca entendió por qué la trataban así: «Si hubiera hecho algo malo y específico, pues al menos tendría sentido. Pero después, por desgracia, entendí que era porque era negra y diferente. Y punto. No había ninguna especie de razón lógica para que yo estuviese pasando por eso. Y una vez que lo asimilé, ya tiré con ello y lo llevé bastante mejor». Aun así, Fatou reconoce que estos hechos definieron su personalidad. «Yo fui aparcando estos episodios, porque no me quedaba otra. No podía dejar de ir a clase, de estudiar o de hacer mis cosas. Y es verdad que muchos días me levantaba para ir a clase y no me apetecía nada. Pero tenía que seguir yendo. Lo que sí, me cambió el carácter», indica. ¿En qué sentido? «Pasé de ser una niña más dulce y risueña a estar siempre a la defensiva y alerta. Era un estado en el que no podía estar tranquila nunca. Siempre tenía que estar pendiente. Y así estuve bastantes años. Pero cuando más me afectó fue de adulta, porque esos traumas siempre afloran una vez que te relajas. Me afectó a mi salud mental», comenta.

La adolescencia

Fatou reconoce que no conserva amigos de su etapa escolar: «De mi cole, ninguno. Del instituto, queda alguna gente». Aunque afirma que la situación no mejoró a medida que fue cumpliendo años. «En el instituto las cosas fueron igual o incluso, a veces, peor. Coincidió con la adolescencia y luego también tuve profesores que no colaboraron. Esa fue mi época más macarra, por llamarlo de alguna manera, porque siempre estaba a la defensiva y llevaba muy mal, por ejemplo, las figuras de autoridad. No entendía que un profesor te gritara o te hablara como si fueses una mierda, hablando mal y pronto. Nunca he sentido que nadie me defendiese, entonces siempre me estaba defendiendo yo e incluso, a veces, defendía a gente que ni me iba ni me venía, porque lo consideraba una injusticia». Y ahonda más en el tema: «Eso me afectaba bastante, porque he tenido profesores que eran racistas, pero como tenía que aprobar la asignatura, pues me los tenía que comer con patatas. Aunque a veces, no me callaba».

Fatou también sufrió el rechazo de un chico que se le declaró cuando tenía 15 años. «Me dijo:Me gustas, pero no puedo salir con la negra. Quedaría un poco raro y mis amigos se meterían conmigo. También a una amiga le pasó que cuando su pareja le presentó a sus padres, el padre de él le dijo que esperaba que no tuviera hijos con ella, porque no quería tener nietos negros. Y que creía que era una época de rebeldía, porque él ya tenía que saber que en su familia no se mezclaban», indica. Unos comentarios que cuesta mucho creer que se sigan haciendo en pleno siglo XXI.

A pesar de todo esto, esta joven coruñesa siguió con su formación. «Después del instituto, hice un ciclo superior de Turismo, y aunque en estos momentos no estoy trabajando, siempre he tenido trabajos de recepción y administración durante estos años. También, en una agencia de viajes», comenta. Y reconoce que tiene la suficiente preparación, experiencia y formación para no sentirse discriminada: «Considero que hago bien mi trabajo. Y hablo bastantes idiomas: español, gallego, wólof, francés, inglés y me defiendo en portugués».

Además, reconoce que en los últimos años, el racismo ha cambiado. Ya no es como antes: «Ahora es diferente, aunque considero que últimamente se está volviendo un poco a la época del racismo chungo, por todas estas ideologías políticas que están saliendo. Antes era la gente mayor la que era más racista, quizás por ignorancia, por miedo a lo que no conocen. Y en el caso de mi etapa del cole era porque los niños también son muy crueles. Pero ahora, con este auge que hay contra los inmigrantes en general, y sobre todo contra los negros y los moros, veo que es más racista la gente joven. Y eso me da mucha pena». «Además yo tengo la tríada perfecta para que me puedan discriminar, porque soy mujer, negra y musulmana. Pero es verdad que ahora ya no es como antes. Tú, antes, te subías en un bus y veías a las señoras que se agarraban el bolso. O sabías que si te sentabas en un bus o en un tren, ibas a ir solo porque nadie iba a querer sentarse contigo. Era más directo. Ahora, al mismo tiempo, está mal visto ser racista. Entonces, la gente intenta disimular que lo es. Y te hace cosas de una manera más sutil», cuenta, mientras pone algún ejemplo. «Si se enteran que soy musulmana, ya me preguntan que por qué no llevo velo o me dicen que como mi padre vive aquí, pues que entonces ya no me obliga a llevarlo. Comentan cosas así por desconocimiento. Cuando tú llevas el velo si quieres y, si no, pues no. O te van soltando pequeñas pullitas como “la gente como tú”, o “vosotros en musulmania”... Yo creo que ahora hay más racismo por la religión que por el color de la piel», indica.

También es algo repetitivo su lugar de procedencia: «Me molesta mucho que me pregunten de dónde soy. Y nunca digo que soy de aquí. Siempre tengo que sentirme obligada a decir que soy de un país que apenas conozco. O cuando tengo que ir a hacer gestiones administrativas siempre me dicen: “El NIE o lo que tengas”. ¿Quién le dice a esa persona que yo no tengo DNI como ella? Son pequeños detalles que parecen tonterías, pero si llevas escuchando esas mismas tonterías desde los 7 años, llega un punto que te cansas».