Easmu, biografía de un símbolo

El centro administrativo del Principado en Oviedo celebra sus 25 años en servicio con el primer premio del Colegio de Arquitectos de Asturias para los edificios que perduran por su calidad y su estética. Costó el equivalente a 20 millones de euros en 1993 y fue desarrollado por tres jóvenes sin experiencia previa en proyectos de esa envergadura. Esta la historia de su gestación

Edificio de Servicios Múltiples El vídeo, montado por el Colegio de Arquitectos de Asturias, muestra todo el proceso de diseño y construcción del edificio de servicios múltiples del Principado, conocido como Easmu, que protagoniza el paisaje de Llamaquique, en Oviedo

Como tantas grandes ideas, el Edificio Administrativo de Servicios Múltiples del Principado (Easmu) nació por una mezcla desigual de azar y necesidad que vino a resolverse con talento. En el Oviedo de mediados de los 80, tres entidades se preocupaban por problemas complementarios que, si colaboraban, podían resolverse de un solo golpe. La constructora pública Sedes tenía paralizada una obra de gran envergadura que se había quedado a medio camino y lastraba sus cuentas desde hacía una década, el Ayuntamiento veía con malos ojos la cicatriz de unos 40.000 metros cuadrados ?un cráter húmedo, maloliente y sucio? que la operación fallida había dejado en la esquina suroriental del centro urbano y el Gobierno autonómico, por entonces recién creado al amparo del Estatuto de 1981, andaba a la búsqueda de una sede para centralizar sus departamentos dispersos por toda la ciudad. El Easmu y las construcciones que, en sus inmediaciones, ocupan toda una manzana en Llamaquique fueron la respuesta a esa situación. Sus autores, un equipo de arquitectos formado por los hermanos Enrique y Manuel Hernández Sande en compañía de Enrique Perea Caveda, aportaron una solución tan válida, que ahora, veinticinco años después de la entrada en servicio del complejo, acaban de recibir el primer premio concedido por su Colegio profesional a las edificaciones que resisten la prueba del tiempo y a su calidad técnica y arquitectónica suman su valor de uso y la resistencia al deterioro.

«Cuando se hizo, representó un soplo de modernidad. Pero no lo hizo con elementos de una moda pasajera que se hayan quedado obsoletos. Todo lo contrario. Sigue vigente y, aunque solo el tiempo puede revelar el valor de un edificio, puede llegar a convertirse en un clásico», resume la decana del Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias, Sonia Puente Landázuri, el debate que llevó al jurado a elegir el Easmu como primer ganador del premio para los edificios que cuenten con al menos diez años de antigüedad que la institución otorgará una vez cada dos años a partir de ahora. Sus autores, conscientes de que el encargo procedía del Gobierno asturiano y del papel institucional que había de desempeñar, escogieron tres materiales de construcción cargados de simbolismo: acero por la industria regional, vidrio verde como la naturaleza y el mar y piedra como las rocas y las montañas de Asturias.

El edificio sirvió como símbolo del autogobierno recién conseguido. En una zona de Oviedo donde ya se encontraban una parte de los juzgados de la ciudad y las delegaciones de los ministerios, situadas en la cercana plaza de España, surgió el centro administrativo de la nueva comunidad autónoma y su encarnación visible. Fue la única obra de envergadura para dar cabida a las instituciones asturianas, porque el Parlamento y la Presidencia del Principado se acomodaron en inmuebles ya existentes, adaptados a sus nuevos usos. La Junta General se instaló en el palacete de la antigua y desaparecida Diputación Provincial y los sucesivos presidentes se han las han arreglado en la antigua sede del Banco de España. Pero si el Easmu supuso la única aportación ambiciosa al paisaje urbano de Oviedo desarrollada por iniciativa regional hasta la aparición del nuevo Hospital Universitario Central de Asturias y las torres de uso residencial situadas en sus inmediaciones, es también un hito y un símbolo. La manzana se ha integrado tanto en la ciudad que parece como si siempre hubiera estado ahí. Para muchos vecinos, especialmente los jóvenes, ninguna otra cosa encajaría en su lugar.

