Noemí Navarro: «Descubrí que tenía autismo con 35 años y entendí por qué me agotaba estar con gente»
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Una charla le cambió la vida. Se vio identificada con lo que le estaban contando y sus sospechas se hicieron realidad: «Saberlo me ayudó a no exigirme tanto y a darle a los demás una explicación de mi comportamiento»
05 abr 2026 . Actualizado a las 19:20 h.Noemí Navarro jamás tuvo la mínima sospecha de que podía tener autismo. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Pero hace ahora cinco años entendió muchas cosas. «Lo descubrí con 35. Fue a raíz de diagnosticar a mi hijo Mateo un par de años antes. Empecé a informarme y a hacer divulgación en redes sobre ello. Encontré a una mujer que había descubierto que tenía autismo cuando ya era adulta y me pareció supercurioso. Entonces decidí entrevistarla. Y todo lo que decía y contaba me resonaba muchísimo. Eran pequeñas cosas que me habían pasado desapercibidas. Así que cuando acabé la entrevista, le pregunté dónde se había hecho las pruebas, porque quería salir de dudas», indica. Ella se reconocía en muchos aspectos: «Lo primordial era el agotamiento físico que me produce la exposición social. Me agota estar con gente. Y eso que estoy acostumbrada y llevo toda la vida haciéndolo, pero nunca me había dado cuenta de lo que me implicaba a nivel físico».« Soy muy deportista, pero para mí estar en un cumpleaños con 40 o 50 personas y tener que socializar, me cansa muchísimo más que correr un maratón. Lo que pasa es que no lo notaba hasta el día siguiente. Y siempre creía que era por un problema de falta de vitaminas», explica. También dice que otro aspecto muy revelador fue el sensitivo: «Soy tremendamente sensible al silencio. Para mí, es como mi estado perfecto. Me gusta mucho estar en silencio y la soledad». Y continúa: «Por ejemplo, nunca he tenido un grupo de amigas grande, pero es que tampoco lo necesito y no lo he echado en falta. Soy una persona bastante independiente a todos los niveles. Mi plan perfecto es estar sola o estar con mis hijos»
Ante esta situación, decidió hacer se las pruebas para saber si tenía autismo: «Consistían en un montón de evaluaciones y también en entrevistas personales. Una de ellas fue a mi madre y cuando terminé le pregunté qué es lo que había contestado. Ella me dijo: “Me preguntaron cosas de ti que no recordaba, pero cuando las he recordado he visto a Mateo. Me recorrían escalofríos por el cuerpo, porque nunca he sido tan consciente de cómo eras tú hasta que he conocido a mi propio nieto”». Tres meses después de eso, Noemí recibió su diagnóstico. Estaba dentro del espectro autista, en nivel 1 y sin discapacidad intelectual. Un diagnóstico que para ella resultó liberador: «Me ayudó, sobre todo, para poder dar una explicación a mi entorno de determinados comportamientos míos que a nivel social no se entendían y por los que he sido juzgada. Porque es verdad que soy una persona que voy mucho a lo mío y la gente piensa que no me interesan los demás, pero es que no me doy cuenta. Eso me ha provocado muchos malentendidos a lo largo de mi vida». «Le pasa a muchas mujeres que viven dentro del espectro autista. Que ven que no encajan y se sienten bichos raros y, de pronto, en el autismo encuentran una respuesta», comenta. A pesar de su diagnóstico, Noemí decidió seguir siendo cómo es y así se lo dijo a su terapeuta: «Me gusta como soy, pero saber que tengo autismo me ayuda a no exigirme tanto y a no juzgarme. Y también le da a los demás un contexto y una explicación un poco más profunda que el simple hecho de que piensen que soy egoísta y que voy a lo mío».
Otra de las cuestiones que ha ido descubriendo con el paso del tiempo es que, después de un estímulo muy grande o de un momento muy estresante, Noemí se queda sin habla: «Las palabras no me salen. Es como que mi cerebro no manda ninguna información relevante a mi garganta para que hable. Y sé que me tengo que retirar un rato, coger aire y esperar a que se me baje ese nivel de estrés».
