Mario y Pedro cruzaron los Andes en silla adaptada: «Son nuestros hijos y hacemos todo por ellos, pero que toda esa gente esté dispuesta a llegar de últimos por empujarlos.... Es increíble»

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Gonzalo Barral

Han sido las primeras personas con movilidad reducida en participar, y terminar, El Cruce, la carrera de montaña más dura de Argentina, y uno de los «trail» por etapas más grandes del mundo

24 ene 2026 . Actualizado a las 10:54 h.

Han conseguido lo imposible. El mayor reto de sus vidas, hasta ahora. Lo que comenzó como una locura divertida acabó siendo una hazaña digna de documental. Mario y Pedro, dos jóvenes gallegos con parálisis cerebral, acaban de escribir una página de la historia deportiva al convertirse en las primeras personas con movilidad reducida en participar en El Cruce, en Argentina, una de las carreras de montaña más duras y legendarias del planeta. Entre glaciares, volcanes y desniveles que ponen a prueba cuerpo y cabeza, abrieron el camino de la discapacidad en los Andes, en el confín del hemisferio sur, y demostraron que el espíritu aventurero gallego también sabe correr entre montañas imposibles. En sus sillas adaptadas y empujados por 16 corredores completaron los 100 kilómetros del trail running por etapas más grande del mundo.

 Hace más de un año que José Luis, el padre de Mario y un apasionado de las carreras, le comentó a su amiga Silvia que le encantaría hacer la de El Cruce, en Argentina. Ella le dijo que era uno de sus sueños, y fue más allá. «Estaría muy bien ir con los niños», le soltó ella. Y esta idea, que era medio sueño medio locura, fue cogiendo forma. Primero, se la comentó a Eva, la madre de Pedro y compañera de aventuras, que bromea con su espíritu aventurero. «Desde luego, de mi cabeza no sale esta idea, para mí el mayor riesgo es ir al cine sin comprar la entrada primero», señala Eva, que reconoce estar ya hecha a las locuras de José Luis, que «siempre anda buscando retos cada vez más imposibles».

Hablaron con la organización, les plantearon algo que nunca se había planteado, ni hecho, para que lo valoraran con el equipo técnico, de seguridad... Y no solo recibieron un ok, sino que les mostraron todo el interés. «Yo tomé conciencia cuando llegó un dosier de la organización en el que ponía que les gustaría que Mario y Pedro fueran a El Cruce, y no solo eso, sino que nos estaban poniendo un montón de facilidades y muy interesados en que fuéramos», cuenta Eva, a la que no le quedó más remedio que tragar saliva cuando José Luis le dijo que todo estaba en marcha, porque estaba convencida, y así se lo dijo a su marido, de que esa carrera no se podía hacer en silla.

«Lo que más me gustó es que Mario y Pedro iban a ser los primeros», apunta Eva. Era una motivación extra y un sentido «a muchos años de lucha». «Pedro tiene 22 años, el mes que viene hace 23, y he recibido muchos noes, todo el mundo me cerraba las puertas en las escuelas de atletismo. «“No puede, no puede, aquí no tenemos recursos...”, me decían. Yo siempre he tenido referentes para que esas barreras se fueran rompiendo. Me fijaba en otros deportistas con parálisis cerebral que sí que acudían a clubes, que sí que entrenaban... Ahora es muy normal ver a personas con parálisis cerebral corriendo, pero hace cinco no, ni diez tampoco. Te presentabas con un niño así, en carro, y no te dejaban ni salir. Veía a Álex Roca, en Barcelona, José Manuel Roas, en Sevilla... y pensaba: “Si ellos lo hacen...”. Si tu patología te lo permite, porque dentro de la parálisis cerebral a veces clínicamente es complicado, pero no es el caso de Pedro y Mario. A mí se me hacían los ojos chiribitas, a un nivel muy egoísta como madre, lo reconozco, al pensar que mi hijo junto con Mario fueran algún día ese referente para otras madres». Ese sueño estaba a punto de cumplirse. 

UNA INTENSA PREPARACIÓN

Con el subidón de la videollamada con la organización, se pusieron manos a la obra, con el foco puesto en la preparación física y en los trámites, que no eran pocos. Enseguida se les unieron muchos integrantes de Empujando Sonrisas, su tribu incondicional, amigos, corredores profesionales, incluso las personas que les ayudaron a prepararse. «Dicen que estos niños tienen discapacidad... Yo les veo una capacidad enorme de hacer magia. Familias que se liaron la manta a la cabeza, que rompieron la hucha del cerdito, que renunciaron a sus vacaciones en otro lugar, o que las pidieron para ver a Mario y Pedro entrar por la meta», cuenta Eva.