Concurso nacional y abierto

Sin embargo, el resultado bien podría haber sido distinto, porque la elección del proyecto fue muy abierta. El Principado reunió a un jurado de prestigio y convocó un concurso nacional anunciado entre todos los arquitectos españoles, pero resultó que la propuesta favorita de los jueces llegó desde muy cerca. En Gijón, los hermanos Hernández Sande, apenas rebasados los 30 años, empezaban a volar por su cuenta en la profesión. En aquel verano de 1988, habían conseguido el primer respiro después de lanzarse a abrir su estudio. «Hacía cosa de un mes y medio que habíamos entregado, ya acabado, nuestro primer bloque de viviendas y en aquel momento teníamos la tranquilidad económica de haberlo cobrado, así que cuando faltaban veinte días para el plazo de entrega de los proyectos para el concurso decidimos que íbamos a intentar presentarnos. Pasamos los primeros diez días ocupados en ver si la idea que teníamos era sugerente. Como nos pareció que sí, dedicamos los otros diez a dibujarla con todo detalle», recuerda Enrique, el menor de los hermanos.

Además de la confianza en su solución, lo que animó a los Hernández Sande a concurrir a una convocatoria que previsiblemente atraería a arquitectos con renombre y reputación consolidados eran el anonimato, la igualdad de oportunidades y la deliberación objetiva que permitía la presentación de los proyectos con un lema por toda identificación externa, sin el nombre de los autores en el sobre. En el jurado, para rematar las buenas condiciones, se sentaría Francisco Javier Sáenz de Oiza, una figura admirada y reconocida por todos sus compañeros y garantía de solvencia en el fallo, de manera que, uniendo la urgencia que transmitía el abandono ruinoso de la parcela y una expresión que la película de José Luis Garci había puesto muy de moda pocos años antes, eligieron 'Volver a empezar' como título para su propuesta y se sentaron a esperar la resolución. El título que dio un Oscar al director también condujo al éxito el proyecto constructivo. Habían ganado el concurso.

Siguieron semanas de alegría, excitación y trabajo. Conseguir la licencia municipal de obras exigía completar un estudio de detalle más exhaustivo que el documento exigido para el concurso y había que completarlo para presentárselo al Ayuntamiento. Existieron también algunas incertidumbres acerca de quién dirigiría la ejecución del proyecto. Algunos arquitectos consagrados ?treinta años después, ya no hace falta citar sus nombres? realizaron acercamientos al jurado para intentar arrebatar la obra a aquellos dos noveles sin experiencia previa en encargos de tanta trascendencia. Las tentativas no prosperaron, aunque el jurado sí recomendó a los Hernández Sande que se buscaran un socio más bregado para compartir con él cualquier obstáculo o dificultad que surgiera durante las obras. Los hermanos decidieron («era lo más justo», aseguran) pedírselo al arquitecto que había ocupado la segunda plaza en el concurso y de esa manera se incorporó al proyecto Enrique Perea Caveda, que les sacaba una década, y tenía ya una carrera más larga a sus espaldas, siempre entre Madrid y Asturias. Se había criado en la capital de España, pero sus viajes al Principado, la tierra de su madre, habían sido frecuentes toda su vida y había aceptado encargos en las dos comunidades autónomas. Su éxito en el concurso para rehabilitar la sede del Colegio de Arquitectos de Sevilla y su trabajo en la recuperación del Palacio Revillagigedo en Gijón aportaban al proyecto para Sedes el poso que necesitaba. «No nos conocíamos de antes, pero encajamos tan bien, que nuestra asociación fue más larga que el proyecto de Sedes. Hasta finales de los 90, hicimos juntos más obras, como el centro de día de Pumarín y la rehabilitación la Torre de San Martín, en Soto del Barco», rememora Caveda.

Torre acostada

Solventar todos los estudios previos llevó un año. Después, cuando empezaron los trabajos sobre el terreno, surgieron imprevistos y hubo que revisar algunos planes, pero Enrique Hernández Sande se ríe con picardía. «No vamos a hablar de ellos ahora. Pasa en todas las obras, ¿en cuál no surgen problemas? Lo importante es que les buscamos soluciones racionales, duraderas y económicas», asegura. Ninguno de los cambios causó desajustes en el presupuesto. El Easmu costó 3.200 millones de pesetas de la época, unos 20 millones de euros. No es tan barato si se tienen en cuenta los efectos de 25 años de inflación, pero su coste fue moderado. Lo que nunca surgieron fueron disensiones entre los tres arquitectos, que diferían en algunos detalles pero compartían lo sustancial de su visión para convertir aquel socavón en una manzana con edificios modernos y espacios ordenados. «Otros proyectos de los presentados al concurso optaban por hacer torres verticales. Nosotros, sin embargo, apostamos por la idea de acostar nuestra torre y hacer un edificio con impulso horizontal que ocupara todo el frente sur de la parcela. No es que no crezca en vertical, porque tiene diez plantas si contamos las que están bajo rasante, pero no da esa impresión».

