«Las quemas son una tradición, una herencia que recibí»

Conversaciones sobre la cultura del fuego de Asturias: «Siempre existió y siempre fueron quemas controladas, el problema que hay ahora es que tienen un coste exagerado, desmedido y sin sentido», reconocen quienes participaron en la investigación

Quema controlada de rastrojos
Quema controlada de rastrojos

«Llevo haciendo uso del fuego durante 45 años, pudiendo o no pudiendo, porque tengo los animales y tienen que salir de la cuadra y, si no quemo, no pueden salir. Nosotros hacemos quemas controladas, o incontroladas porque depende de quién esté detrás, porque a lo mejor tienes que prender fuegu y marchar a carreras para que no te pille el guarda, pero tienes que limpiar para que los animales puedan pastar». Este es un extracto de uno de los testimonios de los debates que generaron la investigación con la que el centro de desarrollo rural de El Prial, en Infiesto, tenía como objetivo generar propuestas para la prevención de incendios forestales en el oriente de Asturias, en vista de su aumento en número y extensión en las últimas décadas.

Esa investigación, que se presentaba este año, consistió en abrir varios debates participativos en los que tenían voz los diferentes colectivos relacionados con el medio rural. Debates en los que se aborda la cultura del fuego, que sigue siendo una realidad en Asturias, a través de diferentes testimonios. 

«Es una tradición, una herencia que recibí»

Algunos de ellos, por ejemplo, relatan cómo heredaron de sus antepasados esos conocimientos asociados al manejo del fuego, que se basaban en quemas preventivas que, según cuentan, antaño no suponían grandes impactos y ayudaban a prevenir la matorralización. 

«Eso fue una tradición, una herencia que recibí, y sé hacer uso del fuego. Cuando quemas cinco metros cuadrados no hay impacto medioambiental, porque esto está haciendo de cortafuegos… No es como ahora, que quemas y baja la arena del picu abaju y acaba en el ríu». 

Para la investigación de El Prial, pese a la polémica que genera el debate sobre las quemas controladas y la forma de gestionarlas, es un asunto fundamental para poder avanzar en las propuestas para la prevención de incendios. Así, en los testimonios recogidos en los debates en torno a este asunto, aparecen claves importantes para entender cómo se gestiona en la actualidad esa cultura del fuego y qué opinan quienes la practican. 

«En Onís se quema una hectárea de quemas controladas por año y cuesta de 600 a 7.000 euros»

Por ejemplo, es una tradición que ahora requiere de permiso previo. «La cultura del fuego siempre existió y siempre fueron quemas controladas, el problema que hay ahora es que es imposible hacer quemas controladas por la administración y con un coste exagerado, desmedido y sin sentido». Otro testimonio ahonda en ese control: «En Onís se quema una hectárea de quemas controladas por año y esa hectárea cuesta de 600 a 7.000 euros, el chiringuito está montao y cuesta lo que cuesta. Es una parafernalia que tienen montada gente con nombres y apellidos en un sillón…» 

De ahí que, en los debates, hubiera voces que reivindicaran la necesidad de desburocratizar las quemas controladas y permitir la autonomía de las personas que viven en el medio rural a la hora de realizarlas. Eso sí, con una formación de por medio que, por un lado, rescatase los conocimientos presentes en la gente de los pueblos y, por otro, sensibilizase sobre cómo, cuándo y dónde se debe quemar.

«Me gusta quemar porque limpio el monte» 

El carácter preventivo es una de las argumentaciones de quienes defienden estas prácticas: «Si desde los años 90 que se viene prohibiendo el uso tradicional del fuego, si desde los 90 para acá no se hubiera quemado nada hubiera quemado hasta el ayuntamiento… Un día de sur prendes y va todo… Entonces, gracias a las pequeñas quemas controladas que hace el pastor, se van haciendo pequeñas quemas que hacen un pocu de margen del fuegu. Pero todo eso se está perdiendo y cada vez vamos a más»

Otro testimonio insiste en la idea de limpieza del monte: «Me gusta quemar porque limpio el monte. El monte, lo poco que está limpio, lo queman los ganaderos, pero no queman una cuadra ni un árbol que valga la pena». El caso es que, en ocasiones, sí se queman cosas que valen la pena. 

