Jabalíes: cada vez más, cada vez más cerca

El aumento del número de ejemplares y sus cada vez más frecuentes incursiones en zonas urbanas preocupan a ganaderos y agricultores, que piden extender las temporadas y aumentar los cupos de caza. Los zoólogos proponen soluciones no violentas


Gijón

Es vox populi desde hace tiempo: cada vez hay más jabalíes, y cada vez están más cerca. Que tres ejemplares se paseen por Vallobín como si tal cosa, como sucedió a principios de junio, era sencillamente impensable hace algunos años, huidizos y temerosos del hombre como eran entonces estos animales. Pero ese sano miedo al mayor depredador de la Tierra parece ser historia. Los casos de incursiones urbanas se multiplican y ya se ha registrado alguna en lugares tan alejados del teórico medio natural del jabalí como los jardines de Villa Magdalena, en el mismísimo corazón de la capital asturiana. En zonas más periféricas y rurales, el problema es ya antiguo, para desesperación de labriegos cuyas cosechas son arruinadas de tanto en tanto por porcus singularis especialmente osados.

El fenómeno ha sido ya estudiado por los zoólogos. Carlos Nores, catedrático de la Universidad de Oviedo, cifra el crecimiento demográfico del jabalí astur en un 8% anual que sorprende más cuando se conoce otro dato: el de que los cazadores abaten al año legalmente entre 8000 y 9000 ejemplares, correspondientes a entre el 20 y el 25% de la población total. «Imaginémosnos por un momento que eso nos lo diera un banco; que nos diera por nuestros ahorros un 8% año tras año», ilustra Nores.

Los problemas derivados de ese acercamiento de los jabalíes a los dominios humanos no son sólo de orden público. Mercedes Cruzado, secretaria general de la Coordinadora de Organizaciones Agrícolas y Ganaderas (COAG), apunta uno más: el de la tuberculosis bovina, enfermedad bacteriana que diezma las reses asturianas y que, según explica, «con los treinta y pico años que llevamos tomando medidas de saneamiento no debería ser ya un problema, pero lo es porque los jabalíes actúan como reservorio y, al compartir territorio con las vacas e incluso ir a beber a los mismos bebederos y comer el pienso de los xatos, los contagian».

Causas: el abandono del campo

Una vez diagnosticado el fenómeno, cabe preguntarse por sus causas. Éstas son complejas, pero también están bien tipificadas por los expertos y pueden resumirse en una: el abandono del campo por parte de los seres humanos como resultado del éxodo urbano que comenzó a emprenderse en España y concretamente en Asturias en torno a los años sesenta, cuando las ciudades experimentaron un vertiginoso crecimiento debido al poder de atracción de sus fábricas. Según explica Nores, «los jabalíes llegaron a estar a punto de desaparecer de Asturias: hay muchos sitios donde no reaparecieron hasta los años noventa». El momento crítico, afirma, fue el siglo XIX, centuria en la cual se produjo la mayor deforestación de la historia. Dicha deforestación afectó especialmente a animales como el que nos ocupa, que necesita para desarrollarse de masas boscosas o al menos arbustivas. Las primeras las reducía el hombre al cortar leña para construir o calefactar sus casas; las segundas, la entonces floreciente ganadería menor: cabras y ovejas que devoraban arbustos y matorrales. Privado de refugio y alimento, el jabalí languideció entonces hasta casi extinguirse.

A mediados del siglo XX, la deforestación, en aquellos años de despueble del mundo rural, dio paso a la reforestación. Los campesinos dejaron de cortar leña para calentarse: unos por preferir el mucho más cómodo butano y otros por, sencillamente, no estar, y las masas forestales aumentaron de tamaño. Otro factor que favoreció a los jabalíes en aquellos años fue el final del hambre de la posguerra civil: «Cuando había hambre», explica Nores, «no quedaba ni una sola castaña o bellota que recoger por los paisanos, pero eso pasa a la historia en los sesenta y las castañas vuelven a acumularse. ¿Quién se come las castañas de los castañales que ya no se comen los paisanos? Los jabalíes. En conjunto, de los años cincuenta para acá el jabalí tiene mucho más refugio y mucho más alimento».

Así recrecida la demografía jabaliniana, los animales fueron alargando poco a poco el diámetro de sus dominios, ocupando zonas por las que nunca se los había visto. Si antes sólo habitaban las zonas montañosas más recónditas, ahora pasaban a nacer y criarse en entornos humanizados, en una escalada que los llevó primero a los aledaños de las aldeas, luego a los de los pueblos y finalmente a los de las grandes ciudades del Principado. Las nuevas generaciones de jabalíes nacen y se crían, pues, escuchando como parte del paisaje auditivo de sus hábitats, y por lo tanto no temiéndolos, los ruidos humanos que aterrorizaban a sus mayores, que no estaban acostumbrados a ellos. A ello se une una ventaja más: en las zonas urbanas y sus alrededores, como dicta el más puro sentido común, no está permitido cazar, y ello redunda aún más en que los jabalíes dejen de ver al hombre como un enemigo. «Hay que pensar», sugiere, burlón, Carlos Nores, «con mentalidad de jabalí, no con mentalidad de funcionario. Los jabalíes ni ven los debates televisivos ni leen el BOE. Si el hombre no es un ser peligroso, ¿por qué no se van a adentrar en las zonas donde vive y hasta ahora no vivieron los jabalíes?».

