Carla Rogel, madre sola: «Embarazada de seis meses rompí mi relación, la sensación de soledad era más fuerte en pareja»
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A los 40 sintió el latigazo del instinto y a los 45 logró tener a su hija por ovodonación, tras todo un proceso y una adopción frustrada. Cuando vio que podía existir maternidad sin pareja y cambió el chip de la familia convencional, tuvo presente su realidad: «Yo soy el único fuego y el único sueldo en casa»
27 ene 2026 . Actualizado a las 15:12 h.No diría que ser madre fue un sueño. Un sueño para Carla fue dedicarse al cine. Pero la idea de tener un hijo, que llegó en la madurez de los 40, fue «más bien un deseo». El instinto maternal le cayó como un relámpago al cuerpo de esta doctora en Comunicación Audiovisual, experta en nuevas narrativas y autora de Madre sola podcast que es madre en solitario de una niña de poco más de 2 años, Julia, concebida por ovodonación tras un proceso de adopción frustrada en Costa de Marfil.
«Muchas mujeres se identifican con la expresión madre soltera por elección. A mí me parece que tiene algo de eufemismo. Somos madres solteras por elección, pero estamos solas en la maternidad», expone Carla sobre una realidad en alza que arroja estos datos: en España hay casi dos millones de hogares monoparentales, el 81% de ellos encabezados por mujeres.
La Asociación de Madres Solteras por Elección amplía esa red de apoyo con la que cuentan buena parte de las mujeres que crían en solitario en este país. «Casi todas tenemos red de apoyo. En mi caso, son mi madre y mis hermanas, pero al final el hogar lo tienes que calentar tú sola», señala esta madrileña de raíces gallegas, criada en una familia numerosa de cuatro hijos, que ve «injusto que las familias monoparentales no estén equiparadas a las numerosas».
En casa de Carla solo viven ella y su pequeña, Julia. Estar sola ante el trabajo de criar, por más que se haga con el amor más incondicional, pesa. El peso a veces es mayor si la pareja es un lastre o fuente de conflicto constante. Más que el techo de cristal del ámbito laboral, hoy a las madres las limita esa «losa de hormigón en casa» que identificó la economista Laura Sagnier.
«Pero no veo excesiva diferencia con conocidas y amigas que tienen pareja. La carga mental aún no se comparte en muchos casos. Me parece que es difícil llegar a una corresponsabilidad real. Yo, como no espero nada de nadie como padre, sé que estoy sola y no me decepciono. Creo que, incluso en parejas que tienen la voluntad de afrontar la paternidad de la mejor manera, llegan a esa realidad en que la carga mental no se comparte, no con la misma intensidad», manifiesta.
Urgencias de pediatría le ayuda a dibujar un panorama general. «En la mayoría de los casos, lo que veo es que es la madre la que está pendiente de si al hijo le toca ibuprofeno o paracetamol. Muchas veces, solo había madres y en bastantes ocasiones en las que el que estaba era el hombre tenía que llamar a su mujer para preguntarle cosas básicas», cuenta Carla sobre esas visitas hospitalarias sobrevenidas con su pequeña.
Carla no decidió ser madre sola. «Lo soy porque mis parejas no me correspondieron en mi voluntad de ser madre. Mi punto de partida es, digamos, menos empoderado», considera.
A esta mujer, nacida en 1977, le costó «muchísimo» decidirse a cumplir el deseo de ser madre sola, confrontar esa posibilidad con las referencias de una época en que lo «natural» era aún tener hijos. Carla creció en una familia numerosa, junto a tres hermanos. «También tuve una relación muy larga y di por sentado que seríamos padres juntos. Recuperarme del mazazo que fue no serlo me resultó difícil», comparte esta comunicadora que siguió aferrada, como pasa a menudo con lo que mamamos desde niños, al molde de la familia tradicional. «Tuve una segunda pareja y repetí la expectativa. Y fue de nuevo otro mazazo, pero diferente. Decidí ser madre en solitario cuando todavía éramos pareja. Él no quería participar de la paternidad y habíamos pactado, de alguna forma, seguir juntos. Pero rompí con él cuando estaba embarazada de seis meses», relata.
