Lucía, mi pediatra: «Antes de los 13 años ya hay que hablar a nuestros hijos de sexualidad, alcohol y drogas»
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Llega la época «más transformadora» y con ella el conflicto. Es inevitable. Lucía Galán explica qué pasa en la cabeza de tu hijo y qué necesita en estos momentos: «La configuración de su cerebro les impide reflexionar. Lo que prima es la impulsividad»
06 oct 2026 . Actualizado a las 10:03 h.En una jornada maratoniana, entre entrevistas y consultas, así pasa la mañana Lucía Galán Bertrand (Oviedo, 1978). Mucho más conocida por todos como Lucía, mi pediatra, esta doctora, divulgadora y escritora acaba de publicar su último libro Adolescencia, con la finalidad de ayudar a todos los padres que tienen hijos en esta etapa «transformadora», pero también la más temida.
—¿Cómo definirías este momento de cambio de niños a adultos?
—Es la época más transformadora, convulsa e intensa de la vida de nuestros hijos. Y de la nuestra como padres. Estamos cansados de oír términos como la edad del pavo, la aborrescencia, como si fuese una enfermedad que haya que pasar, por eso he querido escribir este libro desde el optimismo. Pero también desde la necesidad de que los adultos entiendan qué es lo que está pasando dentro del cuerpo y del cerebro de nuestros hijos para que estemos a la altura de las circunstancias y sepamos acompañarlos adecuadamente. Porque, efectivamente, son diez años de mucha intensidad, en el que el conocimiento nos salva.
—¿Tanto dura la adolescencia, diez años?
—Pues depende de la edad en la que empiecen. Pero sí. Entran en la pubertad entre los 10 y los 11 años. Y los últimos estudios nos dicen que ese cerebro no termina de estructurarse hasta los 20 o 25 años, con lo cual diez años no nos los quita nadie. Pero la etapa más intensa es desde los 13 hasta los 17. Hay una etapa antes, que es la preadolescencia, y luego hay muchos jóvenes que de los 17 a los 21 necesitan mucho conocimiento por parte de sus adultos, deben estar presentes y disponibles.
—Dices que es importante que los padres conozcan los cambios de sus hijos, ¿qué es lo que pasa en el cerebro de estos jóvenes?
—Qué no pasa. Porque les pasa de todo. Primero se producen una serie de cambios físicos, para los que ni siquiera ellos están preparados. Todo su cuerpo sufre una metamorfosis. A nivel corporal, a los chicos les sale vello, les cambia la voz, crecen diez centímetros al año, sus genitales también cambian. Pero, además, a nivel neurológico, la adolescencia es una búsqueda insaciable de su identidad intelectual, ideológica, sexual y emocional. Se produce lo que llamamos la poda neuronal, que es un concepto fascinante de la neurobiología.
—¿En qué consiste?
—Durante la infancia, los niños acumulan muchísima información, y se establecen millones de conexiones sinápticas entre las neuronas en función del entorno que han vivido, del ambiente y del conocimiento adquirido. Pero cuando llega la adolescencia, el cerebro interpreta toda esa información que no necesita para conformar su identidad de adulto. Entonces, sufre una poda literal de las neuronas, de las conexiones que no van a necesitar cuando sea adulto. Por eso, muchos padres dicen que ya no reconocen a su niño, ya no es lo cariñoso que era de pequeño, tiene unos comportamientos que no son propios de él... Sí son propios de él, lo que pasa es que son propios del adolescente que está a punto de convertirse. Y esa poda neuronal se va a hacer en función de lo que viven en su entorno. Si tiene unos padres que están presentes, que están disponibles, que son comunicativos, y vive en un hogar donde se establecen pactos, donde hay unos límites y, al mismo tiempo, unas consecuencias, pero también el adolescente sabe que es un lugar seguro y que si tiene algún problema, lo van a ayudar y que, al mismo tiempo, sus padres son unas personas coherentes, amables y educadas, pues su cerebro se va a configurar basándose en esas referencias.
—¿Qué pasa si no es así?
—Si los adultos no están presentes, si hay un autoritarismo que les impida hablar naturalmente y sin que lo juzguen, si todo es un enfrentamiento, un juicio y un ataque y los padres no muestran interés por la vida de sus hijos, entonces el adolescente buscará un referente fuera de su casa. Y lo normal es que lo haga entre sus amistades. Entonces, la poda neuronal irá en torno a los valores que encuentre fuera. Y la situación puede cambiar de forma importante si elegimos acompañar sus años de adolescencia, que ni él se entiende, o lo dejamos al libre albedrío.
—¿Hasta ese punto es importante la adolescencia?
—Es como la pista de despegue de un avión. Si está llena de piedras, de obstáculos y de dificultades, el inicio de ese vuelo puede ser muy accidentado e incluso tener consecuencias dramáticas. Si ese niño adolescente empieza a rodar en una pista con unos límites bien señalizados y con personas que lo sostienen y lo entienden, pero que también lo ayudan a rectificar la trayectoria cuando parece que está desviando el vuelo, tiene muchas más posibilidades de que ese vuelo sea libre, pleno y seguro. Por eso es tan importante que en la adolescencia sigamos poniendo límites y señales en la carretera, para que nuestros hijos sepan por dónde moverse. No podemos abandonar al adolescente diciéndole que ya es mayor y que haga lo que quiera, porque no son mayores todavía. Ese cerebro es tremendamente inmaduro para tomar decisiones con criterio.
