Mónica Fraga, superviviente de un cáncer de pulmón: «Sin el tratamiento experimental al que me sometí no habría cumplido los 47»
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El equipo de la doctora Rosario García Campelo, un referente en la investigación de esta enfermedad, encontró el ensayo clínico perfecto para ella: «Entré en el hospital con un pie en la tumba y acertaron de pleno. Ya son familia»
13 abr 2026 . Actualizado a las 20:16 h.Mónica Fraga es de esas mujeres que están hechas de una pasta especial. Una luchadora que solo sabe afrontar con valentía, coraje y una sonrisa los retos que le ha deparado la vida. Que no son pocos. Ahora nos recibe con muy buenas noticias: «Me han dicho que todo sigue favorablemente. Así que muy bien». Nadie mejor que ella sabe lo difícil que ha sido poder llegar a esta realidad. Un auténtico milagro, en este caso, reencarnado en el equipo de la doctora Rosario García Campelo, del servicio de Oncología del Chuac. «Santa Charo Campelo», como dice ella. Porque fue esta doctora, un referente en la investigación del cáncer de pulmón, y su equipo los que encontraron una solución a su caso, que tenía muy mal pronóstico. Mónica tiene muy claro que, sin ellos, ella no viviría para contarlo.
«El tumor primario es de pleura, en el pulmón. A pesar de que nunca he fumado, tampoco bebo y llevo una vida sana ni tengo antecedentes de ningún tipo. Me tocó a mí y ya está. Tenía 46 años cuando fui diagnosticada —ahora tiene 52—, pero el año anterior ya empecé a notar cosas. Se me extendió por la médula, aunque yo en ese momento no tenía ni idea. Me provocó una serie de lesiones en el cerebro, que me las están tratando ahora con quimio oral», cuenta Mónica.
«Al principio, lo único que tenía era vértigo. Subía las escaleras y, de repente, me mareaba. Después, me empezó a doler muchísimo la espalda. Me dolía horrores por varios puntos, no solo por uno. Al final, resultó que tenía cuatro tumores en la espalda. De arriba abajo. Uno de ellos me rompió una vértebra y me atascó otra. Iba al médico y me decían que eran contracturas, porque eso no se ve con una radiografía normal. Hasta que llegó un punto en que no podía andar. Y se me acumularon los síntomas. Perdí también la audición del oído izquierdo, tuve una pequeña parálisis facial, que sigo padeciendo a día de hoy...».
Con este cuadro clínico se presentó a la cita que tenía en el neurólogo: «La verdad es que a la neuróloga le tengo que dar mil gracias, porque estuve con ella una hora en la consulta y ya me dijo que no estaba bien, que tenía que ir inmediatamente a urgencias al Chuac. En aquel momento mi hija tenía 7 años, así que la dejé en casa y le dije: “Cariño, vuelvo dentro de un rato que voy al médico”. Y tardé dos meses en volver. Es que es muy duro...». Mónica ya ingresó esa misma noche: «Me tiré dos meses en el hospital y ahí ya fue cuando me detectaron todo. No era capaz de ponerme en pie, me caí delante de los neurólogos. Al ver mi situación me dijeron que no me podían operar, porque me podía quedar parapléjica. Entonces, decidieron darme radioterapia urgente, para que no me quedara en una silla de ruedas».
El peor escenario
«Imagínate mi cara. Me eché a llorar. Porque ya me dijeron que era un cáncer de pulmón en fase 4 y con metástasis. Lo primero que pensé fue en mi hija, en cómo iba a dejar a una niña de 7 años sin su madre. Porque cuando te dicen que tienes cáncer, en lo primero que piensas es en la muerte. Aunque luego te das cuenta de que no. Pero yo lloré y lloré. Y a los médicos les dije que hicieran todo lo que pudieran por salvarme», relata. Al día siguiente, Mónica recibió su primera sesión de radioterapia y se tuvo que adaptar a esa nueva realidad: «Pedí ayuda de todo tipo. Ayuda psiquiátrica y psicológica. Y me la dieron. Una vez que llegué a oncología tuve un par de semanas de incertidumbre. Me dieron medicación y me quitaron el dolor. Eso fue superimportante. Y un día me dijeron: “Mónica, creemos que tenemos algo para ti. Es una medicación experimental y si quieres, puedes entrar en el ensayo clínico. Nosotros creemos que es perfecto para ti”. Y acertaron de pleno».
