El grado de Deportes parte el alma al rector

Santiago García Granda tiene grandes apoyos en los dos campus que se disputan la titulación

El rector de la Universidad de Oviedo, Santiago García Granda, prueba uno de los cinco automóviles electricos que usarán profesores en un proyecto piloto
El rector de la Universidad de Oviedo, Santiago García Granda, prueba uno de los cinco automóviles electricos que usarán profesores en un proyecto piloto

Redacción

¿Dónde implantará la Universidad de Oviedo el grado de Deportes, en Mieres, en Gijón, en Oviedo, en varias sedes? Esta es la pregunta que se hace media Asturias desde hace meses. Lo que iba a ser una gran noticia para el campus de mierense de Barredo, con la instalación de una nueva titulación de la mano de la Escuela Padre Ossó, que tiene convenios con la pública, se ha terminado convirtiendo en una batalla incluso política, con muchas aristas. Además de esas claves políticas, que se han analizado sobradamente, hay también claves internas, de la propia gestión universitaria. La primera es que el rector, Santiago García Granda, tiene el alma partida. En las elecciones al rectorado, se impuso en ambas sedes y así lo hizo constar, incluso, en la primera ronda. Además, en Gijón está uno de sus principales valedores desde el inicio, Juan Carlos Campo, director de la Escuela Politécnica. Su relación con Mieres también es buena. Así que o parte el grado o a alguien tendrá que defraudar. También queda por decidir si, finalmente, el grado es para la concertada Padre Ossó o para la pública, ya que hay un grupo de docentes e investigadores de la Facultad de Formación del Profesorado, que tiene un proyecto avanzado. El decano de Formación del Profesorado, Juan Carlos San Pedro, fue jefe de campaña del principal rival de Granda en las elecciones, José Muñiz. Aunque ha mostrado su preferencia por lo público ha matizado que el proyecto privado era el más avanzado. Todas aristas pueden ayudar a entender por qué el rector, un gestor firme que no ha titubeado en plantarse frente al Principado o al Ministerio de Educación cuando ha sido necesario, en los dos últimos años no toma partido.

A Carreño le falta una final

Dicen los que conocen a Pablo Carreño que sigue siendo aquel chico tímido, reservado y con un sólido grupo de amigos formado en las aulas de un colegio público que era cuando con 15 años se fue de Gijón para explotar al máximo su talento para el tenis. Una lesión temprana, al poco tiempo de llegar a Barcelona, sembró la dudas sobre su salto al circuito profesional. Pero es un jugador con tesón, constante y con gran capacidad de concentración. Así que esa madurez le ayudó a entrar en la ATP y a colarse, últimamente, entre los 20 mejores, aunque en realidad explotó tarde, con los 20 años más que cumplidos. La cultura del esfuerzo le ha ayudado también a mejorar su saque, uno de sus puntos débiles de las primeras temporadas. Pero Carreño se está quedando a las puertas. No acaba de conseguir ese triunfo que le siente en el olimpo. En los dos últimos años, se ha quedado con la miel en los labios en un par de grandes slam, Australia y el US Open, y también en Master 1.000 y Máster 500. El último disgusto, en las semifinales del Godó, donde perdió con un joven y desconocido Tsitsipas que en la final se desinfló ante Rafael Nadal. Las lesiones están siendo un hándicap añadido. Se quedó fuera de la cancha tanto en Montecarlo con en la Copa Davis que tanta ilusión le hacía. Puede que vuelva a recuperarse en Gijón, donde le encanta pasar su tiempo en las instalaciones del Grupo Covadonga, sobre la cancha de tenis o en el campo de fútbol, otra de sus pasiones (el Sporting).

  

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