El premio al Pueblo Ejemplar hace que en Moal vuelva a ser fiesta

J. C. Gea

ASTURIAS

«Es el justo reconocimiento a un modo de entender el desarrollo rural», asegura el alcalde cangués, Víctor Rodríguez, que elogia la iniciativa de su «fuerte tejido asociativo» y la implicación de los vecinos

03 sep 2018 . Actualizado a las 16:47 h.

Moal ha esquivado el lunes más lunes del año. Y lo ha hecho a lo grande. San Juliano y San Julianín dejaron un día de tregua, y la fiesta volvió al pequeño pueblo en el corazón del Suroccidente asturiano. Con el rescoldo aún caliente de los festejos parroquiales del pasado fin de semana resonando en el encajonado valle del río Muniellos, los vecinos se han echado este mediodía de nuevo a la calle aún con más ganas de celebrar. Como los chiringuitos de la romería ya habían sido desmontados y en Moal no hay bar -todo un resumen del carácter profundamente rural del Pueblo Ejemplar de Asturias 2018- la escuela se ha convertido en el lugar de encuentro y de celebración para los vecinos. Enfundados en las camisetas que defendieron la candidatura, empezaron a salir de sus casas después de que el boca a oreja, pero también el eco de las redes sociales, empezase a repicar la buena noticia. Una alegría que se ha propagado por todo Moal, por toda Cangas del Narcea -concejo del que forma parte y que por primera vez recibe este reconocimiento- y también por una comarca suroccidental que vuelve a sentirse iluminada por el intenso foco del galardón. La «explosión de alegría» de la que «toda Cangas e incluso toda la comarca se siente partícipe» es, según el alcalde cangués, el socialista Víctor Rodríguez, «el justo reconocimiento al modo en el que Moal entiende el desarrollo rural».

En esencia, el mérito al que alude el regidor es el de una pequeña comunidad humana en la periferia de la periferia que está siendo capaz de sobreponerse al envejecimiento de sus vecinos, a la disminución de su censo y a la honda larga resaca de la desaparición de sus actividades tradicionales: la explotación maderera y la minería. Moal está esquivando el fantasma de la depresión o el definitivo desarraigo de quienes se han visto forzados a marchar base de estrechar la malla de sus relaciones humanas, tanto de los vecinos que aún siguen como de los que se mantienen vinculados, y mucho, a su terruño, y de poner a funcionar ese sistema nervioso y motor colectivo. A través de él ha canalizado una envidiable iniciativa para hacer cosas. El modo en el que han apostado por un premio que les ha llegado a la segunda es el mejor ejemplo de ese empuje. Las asociaciones que han ido cuajando en el pueblo desde hace 16 años se conjuraron para presentar la candidatura el pasado año, con la Asociación Cultural al frente. Y lo han conseguido. Como han conseguido muchas otras cosas.

«Es impresionante ver cómo un pueblo con apenas 90 habitantes desarrolla un tejido asociativo tan fuerte, es capaz de organizar, al menos, un acto al mes y de llenar la plaza. Trajeron a Jaime Izquierdo para hablar de algo tan complicado como el desarrollo rural y la plaza se llenó. Se propusieron reunir a todos los maestros que enseñaron en el pueblo durante cincuenta años y lo consiguieron, y también que estuvieran los alumnos. Eso es Moal», resume Víctor Rodríguez, que además considera «un logro que quizá aún no somos capaces de calibrar» el hecho de que se ponga el foco en «un paraje protegido natural».