La palabra esperanza llamó a su puerta. Mientras ella seguía en el hospital, sin darse por vencida: «Cogí una goma de pilates y empecé a trabajar con ella, haciendo ejercicios. Entre lo que yo hacía y lo que hablaba con los médicos, se me fue pasando el tiempo, hasta que un día me dije a mí misma que el cáncer no era la muerte, sino el comienzo de una nueva vida. Y a partir de ahí me relajé un poco», cuenta.
Mónica está convencida de que si no se hubiera sometido a ese tratamiento, las cosas no hubieran sido iguales para ella: «Estoy segurísima de que no estaría aquí. Entré en el hospital con un pie en la tumba, prácticamente. Te aseguro que si no me hubiera sometido a ese tratamiento, ya no habría cumplido los 47 años». Los médicos siempre intentaron animar a Mónica, pero a su marido sí que le informaron de la gravedad de la situación: «Se lo pusieron muy duro. Pero desde el primer momento que me sometí al tratamiento vi que la medicación empezaba a hacer efecto y que ya no tenía dolor. Lo llevé todo mucho mejor».
Nuevo tratamiento
«Ahora ese tratamiento ya dejó de hacerme efecto. Estuve casi cinco años con él. Llevamos un año intentando otra cosa. Al final, lo acabaron encontrando. Digamos que estoy recibiendo el mismo tratamiento que antes, pero de una generación superior. Y aparte estoy con quimioterapia, tengo la combinación de ambas cosas. Y la verdad es que fenomenal. Me acaban de dar buenas noticias y me salió la resonancia bien», confiesa con una sonrisa en la cara, porque para ella la palabra futuro tiene mucho de presente.
«Yo vivo el día a día. Pero eso es lo que hay que hacer. Con el cáncer lloras mucho y sufres mucho. Tienes días buenos y días malos. Algunos tienes que estar en cama y otros no, pero yo llevo una vida normal», indica. Y relata todo lo que hace en su día a día: «No puedo conducir, porque tengo una lesión en el cerebro, pero llevo a mi hija al instituto y vamos andando. Hago pilates, voy caminando hasta el centro de A Coruña, que es media hora..., hago la comida, la compra, tengo una vida normal. Y tengo una buena calidad de vida, que es importante. Salgo a cenar y a bailar, no aguantaré hasta las cuatro de la mañana, pero es que tampoco lo necesito».
La única espina que le queda es no poder seguir dando clases de inglés, como a ella le gustaría: «Soy profesora de inglés vocacional. Y cuando me llaman algunos de mis niños, siempre digo: “¡Oh, Dios mío! ¡Se han acordado de mí!”. Los echo mucho de menos. Porque además soy una persona muy sociable. Y todos han estado conmigo durante este tiempo, arropándome. No tengo más que palabras buenas para todo el mundo. Para mí, la gente del Chuac... la verdad es que chapó. Es mi familia».
«La investigación es superimportante y a mí me salvó la vida. Yo entiendo que hay que invertir los fondos del Gobierno en muchas cosas, pero es fundamental la educación y la medicina. Se han salvado muchas vidas gracias a la investigación. Además, en medicina va todo muy rápido. Yo ahora tengo algo crónico, el cáncer convive conmigo aunque está controlado, pero a lo mejor en un futuro inventan algo que lo haga desaparecer. Y eso solo se logrará con la investigación», indica. Mientras eso no llega, Mónica sigue dando gracias cada día por poder contarlo. Por poder sonreír, por poder salir a cenar, por pasar el rato con una buena charla y, sobre todo, por seguir viendo crecer a su hija y disfrutar de su familia.