Educación condena a Naima al silencio pero ayuda a Joel

La consejería concede 10 horas semanales de intérprete de lengua de signos a un niño de 3 años y se las niega a su hermana de 5 años, que tiene una discapacidad auditiva idéntica

Naima Doel da las gracias en lengua de signos
Naima Doel da las gracias en lengua de signos

Redacción

Joel y Naima Dual son dos hermanos de 3 y 5 años. Ambos tiene una discapacidad auditiva por la que se les reconoce una minusvalía del 39% y a ambos se les han colocado unos implantes cocleares. El niño comienza segundo de Infantil. La niña pasa a Primaria. La Consejería de Educación ha concedido al niño 10 horas semanales de intérprete de lengua de signos. A la niña ni una sola hora. Su madre, María Granda, denuncia desesperada que esta discriminación lastra el aprendizaje de su hija. Ni las peticiones del colegio al que acuden, el Poeta Juan Ochoa, de Avilés, ni las cartas que María Granda ha remitido al jefe de zona de las Inspección Educativa, Dario Montero, y al director general de Ordenación Académica e Innovación Educativa, Francisco Laviana, han obtenido ninguna respuesta. La familia reclama una respuesta urgente. No está dispuesta a que llegue septiembre y Naima tenga que volver a clase sin apoyos. Ya estuvo en esas condiciones y han comprobado la gran diferencia que existe tanto en su aprendizaje como en su adaptación.

«Solo estoy reclamando para mi hija algo a lo que tiene derecho», explica. El problema radica en que la Consejería de Educación fuerza a los padres a elegir entre dos apoyos diferentes a los que tiene derecho. Como le han incrementado una hora semanal de Pedagogía Terapéutica (PT) le niegan 10 horas semanales de intérprete de lengua de signos. Pero no está dispuesta a aceptarlo. Naima mejoró mucho gracias a la lengua de signos y no está dispuesta a perder todo ese camino. «Quiero que sea bilingüe», insiste y cita todas las leyes que están de su lado. La primera y fundamental la Ley 27/2007 por la que se reconocen las lenguas de signos españolas y se regulan los medios de apoyo a la comunicación oral de las personas sordas, con discapacidad auditiva y sordociegas, los artículos 5 y 10, fundamentalmente. Pero también está la Convención Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad, en su artículo 24.

La historia de Naima

La discapacidad auditiva de Naima y Joel es genética, de nacimiento. A la niña le pusieron el implante hace tres años y al principio lo rechazaba. «Nos costó mucho que se adaptara», explica. Así que con Joel realizaron el proceso a una edad más temprana. El niño parece llevarlo mejor pero es pequeño y todavía no habla nada. «Está comenzado a emitir sonidos pero es un proceso largo», explica. Entre ellos, la lengua de signos es el vehículo para comunicarse. Esta familia quiere que los niños utilicen ambas lenguas, sabe que los audífonos son de gran ayuda pero signar también. Pone varios ejemplos. En primer lugar, cuenta cómo hace poco tuvieron que llevar los de Naima a arreglar. Si no le llegan a dar unos de sustitución, hubiera pasado cuatro días sin poder comunicarse. En segundo lugar, hablar de la realidad de una persona con discapacidad. La lengua de signos estimula su aprendizaje porque primero signa la palabra, luego la asocia a algo concreto y, por último, reconoce por escrito. 

Sabe de lo que habla porque el caso de Naima es muy singular. Oficialmente, la niña nunca ha contado con un intérprete de lengua de signos reconocido. Pero sí ha tenido acceso a uno gracias a la implicación del centro y de un intérprete, David González. En el Colegio Poeta Juan Ochoa había otra alumna de Primaria con el servicio reconocido. Como la tutora de esta estudiante también sabe lengua de signos, las horas de tutoría prescindía del intérprete y este asistía entonces a Naima, a la que la consejería no le había dado ni una sola hora. Esos pequeños apoyos puntuales que entre todos se organizaron para ofrecerle fueron determinantes para que su aprendizaje despegara. «No era oficial pero la consejería lo sabía. Desde el colegio se les dijo», señala su madre. Despegar significa que su vocabulario se amplió de manera exponencial y que su rendimiento mejoró.

