Vicente Ferrio, el ingeniero que define «el síndrome del lunes eterno»: «Es un error que toda la vida gire en torno a un puesto de trabajo»
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«Para algunos la vida empieza el viernes por la tarde y acaba el domingo por la noche», advierte este ingeniero de Caminos que dio el salto a la comunicación para emprendedores tras 20 años de carrera en proyectos internacionales
14 jul 2026 . Actualizado a las 13:07 h.El lunes no solo tiene cara. Existe un «efecto lunes», que afecta en especial a los que sienten que la vida empieza el viernes por la tarde y se acaba el domingo por la noche. «En ese caso, no es que odies los lunes. Es que vas al trabajo en piloto automático, desconectado de ti», resume Vicente Ferrio (Granada, 1974), antes ingeniero de Caminos, hoy experto en emprendimiento y liderazgo. El autor de El síndrome del buscador estuvo 20 años gestionando proyectos de infraestructura en ocho países antes de dar un giro hacia el desarrollo personal y la mentoría para emprendedores.
Un día se vio atrapado en un aeropuerto de México en mitad de una tormenta, su vuelo a São Paulo cancelado. Y eso no cambió todo, lo cambió a él. «A veces vivimos en piloto automático el día a día, es frecuente, en una carrera sin fin. Yo lo tenía todo y me sentía vacío», cuenta Vicente. Su nuevo libro, Soy más que mi trabajo, se arma de casos reales, reflexiones y ejercicios prácticos para proponernos un examen sin notas. ¿Materia? Revisar esa idea que tenemos de nosotros, de qué somos si nos preguntan y nos tenemos que «vender».
—¿No somos entonces lo que hacemos?
—No. Nos han hecho confundir nuestro valor con el valor de lo que hacemos profesionalmente, de la productividad. Cómo te defines a través de tu trabajo es algo en lo que hay que pararse, porque a veces es una trampa silenciosa, que alimenta la insatisfacción laboral crónica y nos desconecta de lo que realmente llevamos dentro.
—Lo que hacemos es importante...
—Pero a veces lo que haces profesionalmente se convierte en el centro de tu identidad. Y sin darnos cuenta ocurre que hipotecamos nuestro bienestar, nuestra felicidad, a que se nos reconozca, a la espera del «éxito laboral», que es cada vez más incierto... Yo creo que el quid de la cuestión es este: confundir nuestro trabajo con nuestra identidad. ¿Cómo nos enseñan a presentarnos? Con una profesión, con un cargo, con el nombre de una empresa... Dices: «Soy ingeniero, periodista, abogado...».
—¿Cuál es el problema?
—Que un puesto puede darte un sueldo, estructura, reconocimiento, pero no siempre nos da la verdad de lo que somos. A mí me pasó en la etapa de ingeniero, que llega un momento en que te miras al espejo y sientes, o al menos yo lo sentí así, que estaba cumpliendo por fuera, pero me estaba apagando yo sin darme cuenta.
—Cuando te gusta tu trabajo, puedes sentirte tan afortunado que le entregues más tiempo y energía que al resto de tu vida. ¿Hay que poner límites en esa entrega?
—Sí, es muy difícil cuando son trabajos bonitos y apasionantes. Hay personas que consiguen disfrutar del trabajo sin que sea vocacional. De hecho, una de las trampas que nos han metido en la cabeza es que solo puedes disfrutar de un trabajo si es tu gran vocación. Y mucha gente que no trabaje de lo suyo puede acabar en una empresa que no tiene nada que ver con lo que ha estudiado haciendo un trabajo digno y con alcance. Y puede encontrar satisfacción en lo que hace. Para cuando vengan mal dadas, hay que tener siempre un plan b profesional. Hay que estar atentos y preparando, sin entrar en pánico, escenarios diferentes de eso que conocemos como algo bajo control y seguro.
—¿No es preciso tener algo de vocación en lo que hacemos?
—Sí. Es importante tener esa vocación, o al menos crearla. La vocación es como el propósito, que hemos malentendido porque a veces se toma como un don con el que se nace o un tesoro que se encuentra. Lo de «encuentra tu propósito para la vida». Creo que eso, más que buscarlo, hay que crearlo. Vocación tiene que ver con la llamada del corazón. No quiere decir que tengas que dedicarte a algo con lo que has soñado desde niño.