La ilusión los llevó a entrenar cinco días a la semana. Iban al gimnasio, salían a correr, también por la montaña, sabían que se enfrentaban a 100 kilómetros en tres días con desniveles superiores a 1.500 metros positivos y empujando un carro. El freno lo encontraron a nivel burocrático. «Ahora parece que todo fue muy bonito y muy fácil, pero hasta que no recibimos el correo de Iberia en el que nos ayudaba con parte de los vuelos, nos cansamos de recibir noes. Todos los días había un correo con uno. Para nosotros era muy importante ese patrocinio, porque era fundamental que nos acompañaran las personas que siempre nos acompañan a las carreras, especialmente a Mario, que llevan desde el 2017 corriendo con nosotros, y que siempre se han pagado sus dorsales, su gasolina por venir a empujar a Mario. Queríamos que esto fuera un premio, un reconocimiento para toda esa gente. Era fundamental la labor del patrocinador, porque el coste de un billete a Argentina es altísimo, los hoteles, los dorsales... », cuenta José Luis, que admite que hubo momentos de desesperación, de ver muchos frentes abiertos durante meses en los que no se acababa de concretar nada. Pero ese correo de Iberia (les subvencionó 11 billetes) fue el verdadero pistoletazo de salida. «Eso permitió que todo el mundo se pudiera subir al avión».

Al mismo tiempo, también aparecieron algunos temores. «A mí me daba miedo todo. José Luis y Paula, su mujer, eran deportistas, y cuando Mario llegó de Etiopía lo introdujeron en su día a día, pero en nuestro caso fue al revés. Nosotros no lo éramos y quien nos sacó de la zona de confort fue Pedro. En una carrera vimos que le hacía feliz correr, y a partir de ahí empezamos. Y me daba miedo, porque Mario está acostumbrado a la silla, pero Pedro en su día a día no la utiliza, y a medida que fui viendo vídeos, veía que aquello iba a ser duro». José Luis tampoco oculta el vértigo que le entraba cada vez que pensaba en lo que se venía: «Al primero que se lo conté, una persona de la Fundación Challenge, me dijo: “Me parece maravilloso, pero una locura”. Por la dificultad que tenía y también porque ellos no tienen los medios técnicos para hacerlo posible. Si a mí un mes antes me enseñan el recorrido, posiblemente diga: “No sé si iremos”. Sabíamos que era duro, muy difícil, que había zonas complejas... Pero es que el nivel de dificultad era muy alto».

El grupo, en la salida de la carrera, el pasado mes de diciembre en la Patagonia argentina.
El grupo, en la salida de la carrera, el pasado mes de diciembre en la Patagonia argentina.

El 1 de diciembre los 37 integrantes del grupo, de ellos 16 corredores, estaban en la Patagonia argentina, en plena cordillera de los Andes, dispuestos a comenzar la carrera. Estaban preocupados por el tiempo, pero como dice José Luis, Mario hizo de nuevo magia y no cayó una gota durante el recorrido. De lo contrario se hubiera complicado todavía más.

En alguna de las etapas el camino se estrechaba y tuvieron que recolocarse para poder pasar empujando las sillas.
En alguna de las etapas el camino se estrechaba y tuvieron que recolocarse para poder pasar empujando las sillas.

La prioridad siempre fue el bienestar de los chicos, y ellos «estaban felices». «Mario, cuanta más dificultad, mejor se lo pasa. Es un poco cabroncete, cuando nos ve sufrir, se divierte mucho. Se lo pasó como nunca porque el nivel de dificultad era máximo», dice José Luis, que recuerda la emoción que sintió cuando su mujer les dijo unas palabras a los corredores antes de la salida. «Dejo a Mario en vuestras manos, porque sé que vais a caeros vosotros antes de que se caiga él. Pondríais vuestra vida por delante de la del niño».