Además del edificio administrativo, el proyecto incluía la ordenación de toda la manzana. Se respetó el edificio de Telefónica, se levantó el centro comercial, donde también se reservaron oficinas para Cajastur (accionista de Sedes junto al Principado y, por tanto, en última instancia, parte del proyecto), y se acotó un espacio para el futuro auditorio de la ciudad. Cuando el Ayuntamiento optó por trasladar esas instalaciones a otro emplazamiento, fueron sustituidas por el Palacio de Justicia que hoy se levanta en ese lugar. Para el proyecto eran muy importantes la plaza central que relaciona todos los edificios y la posibilidad dejar huecos para que los peatones pudieran atravesar la manzana, hacerla suya e integrarla en la trama urbana. Tan bien lo han hecho que el amplio soportal del Easmu y sus alrededores han sido noticia esporádica en estos años por haberse convertido en lugar favorito para los botellones en la ciudad.

Caveda recuerda las polémicas iniciales, desfasadas hace ya mucho tiempo, que los sectores más reticentes a los cambios avivaron en la época de la apertura del edificio en 1993. Se criticó mucho la falta de ventanas, una medida para controlar la climatización y el gasto energético que hoy se ha incorporado al discurso habitual pero era revolucionaria hace un cuarto de siglo, y se previeron embotellamientos catastróficos en cuanto los ciudadanos comenzaran a acudir en coche a unas oficinas que centralizaran todas las gestiones ante la Administración autonómica. Esa profecía nunca se cumplió. La reordenación del tráfico diseñada por los técnicos municipales funcionó, se construyeron dos estacionamientos subterráneos en la zona y, con el tiempo, se añadió una estación para los trenes de cercanías. Ni aparcar ni circular han sido nunca un problema. «Fue un edificio puntero y sus soluciones aún son válidas. En el interior sus espacios son flexibles, individualizables. Tiene una estructura metálica y una fachada ventilada, que ahora es común y entonces no se estilaba, que permite la circulación del aire por detrás de la piedra y refresca el edificio», explica. Hernández Sande añade que el edificio sigue vigente porque ha conseguido «un envejecimiento positivo» y evitó las modas en su concepción: «Es racional y moderno. Hay detalles estéticos que también son funcionales. Las lamas no son un adorno y la visera de la fachada sur, tampoco. Protege esa zona del sol».

Un Oviedo en transformación

El edificio forma ya parte de la vida cotidiana de miles de asturianos que cruzan por delante de él todos los días o acuden a su vasto mostrador para ocuparse de asuntos cuya resolución depende del Gobierno regional. En el Easmu trabajan unos 1.200 empleados públicos y, aunque el crecimiento de la administración a medida que Asturias sumaba nuevas competencias ha vuelto a disgregar algunas consejerías en otras sedes, sigue siendo el lugar que señala el autogobierno de la comunidad autónoma. «La arquitectura sirve para enviar mensajes y tiene esa capacidad simbólica, como bien sabían los constructores de catedrales, por ejemplo», apunta la decana del Colegio. Hasta el nuevo Hospital Universitario Central de Asturias, una obra mucho más cara y polémica, el Principado no había vuelto a embarcarse en una aventura constructiva a gran escala y la austeridad de los últimos años habría ahogado cualquier iniciativa similar. «Parece que la nueva ley de contratos del Estado arreglará eso y reconocerá el carácter singular de la arquitectura, pero últimamente se ha primado siempre el precio sobre la calidad. Es cierto que venimos de una época de corrupción, pero hemos saltado del extremo de los sobrecostes descontrolados al de buscar solo lo barato en vez de la relación calidad/precio», reflexiona Puente Landázuri.

Oviedo era un lugar alegre en las primeras semanas del verano de 1988. En la memorable eliminatoria contra el Mallorca, su equipo de fútbol acababa de conseguir el ascenso a la primera división, de la que llevaba una década y media exiliado, y la ciudad estaba a punto de iniciar la honda transformación que, en los años posteriores, cambió su aspecto para acercarlo a la imagen que proyecta casi 30 años después de aquel momento. Desaparecieron la estación de El Vasco (un error, según confesó décadas más tarde el alcalde que lo permitió) y el viaducto que llevaba los trenes por encima de la calle General Elorza hasta sus andenes, los coches se vieron expulsados del casco antiguo, abundaron las peatonalizaciones y creció una losa sobre la estación de Renfe en la calle Uría para tapar la trinchera ferroviaria. En Llamaquique, la nueva silueta del Easmu anunciaba también una nueva época para la ciudad y para Asturias.

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