Esa mejora parece haber sido una trampa en sí misma. «Como mejoró sin tener oficialmente un intérprete, ahora no nos lo conceden. Creen que no lo necesita», se lamenta. Pero esto tampoco es así de sencillo. María Granda explica que Naima tiene más vocabulario pero no el suficiente para su edad. De hecho, los docentes valoraron la posibilidad dejarla un año más en Infantil pero, finalmente, lo descartaron. «La niña es avispada y con Matemática y la lectoescritura no tendrá demasiados problemas. Pero me da miedo lo qué va a pasar con asignaturas relacionadas como, por ejemplo, Conocimiento del Medio. Además, que sea avispada no es una razón para negarle recursos», explica. El salto a Primaria es un reto añadido porque ahora tendrá que triplicar su vocabulario.

«¿Qué pasa si un día mis hijos no tienen los audífonos? ¿Les dejan incomunicados?», pregunta con insistencia. Entre ellos signan y también con sus padres. María, por ejemplo fue a talleres impartidos en la Fundación Vinjoy, en Oviedo, y también a un curso organizado para padres y maestros en su propio colegio. Esta familia reconoce que hay una gran implicación del centro y también de otras familias, que están dispuestas a hacer ruido si Naima se queda sin la ayuda que realmente necesita. Solo está pidiendo 10 horas semanales. La mismas que tiene reconocidas su hermano Joel. Ni una más. Son solo dos horas diarias. Ni siquiera para todas las asignaturas.

Asistir a clase sin entender ni una sola palabra

Susana D. Machargo
Los intérpretes de lengua de signos David González. Ledicia Fernández y Conchi Fuertes con Gisela Ramos, en el centro, madre de una niña con discapacidad auditiva.Los intérpretes de lengua de signos David González. Ledicia Fernández y Conchi Fuertes con Gisela Ramos, en el centro, madre de una niña con discapacidad auditiva
Los intérpretes de lengua de signos David González. Ledicia Fernández y Conchi Fuertes con Gisela Ramos, en el centro, madre de una niña con discapacidad auditiva

El recorte de las horas de los intérpretes de lengua de signos en las escuelas condena a la incomunicación a los alumnos con discapacidad auditiva. Intérpretes y padres cuentan la realidad de las aulas

Suena el timbre y todos los alumnos recogen menos uno. Hasta que no ve los gestos de sus compañeros no se mueve. Tiene una discapacidad auditiva y su intérprete de lengua de signos solo lo acompaña en clase algunas horas a la semana. Muchas veces no está con él cuando se acaba la jornada. No es el único caso que cuenta los profesionales. Hablan de alumnos que no se enteran de la fecha de los exámenes y no los preparan. Otros creen que se ríen de ellos cuando hay un ataque de risa generalizado en el aula y nadie le explica qué es lo que ha pasado. Solo una intérprete de lengua de signos en las escuelas públicas asturianas tiene jornada completa. El resto oscila entre las 15 y las 20 horas. ¿Qué hacen los estudiantes en el resto de las asignaturas, cuando no tienen este apoyo? Se tienen que conformar con el aislamiento, con la barrera de la incomunicación y con la buena voluntad de cada profesor o de los compañeros. Aunque la lengua de signos es un derecho aprobado por ley, el recorte horario aplicado por la Consejería de Educación en el último concurso ha puesto en peligro la equidad de alumnos con necesidades educativas especiales. No solo lo dicen los trabajadores, que defienden su empleo y la calidad del servicio público que prestan, lo denuncian las familias que ven cómo sus hijos se enfrentan a dificultades añadidas.

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