—Pero, en cambio, hay ciertas situaciones en las que tendrán que enfrentarse ellos solos...
—La adolescencia es la primera vez en la que un padre ve cómo sus hijos se van a enfrentar a situaciones importantes solos. El participar o no en un botellón es una decisión que van a tomar en un segundo. El subirse a un coche de una persona que ha bebido, el protegerse en una relación sexual o no protegerse, también lo van a decidir en un segundo. Y todo esto no va a ser fruto de la casualidad, sino de la siembra que hemos ido haciendo en los años previos, abriendo conversaciones que, a veces, son incómodas para los padres, pero necesariamente hay que abordar, como el tema de la sexualidad, del alcohol, de las drogas, de las salidas nocturnas... Aunque se deben establecer unos límites coherentes al entorno social donde vive el niño y la edad que tiene. Todo ese trabajo previo hay que hacerlo antes de la adolescencia. No podemos llegar a los 13 años y decir que vamos a hablar de sexualidad, porque probablemente ese niño ya sepa muchas cosas y la fuente de información no has sido tú.
—¿Con qué edad hay que abordarlos?
—Pues en el momento en el que ellos tengan curiosidad, tengan la edad que tengan. Porque igual que a un niño de 5 años le respondemos cuando te preguntan de dónde vienen los bebés, hay que abordar también esas respuestas en la adolescencia adaptándola siempre a la madurez y a la edad del niño. No podemos contestar con un «cuando seas mayor ya lo sabrás», porque entonces ese niño aprende que a determinadas preguntas no va a obtener la respuesta de sus padres. Y buscará la información fuera. El mensaje es justo el contrario: «Tengas la duda que tengas, primero pregúntanos a nosotros». Y si no sabemos la respuesta, pues le decimos que no se preocupe, que la vamos a buscar juntos... La comunicación es la base de todo.
—El tema de las malas contestaciones en casa es algo común y recurrente...
—Obviamente, un adolescente que se cría en un ambiente violento tiene muchas papeletas de ser un adolescente violento. Pero la inmensa mayoría de las malas contestaciones de un adolescente vienen determinadas por la estructura cerebral que rige su cerebro en ese momento. La corteza prefrontal es donde se emiten los juicios, donde está el pensamiento crítico, donde decidimos si algo es más conveniente hacerlo o no; es la parte reflexiva y analítica, y es tremendamente inmadura en los adolescentes. Anatómicamente, esa estructura cerebral está en pañales. Y lo que prima es su cerebro más visceral y emocional. El aquí y ahora, la recompensa inmediata, el hago algo y tengo el reconocimiento en el momento. Esa es la parte que prima. El impulso corre mientras que la razón camina. Entonces, la configuración del cerebro de los adolescentes les impide reflexionar, pararse a pensar y tomar decisiones con criterio y con más calma. Lo que prima es la impulsividad. Entonces, si están enfadados, van a decir una mala contestación antes de pensar.
—¿Qué debemos hacer?
—Realizar un adecuado acompañamiento. En lugar de ponernos a su nivel y de hablarles como si nosotros tuviésemos un cerebro adolescente, pues toca sentarnos con él y decir: «Mira, cariño, cuando te calmes, hablamos de esto tranquilamente». Y a las dos horas, preguntarle: «¿Qué ha pasado?, ¿por qué me has contestado así? No creo que merezca que me hables en ese tono». Y te dirá que estaba muy enfadado. Y es que su corteza prefrontal es todavía muy inmadura y está empezando a trabajar, lo que prima es el impulso. Igual que de pequeño aceptamos la rabieta de un niño de 3 años y no nos lo tomamos como algo personal. El adolescente hace cosas de adolescentes. Entre ellas están las malas contestaciones, que no quiere decir que las justifiquemos ni que las validemos ni que las tengamos que aceptar. Tenemos que poner límites y explicarles que no se habla así, pero también debemos entender de dónde viene.
—Hablas del duelo de despedida del niño que fue.
—Sí, efectivamente. Es una pena perder al niño que fue, pero es inevitable, es ley de vida. También es ley de amor y ley de madre. Pero duele mucho porque nos despedimos de muchas cosas. No solamente del niño, sino también de la madre amorosa y cuidadora, que está las 24 horas pendiente de su niño. Te despides también de la mujer joven, y a la vez empiezas a dar la bienvenida a la mujer madura, a la perimenopausia, a la menopausia, todo esto se junta con la adolescencia. Son dos fases vitales muy intensas. Y se sobrelleva con conocimiento. Sabiendo que va a suceder y que el objetivo último es educar a adolescentes capaces de llevar una vida libre, plena y feliz. Pero eso pasa necesariamente por separarse de sus padres.