El 54% de los montes del Principado son de particulares y de pequeño tamaño. Especialistas forestales abogan por la concentración de propiedades para implantar planes de gestión
19 oct 2017 . Actualizado a las 17:17 h.Las familias de la zona rural asturiana con miembros en edad de trabajar mantenían en torno a los pueblos un cinturón de pastos y de huertos que respondían a una economía de subsistencia y que, sin ellos pretenderlo, les protegían de los fuegos. Esas actividades agrícolas y ganaderas servían también para mantener limpias pistas y bosques. Hoy, el abandono de los pueblos ha llenado los montes de combustible vegetal que desencadena fuegos virulentos en cuanto algo o alguien prende la llama. La gestión de esos espacios, apuntan los expertos en ingeniería forestal, es fundamental para evitar los grandes incendios. Pero en Asturias y Galicia, la solución no es así de fácil. El 54% de los montes asturianos son de particulares. En territorio gallego ese porcentaje se eleva al 64%. Se trata de fincas privadas de pequeña extensión no aptas para acciones de silvicultura que necesitan como mínimo de 100 a 200 hectáreas de superficie. Eso se traduce en poner de acuerdo a casi un centenar de propietarios, todo un reto para los profesionales. Su apuesta es la de implantar políticas de concentración de montes similares a las concentraciones parcelarias. Las únicas experiencias se están produciendo en Galicia y son muy nuevas, aunque ya han tropezado con dificultades.
Regeneración urgente
La regeneración de los montes quemados empieza el día después de la extinción. La labor es necesaria pero también urgente. La directora de la Escuela Polítécnica de Mieres y docente e investigadora adscrita al departamento de Biología de Organismos y Sistemas, Asunción Cámara, reconoce la complejidad del asunto pero también tiene claro que algo hay que hacer y pronto. «Los bosques no son como el cultivo agrícola que puede quedar en barbecho. Hay que hacer algo inmediatamente para restaurarlo», explica. Una vez apagadas las llamas se debe inspeccionar el terreno, ver en qué condiciones está y qué especies fueron pasto de las llamas. En función del grado de afectación y de la vegetación -hay especies que se adaptan incluso al fuego-, hay casos en los que se regenera de forma natural. En esos puntos no sería necesario actuar. En otros, se puede ayudar a ese proceso natural con repoblación artificial. Los suelos más deteriorados necesitan de planes completos, con reforestaciones adecuadas y bien planificadas, para que no vuelvan a acumular gran cantidad de biomasa. Esos proyectos tienen que estar basados en su función previa, si eran fincas madereras, cobijo de especies como el oso o el urogallo o simplemente pulmones de CO2.
Cuando se trata de espacios especialmente deteriorados, entonces se necesita algo más. Eso puede pasar, por ejemplo, en zonas que queman de manera recurrente, como sucede con La Viliella o Degaña. «Cuando arden muchas veces su estado de degradación puede ser brutal y entonces hay que recurrir a otros instrumentos. En esos casos muchas veces hay que recurrir a especies arbóreas que no son las ideales. Me refiero, por ejemplo, a que en esas zonas que suelen ser frondosas, como el carbayo, cuando el terreno se encuentra en muy malas condiciones, hay que recurrir a especies menos densas y de mayor colonización, como son los pinos. La gente oye pinos y se asusta pero la mayoría de los pinos que utilizamos son autóctonos», matiza Asunción Cámara.
Esa labor de estudiar el terreno es la que tiene que comenzar al día siguiente de que los fuegos estén extinguidos. Cuanto primero se actúe menor será la afectación. «Es clave para la restauración. Debe ser rápido», explica.
Pedro Álvarez, del departamento Biología de Organismos y Sistemas de la Universidad de Oviedo, que ejerció como técnico de incendios en Galicia, matiza que el riesgo actual es que se produzcan tormentas, se registre una pérdida de suelo y las cenizas se desplacen a los ríos, porque el impacto llegaría al agua. Indica que existen muchas alternativas de regeneración, de la natural o espontánea a la utilización de helicópteros para lanzar semillas o pajas sobre grandes masas forestales que hayan ardido. El problema es que algunas de esas técnicas son muy costosas y necesitan de muchos recursos. Álvarez, que es natural de Fonsagrada y conoce de primera mano parte del terreno quemado, indica que hay que estudiar zona a zona y tomar decisiones individualizadas. Es mas, hace unos años era partidario de la intervención con especies de rápido crecimiento para fijar. Ahora se muestra más prudente. Son los técnicos del Servicios de Montes los que deberán realizar esa evaluación.
Políticas preventivas
Ante los hechos consumados, la regeneración es necesaria. Pero los expertos en Ingenería Forestal son unos firmes defensores de las políticas preventivas. La silvicultura es una herramienta fundamental para apartar las llamas de los bosques. «Si hay un incendio, el monte se quema. Otra cosa es cuánto se quema. Sería mucho menos con una gestión adecuada», argumenta Cámara. Su colega Marcos Barrio coincide en el diagnóstico y en la necesidad de actuar. «La despoblación y el abandono de los usos tradicionales tienen una influencia directa. También lo tiene la estructura de propiedad, con montes particulares de pequeña superficie que no tienen ningún tipo de actividad», argumenta.