MATRÍCULAS DE HONOR
Noemí tampoco tuvo problemas académicos durante su etapa de estudiante, más bien todo lo contrario. «Siempre he sacado las mejores notas de clase. Acabé bachillerato con matrícula de honor. Y en la universidad tenía la nota más alta. Para mí estudiar era un placer. Me encantaba. Eso le ocurre a muchas mujeres autistas. Lo que pasa es que no es muy llamativo a nivel social, pero que te encanten los cohetes o las lavadoras, como le pasa a los chicos, pues llama más la atención», explica. Porque existe una gran diferencia en cuanto al género en estos casos, según explica. «Dicen que el autismo está más presente en chicos que en chicas y no es verdad. Lo que pasa es que el autismo en mujeres y en hombres es diferente. Siempre que no haya una discapacidad intelectual, ellas tienen la parte social mucho más desarrollada. Son capaces de enmascararlo y de que pase mucho más desapercibido». Y pone un ejemplo: «Hay algo fundamental y común en los autistas, que se conoce como los intereses especiales, que es cuando hay un hiperfoco en algo. Consiste en que son capaces de pasar muchas horas en un tema que les apasiona. A mi hijo, por ejemplo, le encantan los gallos. Pero a lo mejor en el caso de una niña autista, su hiperfoco es estudiar. Y eso ya pasa más desapercibido». «El hiperfoco es diferente en las niñas y en los niños. Ellas son capaces de imitar al que tienen delante, mientras que los niños no. Eso hace que muchas niñas crezcan sin diagnóstico y sin acompañamiento, con muchas depresiones y ansiedad, porque están intentando encajar en un mundo que no está hecho para ellas», comenta.
A raíz del diagnóstico de su hijo, Noemí decidió centrar todos sus esfuerzos en que se conozca el trastorno del espectro del autismo (TEA) y que no se vea como una enfermedad, porque no lo es. Por eso fundó Madretea: «El autismo es un gran desconocido. Hay muchos grados. Y es una condición de vida. No es una enfermedad, porque te acompañará el resto de tu vida y no existe cura. Es una manera de entender el mundo. Lo que pasa es que muchas veces viene asociado a una discapacidad intelectual, y entonces se mezclan muchas cosas». «Quien lo tiene presenta, sobre todo, dificultades en la comunicación, en la manera de recibir la información de fuera, en los sentidos y en los intereses especiales, que es el hiperfoco que hablábamos antes. Pero el autismo no es lo que nos han contado. No es esa persona dependiente que no puede valerse por sí misma. Es un espectro superamplio», indica.
«La primera persona que conocí con autismo fue mi hijo. Y cuando lo diagnosticaron me desmayé, porque no entendía nada. Mi hijo no cuadraba con la imagen que tenía de una persona autista. Era un niño independiente, aunque es verdad que no hablaba, pero tampoco le daba demasiada importancia porque tenía solo año y medio», comenta, mientras habla de la incomprensión de la sociedad. «También tiene, a veces, estereotipias, que son movimientos irregulares. O escapismo y corre en cualquier dirección. Eso todavía hay mucha gente que no lo comprende y que te mira mal», señala. «El otro día tuvo una crisis y cuando un niño de 2 años se pone a patalear, pues todos lo entendemos, pero cuando es uno de 10 años que me llega a la barbilla, pues todo el mundo te mira. Hay gente que lo hace con ganas de ayudar, pero otra está pensando qué mal educado está. Y creo que deberíamos tener una mirada mucho más amable con lo que no entendemos», comenta. E invita a todas las personas que estén desbordadas por la situación y que necesiten ayuda a acudir a Madretea. «Hay muchos padres que están perdidos y no saben qué hacer. Y Madretea es el lugar que a mí me hubiera gustado encontrar cuando me diagnosticaron autismo. Es un espacio donde las familias puedan encontrar información clara y recursos», concluye.