La historiadora que fabrica leyendas

Raúl Álvarez REDACCIÓN

ASTURIAS

Fotografía de archivo, tomada el 18/07/09, de la escritora francesa Frederique Audoin-Rouzeu, con el seudónimo Fred Vargas, que ha obtenido hoy en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2018 al que optaban 35 candidaturas procedentes de veintiún países
Fotografía de archivo, tomada el 18/07/09, de la escritora francesa Frederique Audoin-Rouzeu, con el seudónimo Fred Vargas, que ha obtenido hoy en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2018 al que optaban 35 candidaturas procedentes de veintiún países Alberto Morante

Fred Vargas creó al comisario Adamsberg para distraerse de su obra científica seria y organiza a su alrededor un mundo que pasa sin esfuerzo de la fantasía medieval al realismo contemporán

19 oct 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Fred Vargas vive en París y, cuando se libera del pseudónimo y se mueve en la vida real como Frédérique Audoin-Rouzeau, es una prestigiosa investigadora en los campos de la historia y la arqueología. Su trabajo sobre el origen y la transmisión de la peste negra en el siglo XIV se considera una referencia que sobrevolará las realizaciones de cualquier estudioso que en el futuro se ocupe del asunto. Sin embargo, al leer sus novelas, en las que unas activas corrientes de lirismo y leyenda se añaden a los misterios que activan las tramas policiales, resulta fácil imaginarla renunciando a la ciencia y urdiendo sus fantasías en uno de esos paisajes normandos o bretones a los que conduce a sus héroes la investigación de un crimen. Los antiguos monstruos, los aparecidos que nunca mueren del todo y el peso de lo sobrenatural aún asustan en el siglo XXI. Tenemos móviles, coches eléctricos y obsesiones dietéticas, pero un ruido entre la niebla aún activa en nosotros los mecanismos familiares del miedo.

La novelista Fred como diminutivo de Frédérique y Vargas por el personaje español que interpretó Ava Gardner en La condesa descalza solo concede entrevistas con cuentagotas y, sentada ante la grabadora de algún reportero, es capaz de reconocer jovialmente que va a inventarse las respuestas sobre la marcha, según constató con asombro un enviado del Telegraph de Londres que consiguió charlar con ella en el 2013. A veces sostiene que todos sus relatos son mitológicos: el asesino es el minotauro, la trama es su laberinto y el protagonista es el héroe que debe atravesarlo. En otras ocasiones, más respetuosa con las convenciones del género, se declara practicante de la novela de misterio dentro de los moldes clásicos de Arthur Conan Doyle y Agatha Christie. A fin de cuentas, no le salen tan bien los engaños a los periodistas porque ambas afirmaciones son compatibles y en sus relatos hay elementos de sobra para defenderlas.

El aliento de los Baskerville. Aunque Sherlock Holmes, el autómata del razonamiento y la lógica, y el comisario Adamsberg, soñador, desorganizado, intuitivo y no especialmente culto, presenten personalidades dispares, el aliento de El sabueso de los Baskerville exhala también de las páginas de Vargas, que se complace en desplegar con arte tradiciones populares de asesinatos repetidos, además de algunos fantasmas vengadores que al final se desvanecen inocuos. Lo que nos mata no son los temores antiguos, heredados, sino las razones sórdidas de la vida contemporánea, la ambición, la codicia, el poder. Esa era también la preocupación de la señora Christie, a quien Vargas reivindica frente a la mirada moderna que la considera acartonada y pasada de moda. Frente a las dosis cinematográficas de acción que los autores estadounidenses añaden a sus fórmulas, las peleas, las persecuciones y los tiroteos solo son módicos para ella. Se reducen al mínimo necesario para hacer avanzar el argumento y mantener la atención del lector. Como la autora inglesa, escribe whodunnits en los que importa quién lo hizo y jugar con los acertijos y los enigmas que se proponen al lector.