De ese 54% del terreno de propiedad privada, gran parte pertenece a personas mayores que ya no viven ni en los pueblos o a descendientes que ni siquiera conocen las parcelas. «Cómo gestionamos esto, con esa fragmentación», se pregunta. No se pueden planear cortafuegos o cualquier otro tipo de infraestructuras preventivas sin contar con la propiedad. Habría que trabajar con la densidad de los árboles, realizar tareas de limpieza... La gestión activa requiere del consentimiento de los titulares y de un mínimo de unas 200 hectáreas para ser efectivos. «No tienen ningún sentido actuar en parcelas muy pequeñas», insiste.
Este modelo de la propiedad de los montes no tiene ninguna réplica en Europa, con la única excepción de Galicia. Asunción Cámara explica que la comunidad gallega ha avanzado más que la asturiana en políticas de gestión y prevención. Tiene en marcha esos planes piloto de concentración de montes, al igual que existe la concentración parcelaria. El objetivo es sumar hectáreas suficientes para implantar proyectos sostenibles. Marcos Barrio no es muy optimista al respecto. Señala que es costosísimo y que sus efectos no son tan ventajosos. Por costosísimo entiende multitud de aspectos, no solo el económico. Localizar y poner de acuerdo a los dueños es uno de los mayores obstáculos. Asunción Cámara parece más esperanzada. Cree que es la única salida. Reconoce que se ha avanzado poco y que no se cuenta aún con una meteodología perfecta, pero no ve otras alternativas más eficaces en el horizonte.
En el Congreso Nacional Forestal, que se celebró en junio en Extremadura, el gallego Manuel Morei expuso los resultados de algún proyecto de concentración de montes. Cámara, que asistió a esa charla, se quedó con lo fundamental. «Lo más importante es realizar una labor social previa. Hay que empezar desde abajo hacia arriba. Convencer primero a los propietarios y luego regularlo legalmente. De nada sirve que el Gobierno apruebe un decreto», explica. La idea es contactar con los dueños, sondearles, informarles.
Pedro Álvarez apunta otros aspectos socioculturales y también forestales. Explica que hace 50 años había un sistema más de mosaico de las masas forestales, una mezcla mayor que también contribuía a que se no se propagasen las llamas. Hoy en día eso ha cambiado, sobre todo en Galicia, y se ha hecho más uniforme. Intervenir en ese modelo y contribuir a la estratificación puede ser útil. En la parte social apunta la frustación que viven las familias que residen en la zona rural, con limitaciones y políticas que no siempre nacen de la experiencia real sobre el terreno. Por esa razón, Álvarez señala que otra manera de poner coto a los grandes incendios es invirtiendo en desarrollo rural, potenciando sistemas agroforestales, de uso de los recursos, con la ganadería, los frutos secos, la huerta...
Su perspectiva abarca las tres bases fundamentales de la gestión forestal, que son la extinción, la prevención y el modelo. También Álvarez insiste en la complejidad del tema y en la necesidad de amoldarse a la realidad social. «Asturias cuenta con un modelo más acorde con el medio pero Galicia no», reconoce. Esa forma de intervenir en el monte va más allá de la perspectiva únicamente productiva. Aboga por planes ambiciosos que abarquen desde la regulación de los ciclos hidrológicos al nuevo perfil de los habitantes. «Las pequeñas parcelas dieron de comer a familias de 8 y 10 miembros que hoy ya no existen», afirma.
Las causas
Todas estas medidas sirven para prevenir grandes incendios pero no para impedirlos. Marcos Barrio explica que «el fuego se lleva el monte, así que lo que podemos hacer es que sea menos virulento». Pero hay algo que tiene muy claro. «El que quiere quemar el monte lo quema», insiste. Lo mismo recuerda Asunción Cámara, que pide que no se culpe a ningún colectivo concreto. Con respecto a las quemas, afirma que es una tradición muy arraigada en el norte, pero siempre con permiso y en condiciones determinadas. Matiza que queda poca gente en el campo que sepa realizarlas, así que es fácil que se les pueda ir de las manos. Pero defiende que se busque a cada responsable y que no se estigmatice a nadie.
La directora de la Escuela Politécnica de Mieres participó en la ponencia que estudió el fin de los acotamientos de los terrenos calcinados. Cámara señala que fue una decisión única en España, justo en el sentido contrario del resto de las autonomías. Su posición es contraria. Al margen de la picaresca que se puede generar con los posibles incendios para ganar pastos, basa su decisión en argumentos científicos. «Si metes el ganado en suelo quemado el efecto de degradación es muy alto. El ganado puede compactar el terreno, comer la vegetación más tierna y dificultar el asentamiento», explica. Aunque en función de la tierra, de la orografía y de un montón de condiciones más es difícil concretar, Cámara indica que se necesitan de media cinco años para poder meter ganado en zonas quemadas.