«No hay una visión a largo plazo, es más una reacción de urgencia»

Por ello, en estas conversaciones surgen también voces que consideran que las quemas controladas son una herramienta del pasado que no debería volver a utilizarse. «El fuego jamás puede ser una solución, porque el fuego destruye y no construye». Hay quien se opone teniendo en cuenta los los dos puntos de vista: «Se va a quitar monte y va a haber pasto y los animales van a poder pastar mejor. Pero, pensándolo más a largo plazo, está claro que no es una solución. Veo las dos cosas, veo el punto de vista de los ganaderos que necesitan pasar por ahí y que ahora ya no pueden, pero también veo los problemas al suelo y a todo, de cómo el medio ambiente se daña. No hay una visión a largo plazo, es más una reacción de urgencia».

«El ganadero puede ser responsable del 80% de las quemas que se hacen en el territorio, sí, pero hay que mirar los metros cuadrados que queman con ese 80% de quemas que hace el ganadero o los metros cuadrados que se queman por una quema furtiva que pueden ser de otra cosa porque hay zonas que queman que no tienen aprovechamiento ganadero y es donde están los grandes incendios», asegura otro participante en los debates, «puedes contabilizar 500 incendios en el oriente de Asturias pero, si vas a ver, son zonas pequeñas». 

«Hay gente a la que no le gusta los incendios pero prende por la presión de los animales»

En los debates hay voces que insisten en que debe quedar claro que no todos los fuegos acaban en incendios. «Soy muy aficionada a quemar, pero quemo un matu. No hago un incendio, que es lo que en Oviedo o donde sea no saben diferenciar». Sea como fuere en su caso, en estas conversaciones en torno al fuego no se obvia que muchos incendios se originan en quemas no autorizadas para la revelación de pastos y hay quien apunta a que el origen se debe a que existe un problema de educación. O de necesidad. «Hay gente a la que no le gusta los incendios pero prende por la presión de los animales. Yo si quemo esa franja ya no hay jabalíes, ni nada de nada… Hay gente en los pueblos que no tiene mentalidad de pirómano pero ante la necesidad de tal, por la presión que se siente, llega un momento que prenden». 

Dejando claro que la diferencia entre pirómano e incendiario es que el primero tiene un trastorno mental y el segundo quema intencionadamente, en los debates sí hubo un consenso generalizado en lo indeseable que resultan los fuegos descontrolados, que son los que precisamente han aumentado en los últimos años. «Es un desastre natural y me afecta a mi y a mis nietos. Tengo una finca en la que, desde hace treinta años, nunca quise encender un fuego porque considero el equilibrio natural como algo importantísimo. Es una pena que no estemos preparados para entender el equilibrio de la naturaleza», se recoge en otro testimonio. 

«Los pocos árboles que hay en el monte los plantaron los ganaderos y la gente no es consciente de ello»

El informe de El Prial también refleja la reivindicación que hacen los ganaderos por su papel en el mantenimiento y la conservación de los ecosistemas («los pocos árboles que hay en el monte los plantaron los ganaderos y la gente no es consciente de ello») frente a la percepción de ver al sector como «cobradores de subvenciones e incendiarios» que «no favorece el diálogo entre los diversos sectores implicados en el problema de los incendios».

También se recoge el planteamiento de recuperar y valorar esa cultura del fuego y las prácticas campesinas de prevención de incendios, claro que incorporando nuevas estrategias para adaptarse a la situación actual: «La gente mayor te cuenta que antes se hacían otras cosas: se limpiaban caminos, se hacían muchos trabajos que ahora no se hacen. En el campo falta gente, se vive de otra manera, la relación con el monte es diferente. Antes había medios medios, no había pistas, tractores o desbrozadoras, pero el monte estaba más limpio, más conservado». 

Ahora no es así y, de hecho, el informe de El Prial indica que existe el convencimiento de que el monte se incendia por «inútil y poco productivo». Uno de los testimonios recogidos sirve para cerrar estas conversaciones: «Una de las cosas que más puede evitar incendios es que los pueblos consideren que aquello es algo suyo y que pueden sacar algo». 

 

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