 Al final de cada etapa, Eva y Paula, las madres de Pedro y Mario, y el resto del grupo, los esperaban en la meta. El equipo de corredores dormía en los campamentos que había a lo largo del recorrido, menos Mario y Pedro que lo hicieron en unos hoteles cercanos, donde comían y descansaban como requiere su patología. Y al día siguiente se unían al equipo en la línea de salida. Cada vez más agotados y cada vez más ilusionados. Era como una bola de ilusión que iba contagiando al grupo. Con ellos, dos periodistas de un medio de comunicación nacional, que a nivel personal decidieron acompañarlos desde que empezaron a entrenar para grabar cada segundo y hacer un documental relatando la proeza que estaban a punto de conseguir. En la última etapa, las madres de los deportistas se unieron. «Uf, la experiencia más brutal que he vivido en mi vida. No solo en los 22 años que tiene Pedro, sino en toda mi vida. Me siento tan afortunada y agradecida que a veces hasta tengo un poquito de sentimiento de culpa por vivir estas cosas gracias a Pedro. A mí no me gusta correr, pero había que correr. No todo el rato, porque hay zonas por las que es inviable, ni siquiera los corredores de montaña más expertos iban corriendo... Caminar, correr, caminar... Llega un momento en que las fuerzas no te dan para más. Yo empecé a llorar en el kilómetro cinco y hasta que llegué a la meta no paré», relata Eva.

El equipo, formado por 17 corredores, sujetando las sillas para cruzar el río en uno de los momentos del recorrido.
El equipo, formado por 17 corredores, sujetando las sillas para cruzar el río en uno de los momentos del recorrido.

«Al final, —continúa— por muy amigos que sean y por mucho que nos acompañen, a mí me sigue sorprendiendo que 15 personas que tienen sus familias, sus amigos, que hacen montaña, que son expertos, que podían haber hecho esto por su cuenta y hacer unos tiempos, ver que se dejaron las piernas, la piel... Que yo les decía: “Chicos, paramos”, y respondían: “Hemos venido a jugar y jugamos”. Los veías con los gemelos reventados, tirando de las sillas, porque iban enganchados cuatro delante y dos detrás, que había momentos en que no entraban porque eran senderos muy estrechos, y enseguida se adelantaban unos a otros, se colocaban... Un gran trabajo en equipo, todos esforzándose para que mi hijo cumpliera ese reto... Imagínate lo que es eso para una madre».

Mario y Pedro fueron recibidos como héroes al cruzar la meta de la carrera en Argentina.
Mario y Pedro fueron recibidos como héroes al cruzar la meta de la carrera en Argentina.

Y, además, viendo que Pedro y Mario no podían estar más felices. Al cruzar la meta les hicieron un pasillo. Los trataron como dos héroes que acaban de conseguir lo imposible. No era para menos. Se abrazaron, lloraron, y lloraron. «Cuando vi que llegamos todos sin ninguna lesión, sin ningún rasguño, porque yo todo el tiempo sufría por ellos, me parecía increíble que lo hubiéramos conseguido», señala José Luis. Y en ese momento fue inevitable no pensar en esas primeras citas en el Materno, cuando tras recibir un diagnóstico, todo pintaba negro, sin futuro, como si se acabara la vida... Pero allí en medio de la Patagonia brindaron por visibilizar que se puede, que se puede disfrutar de la vida de otra manera, que puede ser distinta, pero no tiene que ser peor, por ver que puedes ayudar a otras personas que quizás están pasando por lo que ellos pasaron antes. «Para mí es un orgullo que sea mi hijo, pero es un orgullo que estemos tan bien acompañados. Al final, son nuestros hijos y hacemos todo por ellos, como cualquier padre, pero que toda esa gente esté dispuesta a llegar de últimos en las carreras, a pagar su dorsal, para empujar a nuestro hijo... Eso es increíble», reflexiona José Luis.

Se sacaron fotos, lo disfrutaron, se abrazaron, mucho, y no quedó nadie sin llorar. Antes de continuar con la celebración, se fueron a duchar. Llevaban tres días durmiendo en campamentos, sin duchas, sin wifi... En el salón que tenían reservado para la ocasión, uno a uno fueron tomando la palabra, y sin poder contener las lágrimas, llegó el turno de Mateo, 12 años, el más pequeño de la expedición. «El sueño de mi vida cuando sea mayor es ser como vosotros y seguir empujando a Mario». Unas palabras que si cabe pusieron más emoción al momento. 