«Es injusto que las familias monoparentales no estemos equiparadas a las numerosas»
EL PESO DE LA EXPECTATIVA
La gente alrededor le decía «no te quedes sola». Pero para Carla «era más dolorosa la sensación de soledad estando en pareja». Es fuerte el daño de la falsa expectativa: «Constantemente yo esperaba, esperaba, esperaba y no recibía». Ese desacomodo se desbloqueó un Fin de Año, en que, cual propósito en firme, se decidió al fin: «Voy a tener un hijo sola. Tengo que hacerlo yo sola de verdad. En realidad estoy sola, pero en una falsa compañía».
Su pareja se había comprometido a ayudarla, pero eso no era lo que Carla quería, sino «un compañero de vida». «Yo siempre digo que yo no entraba en los planes de mi pareja. Por una parte, me vi en la necesidad de romper con esa sensación de falso acompañamiento. Y, por otra, pensaba que me merecía estar con mi hija y que ella creciese con personas alrededor que la quisieran muchísimo», revela.
La red de Carla es valiosa. La que tiene ahora es la misma con la que contó desde que supo que iba a ser madre. Es la red de sus padres y sus hermanas, «fundamental». La decisión de congelar sus óvulos, que finalmente no cuajó, y de ser madre no la tomó en absoluto a la ligera. «Al igual que soy el único fuego, soy el único sueldo que entra en casa», no perdió nunca de vista esta cabeza de familia. Esto empujaba en dirección contraria a su instinto, a currárselo «mucho» en el trabajo para no arriesgarse a perderlo.
«Llegaron a bromear diciéndome que había estado a punto de dar a luz en la oficina», cuenta. Quedarse hasta el último momento, «con una anemia galopante y diabetes gestacional» no la hizo conservar el puesto. La despidieron y tuvo que volver a empezar.
«Nosotras somos las capitanas de la realidad cotidiana —afirma—. Yo, como proveedora de recursos en mi casa, soy el todo o nada», subraya quien hizo con Madre sola el proyecto más personal de su vida. En este pódcast da cancha a su necesidad de contar lo que vive, «la maternidad como una absoluta sacudida vital». Le pareció que su testimonio podía ser útil a otras. «Porque cuando di el paso había mucha información sobre técnicas de reproducción asistida pero faltaba un enfoque emocional. Yo en el pódcast he puesto mis tripas a disposición de todo el mundo, cuento la parte de las miserias y esas barreras psicológicas de ser madre en unas condiciones en las que nunca me habría imaginado». Y quiso, además, dejar un legado a su mi hija, unas «miguitas de pan para ella».
En su odisea maternal Carla vivió un capítulo de adopción monoparental frustrada en Costa de Marfil. «Y valió la pena porque en ese que yo llamo mi viaje iniciático me fui al otro lado del mundo a buscar a mi hija», asegura.
En su hija de dos años y medio ve crecer cada día la sonrisa que más adora. Julia es la niña de esa sonrisa que a Carla le costó varias batallas duras.
Cuando se quedó embarazada trabajaba en un medio de comunicación «prestigiosísimo en el que se abogaba por la conciliación como la única manera de permitir a las mujeres escalar y tener puestos de relevancia». Carla era la responsable de márketing y la despidieron «sin motivo, asumiendo que lo hacían de forma improcedente» cuando su hija tenía poco más de un año.
Ella que había llegado a comulgar con una expresión de la que, a día de hoy, se arrepiente («que mi hija no se me notara») se da cuenta de que los hijos se notan. Se nos notan, especialmente a las madres. «Yo lo que en la guardería no veo es padres con miedo a perder el trabajo por sus hijos, y eso sí lo veo en las madres. Es un miedo a una amenaza real que yo he vivido en primera persona», concluye esta madre que actualmente no tiene pareja y lidia con la dificultad de encontrar tiempo en exclusiva para ella.
Dice que «no tiene la palabra de todas las madres solas», que cuenta solo su experiencia. Y no omite que su red familiar de ayuda la hace sentirse privilegiada. «Mi madre podría estar dirigiendo el Gobierno y no se alteraría», bromea Carla, que acusa sobre todo «el alto coste emocional» que tiene ser madre sola, aparte del económico.
En su hija Julia, Carla ve un gesto idéntico a otro que solía hacer su abuela Rosario, de 99 años, de San Cibrao das Viñas, donde habita el paraíso de todos los veranos de su infancia, que su hija hace brillar hoy como nunca.