—¿Tendemos mucho a compararnos?
—Nos comparamos con otros, pero nunca de forma completa. Te gustaría tener la capacidad que ves en alguien para tratar con las personas o una bonita familia..., pero no nos comparamos al cien por cien. No te cambiarías al cien por cien por otro, el pack completo. Es importante ser nuestro propio referente. Con lo que somos y lo que tenemos aprendido en la vida, podemos preguntarnos qué podemos aportar nosotros al margen de nuestro trabajo, para que eso sea un complemento a la labor por la que nos pagan el sueldo. Hay muchas personas que dicen: «Pues no se me ocurre nada más, ¿qué puedo hacer más que lo que hago? Y fíjate que planificamos en la vida muchas cosas... viajes, compras, mudanzas. Y en cambio dejamos sin planificar lo que es más importante, nuestra vida. Sería interesante que nos tomáramos un día el tiempo de coger una hoja en blanco y escribir en ella todo lo que hemos hecho hasta el momento (proyectos, libros que has leído, cosas que has hecho, personas que has conocido, viajes...). No hablo solo de lo profesional, sino de eso que nos hace únicos e irrepetibles.
«Todos tenemos, en general, dos grandes etapas en nuestra vida profesional. No se enfoca igual el trabajo a los 25 que a los 40»
—Hablas del «despido interior». ¿Cómo lo explicas?
—Es la desconexión de lo que hacemos si no encontramos en el trabajo el espacio para el crecimiento personal.
—No se trata, dices, de «dar más, rendir más», sino de ponerse en valor. ¿Debemos mostrarnos como somos ante nuestros compañeros y jefes, o «editarnos» con una estrategia?
—Creo que debemos mostrarnos como somos, especialmente en esta época en que el foco está en la apariencia. Hay que perder el miedo a vendernos con honestidad. Nuestra propuesta de valor es lo que nos va a permitir diferenciarnos en un mercado laboral competido y que es frágil y cambiante. El primer paso es: deja de pensar en tu cargo, en las tareas que haces día a día. Pregúntate: qué cambio genero cuando aparezco en un proyecto o en un problema. Esa propuesta de valor no va solo de lo que sabemos, sino de lo que hacemos posible en los demás. Cada uno tiene su habilidad, y debe identificarla. Todos tenemos ocho tipos de inteligencia, pero tú te destacas por una o dos.
—¿Hay que saber «venderse»?
—Hay que contar lo que uno aporta. Tenemos miedo a vendernos. Está mal visto, pero es muy importante que comuniques lo que aportas. Nos han educado para creer que si tú trabajas bien alguien va a darse cuenta tarde o temprano. Y no, tienes que decirlo. Con decir «soy ingeniero» o «soy periodista» o «consultor» no dices nada. Tienes que decir más, sin complejos. Lo importante es comunicar bien lo que aportas. No es ego, es madurez. Un poquito de ego es importante para defender tu sitio y convivir con otras personas. Hay profesionales valiosísimos que se frustran porque su trabajo no les da el lugar que merecen. A veces hay que crear ese lugar fuera. No podemos delegar en una empresa la necesidad de vernos realizados.
—No vemos igual el trabajo a los 30 que a los 50. ¿Es natural?
—Claro. Todos tenemos, en general, dos grandes etapas en nuestra vida profesional. Una es de aprendizaje y exploración, cuando no te importa que te carguen de trabajo, o que te paguen más o menos. Pero llegas a un punto en que buscas realización, libertad e iniciativa. Entonces es importante hacerse esta pregunta: «¿Qué soy más allá de mi trabajo?». Porque hay personas que se jubilan y no saben en qué ocupar el tiempo... Por eso es vital hacerse la pregunta. Solo el 13 % de los profesionales dicen sentirse comprometidos con lo que hacen, y el 90 % de los millennials van a cambiar de trabajo en los próximos tres años. Imagina qué diferente a hace unos años, con el concepto de un trabajo para toda la vida. Tienes que preguntarte lo que quieres, si no alguien va a responder a la pregunta por ti. Lo peor es tomar grandes decisiones en caliente. Yo en este libro insisto en emprender a tiempo parcial, al margen de lo que hacemos para la empresa que nos paga. Hay que salir del piloto automático para prevenir el síndrome del lunes eterno.