DOS GESTOS DE GENEROSIDAD

De la Patagonia se desplazaron a Buenos Aires, donde se quedaron tres días gracias, en parte, a los patrocinios que habían conseguido —Minor Hoteles les proporcionaron noches de hotel, la tienda de A Coruña Marathon, las zapatillas para los corredores...— para poder descansar en condiciones antes de emprender el camino de vuelta. Pero antes de despedirse, Eva y Alberto decidieron donar la silla de Pedro, que les había comprado la correduría de seguros coruñesa Unirrasa para poder participar en la carrera, a la Fundación Challenge.«Nosotros, en todo momento, sabíamos que se iba a quedar allí. No tiene sentido que yo quiera que Pedro sea un referente de subir a la montaña, y no dejar herramientas. Allí no las hay, y aunque las hubiera, estas familias no tienen recursos económicos —este tipo de sillas cuestan sobre 5.000 euros—. Abrir caminos y romper barreras también es mostrar que hay material, equipamiento para hacer las cosas mejor. Nada más dejarla, al día siguiente nos enviaron un vídeo de una chica, a la que le gustaba mucho la montaña y hacía mucho senderismo, y debido a la esclerosis múltiple hacía años que no podía hacerlo. Y esta mujer pudo volver a la montaña».

Sin la silla de Pedro, se fueron a la capital. Allí, Fernando, el padre de Alejo, un niño de 10 años con parálisis cerebral, al que José Luis y Paula conocían de las redes sociales, les propuso participar en una carrera popular que justo se celebraba esos días. «Antes de ir nos dijo que le hacía mucha ilusión que participáramos con Alejo y con él. Yo se lo planteé al equipo, les dije: “Chicos, seguramente estemos reventados para levantarnos para hacer una carrera, pero me dicen esto...”. Durante un día hubo un silencio administrativo en el grupo. Y de repente Manu, uno de los que corre con nosotros desde hace tiempo, dijo: “Nos podemos arrepentir de no haber ido a esa carrera. Vamos a estar, posiblemente, una vez en Buenos Aires, nos va a dar igual madrugar y si a ese chico le hace ilusión que corramos con él, se merece que lo hagamos”. Al minuto estábamos todos inscribiéndonos en la carrera».

José Luis, el padre de Mario, en silla, con Eva y Pedro, hace unos días en A Coruña
José Luis, el padre de Mario, en silla, con Eva y Pedro, hace unos días en A Coruña GONZALO BARRAL

En la prueba, conocieron en persona a Fernando y a Alejo, y vieron la silla con la que corría, una silla que con todo el cariño del mundo su padre había mandado fabricar artesanalmente. «Durante la carrera, de repente Félix, otro corredor, dio una curva y se le salió una rueda y se cayó la silla. Él aguantó con fuerza y no le pasó nada a Alejo. En ese momento, mi mujer se le acercó al niño y le dijo: “Nunca más se te va a caer la rueda”, y pensé: “Nos quedamos sin silla”. Y ahí dejamos la silla, y bien dejada está. El padre superemocionado... Fue lo mejor que pudimos haber hecho».

El equipo, liderado por Mario y Pedro, aunque sin las sillas adaptadas de correr, se subió al avión de vuelta a casa, donde José Luis confiesa que durante unos días tuvo que esconderse para salir a correr sin que lo viera su hijo, que ponía pucheros, si se enteraba de que se iba sin él. No será por mucho tiempo, porque ya hay empresas que se han puesto en contacto para colaborar con ellos en la adquisición de sillas nuevas para Mario y Pedro. Una la ha sufragado una empresa coruñesa que prefiere mantenerse en el anonimato, y de la mitad de la otra se ha hecho cargo Surfing Colors.

Y las han conseguido de la manera que ellos querían, gracias al interés de otros en sus valores y en lo que hacen, no recolectando dinero. «Intentamos explicar que esto no va de eso, no se trata de visibilizar la discapacidad, está más que visible hoy en día, lo que hay que visibilizar son las barreras que tenemos a la hora de poder hacer las cosas como los demás. En los recursos. Un deportista no puede depender de la solidaridad de la gente o de que tú puedas o no. Una amiga me decía que no lo entendía, porque esto es diferente. Y le dije: “No, es diferente para ti, ¿pero a que tú no pedirías una ayuda a tus vecinos para comprar una bici a tu hijo o para que fuese a jugar a baloncesto?”», reflexiona Eva.

Y aunque en tiempo récord han conseguido tener nuevas sillas, advierten: «A lo mejor dentro de un año o año y medio, estas sillas encuentran a otras personas que las necesitan más y las volveremos a dejar».