Beatriz López: «Tuve que renunciar a ser madre porque yo sola no podía y no tenía red de apoyo»

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Lo que peor llevó Beatriz López fue la incomprensión. Su entorno no entendía el dolor que sentía por no poder tener hijos
Lo que peor llevó Beatriz López fue la incomprensión. Su entorno no entendía el dolor que sentía por no poder tener hijos -

Quería tener tres hijos y ya había elegido sus nombres, pero no encontró a la persona adecuada y cuando valoró hacerlo en solitario se dio cuenta de que el sistema no se lo ponía nada fácil: «Al no poder, caes en la incomprensión: "Con lo bien que vives, para qué quieres hijos", me decían»

04 jun 2026 . Actualizado a las 09:00 h.

A Beatriz le encantan los niños y siempre anheló ser madre algún día. Pero en ese deseo incluía también el de tener una pareja estable: «Siempre lo he asociado con una relación que funcionara y que, de una forma natural, decidiéramos formar una familia. Para mí tener hijos significaba eso. Y esperas toda la vida a que pase. Pero el tiempo va corriendo y no encuentras a esa persona con la que tener hijos». Ese ha sido el primer obstáculo que esta madrileña se ha encontrado en la vida para no tener descendencia. «Como los niños me han gustado desde siempre, nunca ha sido un problema para mí quedarme al cuidado de ellos. Lo he hecho tanto con los hijos de mis amigas como con mis ahijados... y me he pasado fines de semana con ellos. Estoy feliz de seguir formando parte de sus vidas. Pero llegó un momento en el que me di cuenta de que tenía más de 40 años y que no había encontrado a la persona con la que formar la familia que tanto deseaba. Entonces, fue cuando me planteé la maternidad en solitario», comenta.

Pero se dio de bruces con la realidad, y llegó a la conclusión de que con el ritmo de vida de Madrid, ser madre soltera sin apoyo de ningún tipo sería casi un suicidio: «Tal y como están montadas las cosas, especialmente en Madrid, es muy difícil criar a un hijo en solitario. Yo me vi sola, porque mis padres son muy mayores, y empecé a ver qué implicaba a nivel de trabajo. Me planteé pedir una jornada reducida y la hubiera podido solicitar, pero tengo claro que hubieran tardado cero coma en despedirme. Entonces, me di cuenta de que por mi situación laboral, no me lo podía permitir».

«Empecé a ver que económicamente no podía y que tampoco tenía disponibilidad de tiempo. Por ejemplo, tardo una hora en llegar de mi casa al trabajo. Y si no llego a tiempo, tampoco podría dejar a mi hijo con nadie. O si se pone malo y tiene que ir al médico, lo tienes que dejar en casa y no lo puedes llevar a la guardería... Al final, tuve que renunciar a ser madre. Me di cuenta de que sola no podía y que no tenía una red de apoyo para poder planteármelo», comenta.

También reconoce que tampoco lo tuvo fácil a la hora de recurrir a la reproducción asistida en la sanidad pública debido a su edad en ese momento: «Antes si eras una mujer sola, mayor, de equis años y querías tener un hijo, tenías que recurrir a una clínica privada, con los precios que te marcan ellos. Me planteé endeudarme para conseguirlo, pero tampoco nadie me aseguraba que me iba a quedar embarazada. En el mejor de los casos, en esa época costaba el tratamiento unos 12.000 euros. Eso si todo iba más o menos bien. Pero podías verte intentándolo a la primera, a la segunda, a la tercera... o no funcionar nunca. Y la verdad es que tiré la toalla. Hay veces que tienes que decir que no puedes».

Beatriz no cree que hubiera tenido una imposibilidad física para quedarse embarazada, pero sus circunstancias, unidas al sistema, que no se lo ha puesto fácil, la han abocado a tener que renunciar a su deseo de ser madre: «Físicamente no tenía ningún problema para tener hijos. Pero o los tienes con una pareja o los tienes a través de una clínica de fertilidad. Y en mi caso, no se ha dado ninguna de las dos opciones. Entonces, tomé la decisión de renunciar a ser madre. No veía otra salida». «Conozco algún caso, el de una chica en concreto, que trabajaba en una clínica de fertilidad, que se fue a vivir con sus padres, porque si no, era imposible. Pero yo no tenía esa realidad», añade.

«El proceso es lo que más duele porque son muchos años. Primero, los de espera a ver si encuentras a una persona con la que poder formar una familia, siempre tienes confianza, y piensas: ‘‘¡Cómo no va a pasar!’’. Iba a tener tres hijos y ya tenía hasta los nombres elegidos. Pero al ver que esa opción no llegaba, y que yo tampoco podía, eso te va haciendo daño y te hace caer en la incomprensión», comenta, mientras profundiza un poco más. «Siempre me encontraba con la misma respuesta: ‘‘Con lo bien que vives’’, ‘‘pero, ¿para qué quieres hijos?’’, “si yo lo hubiera sabido”... y eso es un come, come», dice.

El día de la madre

Beatriz cuenta que ha vivido muchas situaciones de ese estilo y optó por no dar más explicaciones. «Muchas veces no lo entiende ni tu entorno más cercano. Y la respuesta siempre es: ‘‘Con lo bien que estás, ya me gustaría a mí’’. Al final, terminas diciendo: ‘‘Bueno, ya está, se acabó’’. Porque te sientes muy incomprendida y el proceso de renunciar te lleva mucho tiempo. También tuve que aceptar que gente que me quiere, no lo entienda», explica.

«A veces, los demás hacen y dicen cosas sin querer. A mí a día de hoy me duele menos y soy capaz de afrontar situaciones que antes me costaban mucho. Pero, por ejemplo, el Día de la Madre, cuando en los grupos de WhatsApp felicitan a las amigas, todavía me escuece», dice. «Es como que tienes ahí una cicatriz, que ya no te duele como antes, pero la tocas y está ahí. Te recuerda a algo que te ha dolido mucho. Entonces, resulta muy difícil ser partícipe de ese tipo de conversaciones. Y luego también ves que amigas tuyas han sido madres tardías, con 44 o 45 años. Y tú piensas: ‘‘Jo, han podido...’’. Esas cosas te van doliendo a lo largo de tu camino», indica.

«Sé que si me hubiera quedado embarazada, habría tirado para adelante. Pero me he visto en situaciones en las que no veía por dónde tirar. Y lo más difícil es saber que has querido algo y que no lo has podido conseguir. Tienes esa frustración. Y, a la vez, tienes que convivir con el de al lado que sí ha podido. Y esa mezcla es difícil. Te alegras por el otro, pero también te da un poco de rabia. Piensas: “¿Por qué el otro sí pudo y yo no?”. Y claro, tienes que seguir manteniendo una relación con esa persona», añade. «Ha habido veces que me he tenido que distanciar, porque sentía cierta rabia hacia lo que la otra persona tenía y no era justo. Entiendo que la otra persona no tiene la culpa de que le hayan salido las cosas, pero he tenido que distanciarme porque emocionalmente me dolía mucho», cuenta.

Un momento definitivo para Beatriz fue la llegada de la menopausia: «Mi cuerpo ya me estaba diciendo que hasta aquí». Y, de alguna manera, se sintió liberada. «He ido también a mucha terapia y me ayudó encontrar el grupo de La vida sin hijos, porque vi que hay otras mujeres como yo, que me entendían».