El problema, eso sí, es sólo el jabalí. Otros animales de hábitat similar beneficiados también por el abandono del campo podrían serlo, y de hecho lo fueron en algunos momentos, pero ya no lo son: es el caso, sobre todo, del corzo, que hasta hace unos años motivaba los mismos quebraderos de cabeza a agricultores y ganaderos pero cuya población, explica Nores, se ha visto muy reducida en los últimos años como resultado de una epidemia, la del parásito Cephenemya stimulator, popularmente conocido como gusano de las narices. Por otra parte, no es un problema particular de Asturias, según explica Carlos Nores: «En Hong Kong tienen este problema. En Barcelona tienen este problema. En toda Europa hay este problema. En Australia no hay jabalíes, pero hay cerdos asilvestrados que plantean problemas muy parecidos, así que en Melbourne tienen este problema».

Matar o espantar, he aquí la cuestión

¿Qué se puede hacer para solucionar el problema del acercamiento del jabalí a zonas urbanas? Esterilizarlos, parece que no: aunque las instancias competentes han llegado a estudiar la posibilidad de seguir este camino, plantea dificultades evidentes que lo hacen inviable. En opinión de Carlos Nores, «esterilizar animales silvestres es prácticamente imposible». Lo mismo opinan ganaderos y cazadores. Para estos dos colectivos, sólo hay una solución viable: matar a los jabalíes, matar tantos como se pueda. Rogelio Díaz, secretario de la asociación de cazadores allerana El Rebecu, consultado por este periódico, aprovecha la ocasión para reivindicar el papel de su colectivo: «En Asturias se matan legalmente unos 8000 jabalíes al año: imaginémosnos que en unos años no se matara ninguno. Hay, dice, «mucho ecologista, pero si los cazadores dejáramos de cazar en Asturias dos años, esto sí que sería un problema gordo, gordo».

Mercedes Cruzado es de la misma opinión: hay que matar más jabalíes de los que se matan. «Algunos cotos», explica, «cuando establecen el número de animales a abatir en cada cacería, lo reducen bastante con respecto al que tienen permitido. Pueden poner hasta seis por cacería pero hay cotos que lo ponen en dos o tres. Nosotros creemos que, mientras las poblaciones de jabalíes sean, como ahora, demasiado numerosas, debería obligarse a los cotos a que permitan abatir en cada cacería el mayor número posible de jabalíes, y que si con ello no se consigue reducir la población habrá que tomar otras medidas, como alargar la temporada de caza».

Pero esta vía también plantea problemas evidentes. No es en los cotos y reservas de caza donde la superpoblación de jabalíes plantea problemas, sino en las zonas urbanas, y la prohibición de cazar en los aledaños de éstas no es una prohibición caprichosa. Se ha llegado a plantear levantarla o limitarla, pero, como advierte Nores, «hay que tener mucho cuidado con andar disparando en zonas en las que vive gente». En opinión del zoólogo, la mejor solución es una no violenta: organizar batidas de esas zonas «no cazando, sino asustando a los animales para que dejen de considerarlas un refugio» y regresen a las zonas montañosas.

Para llevar a cabo esas batidas sin muerte hay muchas técnicas y artilugios posibles. Nores enumera tres: perros, petardos que simulen el ruido de los disparos y los fusiles láser «que en su momento se compraron para los cormoranes, que plantean un problema parecido», para enfocar los ojos del animal y deslumbrarlos y molestarlos. «En conjunto, la solución es hacer que los animales no piensen que los alrededores de la ciudad son un sitio más seguro para ellos que las reservas de caza», concluye el catedrático.

Nores aprovecha para lamentar la poca atención que, a su juicio, prestan al mundo universitario las instancias públicas encargadas de abordar estos problemas. «Ni el Principado ni los Ayuntamientos», lamenta, «se han puesto en contacto con la Universidad. Los únicos que se ponen en contacto con la Universidad son los periodistas. En la Universidad hay gente que ha estudiado a los jabalíes, conoce la demografía del jabalí y las respuestas de los jabalíes a determinadas cosas y sabe lo que está pasando en otros sitios. En 2014 se publicó un libro que tiene un capítulo titulado El manejo de las poblaciones urbanas de ungulados, escrito por un sueco, un inglés y un irlandés que vive en España. Dicen qué tipo de cosas que se han hecho sirven. Es decir, existe información sobre qué hacer en estos casos y yo no sé si las autoridades competentes conocen esta información o no, pero nosotros sí la conocemos».

Del Principado también tiene quejas Mercedes Cruzado. «Hasta hace poco», dice, «el Principado negaba el tema del contagio de los animales domésticos, que nosotros denunciábamos. Con el tema de los cotos, cuando hay daños a la agricultura son los propios cotos los que tienen que afrontar los daños en la mayor parte del territorio, pero casi siempre se declaran insolventes. Y seguramente sea verdad, pero los ganaderos nos quedamos sin cobrar». Cruzado advierte que los ganaderos tienen «solicitada una reunión con la consejería para plantearles la situación y preguntarles si tienen pensado tomar alguna medida adicional a lo que se está haciendo. Si el problema no se soluciona así, habrá que plantearse hacer otras cosas».

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